Chandler, en su casa de La Jolla
Chandler, en su casa de La Jolla

Cuénteme algo de usted, señor Marlowe, si no le parece que mi pedido es impertinente.

¿Qué tipo de cosas? Soy un investigador privado con licencia y llevo algún tiempo en este trabajo. Tengo algo de lobo solitario, no estoy casado, ya no soy un jovencito –tengo 33 años–, y carezco de dinero. Estuve en la cárcel más de una vez y no me ocupo de casos de divorcio. Me gustan el whisky y las mujeres, el ajedrez, y algunas cosas más. Los policías no me aprecian demasiado, pero hay un par con los que me llevo bien. Soy de California, nacido en Santa Rosa, padres muertos, ni hermanos ni hermanas, y cuando acaben conmigo un día en un callejón oscuro, si es que sucede, como puede ocurrirle a cualquiera en mi oficio, nadie tendrá la sensación de que a mi vida, de pronto, le falta el suelo…

A Raymond Chandler (Chicago, 1888 –La Jolla, California, 1959) le tomó más de mil páginas y cinco novelas definir al extraordinario personaje, idealista desencantado, moralista en un mundo inmoral, casi un santo laico en un pudridero, que llamó Philip Marlowe antes que otros nombres que no vale la pena recordar…

La confesión, desgranada en El largo adiós, la sexta de sus siete novelas (ocho, en realidad: imposible omitir, aunque inconclusa, Poodle Springs, terminada por el escritor Robert Parker).

Raymond Chandler
Raymond Chandler

Confesión también inconclusa. Fue investigador en la oficina del fiscal del Distrito. Despedido por mala conducta (insubordinación, que no es lo mismo), sacó licencia de detective privado, alquiló una modesta oficina en el Edificio Cahuenga, Hollywood Boulevard, escribió nombre y oficio en negro sobre el cristal esmerilado de la puerta… y como una araña en su tela, fumando su pipa, se dispuso a esperar a la rubia fatal con una pistola en la cartera que le encargara un trabajo simple…, primer eslabón de una cadena sangrienta.

Los muebles usados, la alfombra que parecía pisada por un batallón, los cinco archivos verdes –uno, custodio de la botella de whisky y la de gin (para la tarde, con limón), y un almanaque de un año ya muerto, no presagiaban a un héroe que tampoco brillaba por sus autos usados. Sucesivamente, un Chrysler y un Oldsmobile…

En los primeros años, su tarifa fue 25 dólares por día, "más los gastos". Y ya en sus últimas aventuras, 40 dólares… sin omitir los gastos: por lo común, nafta, comida (jamón con huevos, en general), copas…

De un metro ochenta y pelo castaño, sabía llevar bien la ropa cuando era menester: traje azul oscuro, camisa, corbata, pañuelo de bolsillo a la vista, zapatos negros, medias del mismo color que el traje. Y, of course, sombrero…

Philip Marlowe, el alter ego de Chandler
Philip Marlowe, el alter ego de Chandler

Pero si la vida de Marlowe no fue fácil: lo golpearon, lo drogaron, lo acusaron de asesinato, lo metieron entre rejas…, mucho más dura y azarosa fue la de Raymond Chandler, su padre, hasta llegar al Parnaso y/o a la corona de laureles como un grande de la literatura del siglo XX, del mismo modo que la novela policial, blanca o negra, tuvo que arrojar cientos de obras –geniales algunas– a la maquinaria del prejuicio, la solemnidad y las insufribles capillas literarias, hacer saltar sus resortes, y atrapar el diploma de arte mayor.

Sigamos esos pasos…

Raymond Thornton Chandler no empezó entre sonajeros y arrorrós. Su padre, un ingeniero civil norteamericano, borracho y golpeador, abandonó a su familia, se divorció, y la madre movió cielo y tierra para que su hijo estudiara literatura en Inglaterra. Con ayuda sine qua non: un tío irlandés, abogado y cuáquero abrió su bolso y le pagó un lustro en el Dulwich College londinense por el que pasaron varias notables plumas.

