Manuel Vázquez Montalbán
Manuel Vázquez Montalbán

Y en la penumbra del bar todavía cerrado del hotel, el Alvear, le pregunto a Manuel Vázquez Montalbán (catalán, 59, casado, un hijo) si allí, en una penumbra análoga, nació Pepe Carvalho, el único detective privado célebre en lengua española.

Y me dice que allí, más que nacer, terminó "de ser armado, porque Pepe es una especie de muñeco del doctor Frankestein, hecho con pedazos de otros".

Pero Pepe queda para después, en sus celdas de papel: la veintipico de novelas que protagonizó en un cuarto de siglo y que vendieron, traducidas hasta al coreano, "millones, cifras galácticas", según dice su Frankestein catalán.

Por ahora, siempre en la penumbra de un bar sin whisky ni café, a pico seco, importa la vida real de este hijo de un Vázquez gallego y de una Montalbán murciana, "padres que emigraron a Cataluña, que perdieron la guerra civil, que –porque la perdieron– conocieron la desocupación y la miseria de vivir en el barrio chino de Barcelona, pero que vieron mi extraño privilegio: en ese barrio fui el único que llegó a la universidad".

La universidad: título de doctor en Filosofía y Letras y en Periodismo. Y después, "por ser de izquierda bajo Franco, la cárcel…"

La cárcel: donde aprendió a cocinar para sus compañeros; algunos, presos políticos, y otros, delincuentes comunes, "en un mechero hecho con latas de melocotones en almíbar".

Y después de la cárcel, a buscar trabajo en el periodismo, "pero siempre con el estigma del perseguido político: por eso tuve que escribir en revistas de decoración, de cocina, de ropa interior de señoras, de cuanto te imagines…".

Tenía 32 años, recién su primer pasaporte ("Al fin era un señor legal, fíjate"), estaba casado con Ana, una compañera de militancia, y ya había escrito un par de libros, aunque "sometido, como todo opositor al régimen, a la negativa de las editoriales".

Claro: algo le enseñó la dictadura, a pesar de que lo recuerde con tristeza: "Me obligó a inventar un lenguaje capaz de filtrarse por la coraza de la censura. Me enseñó esa forma de astucia que, al fin, conduce a un estilo".

Un estilo que, de tanto ir y venir, urdió un personaje ácido, desencantado, duro, más cerca del Philipe Marlowe de Raymond Chandler que del Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle: ese Pepe Carvalho que tiene un perro atorrante, una especie de Watson que se llama Biscuter, que toma demasiado orujo bien frappé, y que cada noche quema libros en la estufa menos por frío que por provocación a la cultura, a lo establecido, a lo política y socialmente correcto, como hoy se lleva decir.

La pregunta es tan obvia que me hace doler la boca:
¿Y tú quemas libros, Manolo?
–Nooo… Una vez, en la producción de una nota periodística, quemé uno de Fraga Iribarne. Pero nunca más. Me dijeron que había quemado el de Fraga Iribarne porque el tío era de derechas. Pero te juro que no: lo quemé porque lo tenía repetido…

Y un día, Pepe Carvalho se mudó aquí (leer la novela Quinteto de Buenos Aires). ¿Por qué Buenos Aires? Porque Manolo la conoció en el 84 "y me quedé fascinado. Sólo conocía tu ciudad por las películas de Sandrini y Mirtha Legrand. A pesar de que llegué en plena hiperinflación –¡cualquier argentino era un experto en dólares, plazos fijos, mesas de dinero! ¡Increíble!–, me deslumbraron las librerías abiertas hasta la madrugada, la capacidad de debate de la gente, y hasta la existencia de un guerrillero de terrible leyenda, Firmenich…, ¡que cree en la Virgen María! Si con todo eso no escribes una novela, es porque no eres escritor…".

Escritor, pero también animal político. Tanto que, sin que medie pregunta de arranque, se despacha así: "El comunismo me desencantó después de la invasión a Checoeslovaquia. El socialismo de Felipe González me desencantó porque se dejó succionar por la cultura del poder. Y este siglo me desencantó porque creyó que podían forzarse los ritmos históricos, y eso es imposible. El sistema es implacable, y acabó con todo…"

Cuando, en la novela, alguien le pregunta a Pepe Carvalho qué sabe de Buenos Aires, dice:
–Tangos, desaparecidos, Maradona.
Cuando, en el bar penumbroso y todavía sin café ni copa, le pregunto a Manolo cómo es su vida, dice:
–Escribir, cocinar, viajar.

Y antes de que yo lo insinúe, se acusa: "No sé por qué soy tan conservador. Quizá porque este siglo liquidó los optimismos: el liberal burgués y el marxista. Sólo quedan el sexo, el sida, los problemas económicos, el trabajo precario…, y el miedo al infierno. Por lo demás y para mí, el siglo veinte se terminó con la caída del Muro de Berlín…".

Vuelta a los libros:
Has vendido millones. ¿Eres un fabricante de bestsellers?
–No lo sé. Escribo por refugio, por amargura, por fuga. ¿Bestsellers? Es muy difícil escribirlos. No tengo la fórmula. Además, hay que escribirlos en inglés, que es el lenguaje del imperio. Si los escribes en indostaní… nadie se entera.

Vive, me cuenta, "en lo alto del Tibidabo, con toda Barcelona y todo el mar a mis pies. Amo a Pío Baroja, a Ramón del Valle Inclán, a Luis Cernuda, a César Vallejo (Moriré en París con aguacero, recitamos a dúo y en voz baja), a Julio Cortázar, a Gabriel García Márquez, al Mario Vargas Llosa de sus primeras novelas, a Albert Camus, a Jean Paul Sartre, a Vasco Pratolini, a Walt Whitman, a William Faulkner (¡ese encantador de serpientes!) y, claro, a Cervantes y a Shakespeare. Sí, ya sé: y a tu Borges. Porque Borges es la escritura. La biblioteca universal puesta encima. Lo que más me gusta de él es que siempre está mintiendo. Es, con la palabra, una especie de relojero invencible…".

Me dice, al pasar, que lo excita mucho el fútbol (es del Barsa), y que no le gustan nada los toros. Presumo que por rechazo a la sangre… Pienso en la guerra civil y su millón de muertos, y le pregunto si los españoles se han vuelto light. "No lo podrás creer, pero en una encuesta nacional, cuando les preguntaron qué les gustaría ser si no fueran españoles, ¡contestaron que suizos o japoneses! Los entiendo: se cansaron de ser tan diferentes, y quieren ser, aunque sea por una temporada, normales".

Y la charla acaba con una primicia: Pepe Carvalho le dirá adiós a la literatura y al siglo en el 2001 y en una novela llamada Milenio.

Si morirá por bala o por puñal, o si seguirá quemando libros y tomando orujo helado, es cosa de manolo. De su doctor Frankestein petiso, redondo, pelado, catalán y millonario.

(Post scriptum. Desde 1967 y hasta 2011 – editados más allá de su muerte–, entre Una educación sentimental y Cuentos negros, de la serie Carvalho, dejó un legado de cuarenta títulos –novelas, cuentos, ensayos, poemas– y recibió quince grandes premios internacionales (Francia, Alemania, Italia). Los tres mil ejemplares de su primer libro crecieron hasta casi incontables millones y una veintena de traducciones. Murió solo, de un infarto fulmíneo, en el aeropuerto de Bankok, el 18 de octubre de 2003. Tenía apenas 64 años. Esta entrevista data de noviembre de 1998.)

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