La Esquina comenzó siendo un mural en la sede del Centro de Atención de la Diversidad Sexual (Fotos Camila Aztorquiza).
La Esquina comenzó siendo un mural en la sede del Centro de Atención de la Diversidad Sexual (Fotos Camila Aztorquiza).

El bar de la esquina es tan sórdido y oscuro como las calles, pero a diferencia de estas, la música electrónica y las luces verdes le dan un toque de intimidad a los hombres –de tatuajes y camisilla o de saco y corbata– que observan contra la pared el sensual baile de las mujeres trans, antes de seleccionar con cuál pasarán el rato de pasión. Las chicas llegan una a una, se saludan y comienzan su show. Algunas con movimientos hasta abajo y otras elevando la cola mientras suben la minifalda para dejarse al descubierto. "Eso es la esquina, ¿ves?", dice una señalando con la mirada al grupo.

"Pero también donde nos encontramos a charlar, donde conversamos con los vecinos", había explicado Gina horas antes en la estación de Transmilenio de la Calle 22. Por eso convirtieron La Esquina en el nombre de un periódico local que crearon trabajadoras sexuales transgénero junto a activistas sociales y artistas para contarse más allá de la prostitución, las drogas y la violencia por las que reconocen al barrio Santa Fe, uno de los más peligrosos de Bogotá.

O eso dicen, aunque no se siente así al recorrerlo a las ocho de la noche con Ángel López, un joven gay de 23 años y politólogo de profesión, que dirige y edita el periódico. Nadie te mira, el miedo es una falsa percepción creada por quienes no frecuentan el lugar. En cambio, las calles son transitadas, de esquina a esquina unas 15 o 20 prostitutas esperan un cliente, unas solo con tapapezones, mallas o ropa interior de colores, otras de pantalones largos y escotes pronunciados. Esas son las que se ven. Dentro de los bares, discotecas y moteles habrá más.

En 2002, durante la administración del entonces alcalde Antanas Mockus, se definió que entre las calles 19 y 22 con Avenida Caracas y carrera 17 sería la zona de "tolerancia". Entre comillas, porque es, supuestamente, el único lugar para ejercer legalmente la prostitución en la fría capital colombiana. Aunque también existen redes de trata, tráfico de armas y droga.

La zona está dividida por fronteras invisibles, unas cuadras para mujeres trans, otras para cisgéneros –como llaman a las mujeres biológicas– y otras pocas, con edificios que parecen mejor conservados y sin grafitis en sus paredes, para menores de edad. Ninguna puede cruzar más allá de sus límites. Cada parte es controlada por alguna banda criminal, que no pelean entre sí… la mayoría de las veces.

—Por eso este es un sitio seguro. Las bandas cuidan a sus clientes para que regresen, no dejan que nadie atraque y alejan a los habitantes de calle— cuenta un vecino.

—¿La Policía no controla ni la zona de menores de edad?— pregunto a Ángel. He visto un par de motorizados haciendo rondas, nada más. A las afueras del bar hubo una pelea a los jalones de cabello entre dos trans que omitieron a los uniformados que intentaron separarlas. Solo logró intervenir la "matrona", cuidando que su mercancía no se dañe, por supuesto. "Es esa señora mona", me la señala Ángel. Es la que les garantiza clientes para que el dinero les llegue a sus bolsillos, y al de ella también.

"¿Qué pueden hacer (los policías)? Apenas las niñas los ven corren a esconderse— continúa ante mi silencio-. La vida aquí es así, sobrevivir bajo lo imposible. Ellas no tienen otra opción que prostituirse desde niñas, la mayoría iniciaron siendo menores de edad, mucho más las trans", Ángel intenta explicar.

Lucen como niñas de no más de 13 años. Pese a sus tacones, ombligueras y ojos contorneados de sombras de colores brillantes, lucen como niñas. Cuando se acerca un carro, modelos más nuevos que en otras cuadras, se acercan agarrando sus cabellos como el resto de las prostitutas, ahí no parecieran de menor edad. Las calles las "curtieron".

El periódico se llama así para hacer alusión al lugar donde se ejerce la prostitución: las esquinas.
El periódico se llama así para hacer alusión al lugar donde se ejerce la prostitución: las esquinas.

En algunas esquinas hay edificios abandonado de hasta cuatro pisos, con los vidrios rotos, a los que llaman ollas. Es algo así como la 'oficina' de las bandas criminales; dentro, no existe ley. Venta de drogas, cuartos de consumo colectivo (de esos que se "prestan las jeringas"), venta de armas, violaciones, palizas, cuartos de pique para cobrar deudas.