Cargada su capa escolar de clásicos y modernos y antes de sus veinte años, Raymond viajó a Alemania, a Francia, optó por la ciudadanía inglesa, trabajó –¡nada menos!– en el Almirantazgo, pero el portazo no tardó: R.Ch. y los uniformes no hablaban el mismo idioma.

Sin embargo, después de un par de trabajos como reportero, treinta poemas olvidables y ya radicado en San Francisco –Primera Guerra Mundial–, fue bravo soldado de los Gordon Highlander de Canadá en las trincheras francesas, y ya lucía las alas de la RAF cuando se las plegó el armisticio.
Trotamundos, bancario, y muerta su madre en 1924, se casó con Pearl Cecily Bowen (seudónimo: Cissy Pascal), dieciocho años mayor que él. Si alguien auguraba poca vida a esa unión, se frustró: vivieron juntos tres décadas, y ella lo dejó viudo en 1954…, sin hijos.

Pero mucho antes, en 1932, ese extraño saltimbanqui que fue Chandler se había convertido en un poderoso señor de la industria petrolera: vicepresidente del Dabney Oil Syndicate en Signal Hill, California. Algo demasiado bueno para durar: el alcohol, las constantes ausencias y sus no menos constantes affaires con las secretarias decretaron su defunción en el babilónico negocio del oro negro.

Junto a su esposa, Pearl Cecily Bowen
Junto a su esposa, Pearl Cecily Bowen

Eran los años 30: la Gran Depresión. Él tenía 45. ¿Demasiado tarde para la literatura? Pero con la misma tenacidad de quien sería su alter ego, Philipe Marlowe, empezó a escribir furiosamente en las pulps, revistas de historias policiales impresas en papel barato, consideradas más un oficio de segunda categoría que un arte.

Y sus títulos, sus cuentos, se abrieron paso por prepotencia de trabajo –frase de Roberto Arlt–, pero también de talento. El primero –hoy un ícono, una piedra angular–, se llamó Los chantajistas no matan, publicado en la revista Black Mask.

Siguieron Cinco asesinos, el hoy célebre ensayo El simple arte de matar, Asesino en la lluvia, El olor del miedo, y en su paso por Hollywood, los guiones de Doble indemnización, dirigida por Willie Wilder, La dalia azul (George Marshall) y Extraños en un tren (Alfred Hitchcock).

Cartel de la películas “Extraños en un tren”
Cartel de la películas “Extraños en un tren”

Se ha dicho siempre que Raymond Chandler llegó tarde a la gran literatura: a la novela. En términos de calendario, es cierto: la primera, El sueño eterno, es de 1939, a los 51 años. Y entre ella la inconclusa Poodle Springs transcurren dos décadas.

Pero… ¿eran necesarias más? A la luz de mediados de los 60, todos los 70, y hasta hoy, mañana y siempre, ningún lector inteligente que comprenda cuántos Philip Marlowe hay en un solo personaje –el solitario, el lírico, el romántico, el poeta, el duro, el moralista, el que se gana el derecho de escupir sobre millonarios corruptos y asesinos, el desencantado con un mínimo atisbo de esperanza– tendrá sus novelas en un estante especial de su biblioteca para resguardarlos como el Santo Grial… y pedirle auxilio cada tanto.
Aunque sea para agitar las páginas y reencontrar esas descripciones minuciosas, esas ironías, esos sarcasmos, esa piedad casi siempre traicionada.

Porque, cómo olvidar al patético grandote de Adiós, muñeca, ese ex presidiario que busca desesperadamente a Velma, su Velma, aquella bailarina con la que soñó ocho años en su celda. Ese gigantón que Marlowe define como "de más de un metro noventa, pero no tan ancho como un camión de cerveza". O a ese Terry Lennox al que pudo dejar tirado en calle y borracho, y al cabo de la historia le dice:
Compraste una buena parte de mí, Terry. Con una sonrisa y una inclinación de cabeza y unas cuantas copas en un bar tranquilo de cuando en cuando. Estuvo bien mientras duró. Hasta la vista, amigo. No voy a decirte adiós. Te lo dije cuando significaba algo. Te lo dije cuando era un saludo triste, solitario y final… No te estoy juzgando. Lo que sucede es que ya no estás aquí. Te fuiste hace mucho. Llevas ropa de excelente calidad, usas perfume, y resultas tan elegante como una puta de cincuenta dólares

Porque eso es y de eso se trata Philipe Marlowe, el fin y al cabo el alter ego de Raymond Chandler. De un tipo que, a diferencia de los detectives ingleses, que sólo buscan al asesino como entomólogos o matemáticos, sin que nada más importe, resuelve un caso pero no por los 40 dólares "más gastos" y la paz de su oficina, su whisky, su pipa, su próxima movida de ajedrez. Huele, comprende, sabe que cada caso es una cebolla, que lo moral es quitar capa tras capa hasta llegar a su corazón enfermo y podrido.

El Quijote del edificio Cahuenga murió a los 70 años. No fue una buena muerte. De tarde en tarde abría la puerta de su último auto, y sus veinte gatos –su única compañía– trepaban, se acurrucaban, y Raymond vagaba por las mismas calles que acaso ocultaban las mismas miserias: crimen y corrupción en todos los niveles. Jueces, policías, millonarios, y hasta el botones de un hotel capaz de mentir por un par de dólares…

Dejó El sueño eterno, Adiós, muñeca, La ventana siniestra, La dama del lago, La hermana menor, El largo adiós, Playback, Poodle Springs. Sus novelas. Su andamio y el lúcido y desencantado corazón que guardan esas casi mil cuatrocientas páginas.

Si él llegó tarde a urdir esa obra que sólo se parece a ella misma, el lector que aun no lo haya abordado puede hacer lo mismo. Y con felicidad. Porque no hay página de Chandler que pague en moneda falsa.

(Post scriptum. El largo ejercicio de mi oficio, más el puntual insomne que me acomete entre las tres y las cuatro de la madrugada, me hacen prefigurar la monotonía del amanecer y del resto de la jornada. Recuerdo que cuando a John Ford, el padre del cine épico norteamericano, le preguntaron qué opinaba del cinemascope, se encogió de hombros y dijo:
–¿El cinemascope? Un indio más a la derecha y un indio más a la izquierda…
Pues bien. Algo me pasa en la alta noche cuando imagino el día siguiente. La grieta (vamos, vaya invento: ¡existe desde 1810!), un salto del dólar –para arriba o para abajo–, la aparición de un muevo y muy promocionado best seller político K, anti K o lo que fuere, que me importa un rábano y no lo leeré ni regalado, un corte de calle, un asalto, una violación, un delincuente liberado antes de tiempo, un juez que no termina de meter entre rejas a quien lo merece, infinitos paneles de infinitos programas políticos con temas de recurrente monotonía y donde están ausentes el verbo de Demóstenes –demasiado pedir–, pero también el de algunos lujosos, brillantes diputados y senadores nativos que hicieron historia. Sigo… habrá una nueva pelea entre figurillas de la tele –pelea guionada y paga, por cierto–, un par de motochorros en acción, una bala perdida matará a un inocente, y si hay sesión parlamentaria, los legisladores se insultarán con más furia que los barrabravas… culpándose del pasado y sin poner sobre el pupitre una novedosa idea para el futuro.
Lo sé. Lo prefiguro. Lo soporto desde hace décadas. De modo que a esa hora, cansado, ajado como el pañuelo de un plomero –frase que dispara Marlowe en una de las novelas–, desencantado…, busco refugio en la lectura de Chandler –relectura, en verdad: las transito hace años con el mismo placer–, y una sola, ingeniosa, satírica, irónica pirueta verbal del mayor detective de novela negra que hayan dado las letras –discusión aparte: otros tienen otros dioses– me cae como una dulce lluvia de verano hasta que el sueño me llama por segunda vez… y Marlowe vuelve a su whisky y a la batalla de esos guerreros de madera o marfil que, en sesenta y cuatro pequeños cuadrados –una de las formas del mundo– se interrogan como Borges en el final de su poema Ajedrez: "Dios mueve al jugador, y éste a la pieza / ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza / de polvo y tiempo y sueño y agonía?".)

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