Antes de empezar a caminar, Daniela, una trans que tomaba cerveza con nosotros en el bar de la esquina, contó que el día anterior pisó una botella de plástico que golpeó sin querer la espalda de un tipo de una olla. Al poco rato salió otro con una vara de metal para pegarle en las piernas, le dejó varios moretones que ella nos mostró. Y esos son solo algunos peligros a los que se exponen las trabajadoras sexuales del Santa Fe.

Algunas les ha tocado ver los cuerpos ensangrentados de sus compañeras en los moteles, muertas de varias puñaladas. O han sufrido por los bolillos de los policías durante las intervenciones militares que "apaciguan" por pocos días los crímenes del barrio, "solo para mostrar resultados", dicen ellas; y que les pegan "solo por pegarnos, por vestirnos de mujeres".

El último informe de Colombia Diversa registró 333 agresiones contra la comunidad LGBT en el país en 2016; 108 de las cuales fueron asesinatos, 27 de ellos a mujeres trans. Es un subregistro, claro, porque hay municipios donde no existen reportes y muchas denuncias que nunca se realizan.

Marcela Agrado, una trans de 42 años, es la que toma las fotografías del periódico.
Marcela Agrado, una trans de 42 años, es la que toma las fotografías del periódico.

"En general, las mujeres trans se someten al rechazo de la sociedad, a la discriminación y a la marginación. Por eso los clientes creen que pueden hacer con nosotras lo que quieren, solo por darnos unos cuantos pesos. Mi cuerpo ha sido maltratado, violentado, en muchas ocasiones; me han humillado de muchas formas", cuenta en otro momento Marcela Agrado, de 42 años, que ejerce la prostitución desde muy niña.

Agrado, así se rebautizó por el trans que personificó Antonia San Juan en la película 'Todo sobre mi madre', de Pedro Almodóvar. Se la vio por casualidad cuando se refugiaba en una fundación de teatro, tiempo en el que vivió en la calle, con solo 16 años. Marcela sabe bien lo que es sobrevivir. Porque eso es lo que hacen las trabajadoras sexuales trans, sobrevivir. Los "cuantos pesos" a los que se refirió muchas veces ni le alcanzan para comer durante el día, primero debe pagar la pieza (habitación).

Marcela se levanta a las 10 de la mañana porque trabaja hasta la madrugada, aunque a veces lo hace para ahorrarse el desayuno. Solo almuerza en un comedor comunitario que ubicó en el barrio la Secretaría de Integración Social de la Alcaldía de Bogotá. En esos andares de la vida no pudo aprender a leer ni a escribir, por eso toma fotos. Busca con el lente otras miradas de su cotidianidad.

"Podemos ser más que trabajadoras sexuales y peluqueras. Eso es lo que queremos mostrar, que no somos diferentes al resto de mujeres", dice Marcela. Y es lo que hacen con La Esquina…

El sueño de desestigmatizar

Gina Alexandra Colmenares, de 22 años, es otra de las chicas que escribe para el periódico.
Gina Alexandra Colmenares, de 22 años, es otra de las chicas que escribe para el periódico.

El tipo le pagó 50 mil pesos (17,5 dólares) por la amanecida, y pagó otros 80 mil (27,9 dólares) por la habitación del hotel donde se quedaron. Gina Alexandra Colmenares cuenta la osadía de su noche anterior en pleno viaje en Transmilenio. Todos la observan, no le importa. "La trans son auténticas, no se esconden de nadie, huyeron de sus casas y aquí (barrio Santa Fe) pueden ser simplemente ellas", comenta Ángel.

Gina es una trigueña alta y estilizada de 21 años. Camina meneándose de un lado a otro, con su cabello lacio que le llega casi hasta la cola, y con el bolso en el antebrazo. "La calle es mi pasarela. Amo ser quien soy". No lo necesita aclarar, su seguridad se nota al andar. Levanta las miradas de los hombres que se encuentran en su camino, algunos quizás sin notar que es una mujer trans. A los que le parecen atractivos les coquetea con piropos. "Cuando uno les dice cosas a los hombres les da pena, ahí sí dejan de ser machitos", dice con picardía.

"Eso es lo que queremos mostrar". Ángel dirige su mano hacia el grupo de chicas trans que se van acercando a la Avenida Caracas con 25a, el punto de encuentro en el que los integrantes del periódico se citaron para tomarse la foto de la segunda edición. "Queremos visibilizar que todas y todos somos iguales. Y que a través de sus mismas historias logremos desestigmatizarlas y desmitificar el trabajo sexual", agrega.

Evento de recaudación de fondos para impresión del periódico.
Evento de recaudación de fondos para impresión del periódico.

Y así lo hacen. Las chicas llegan con sus mejores pintas para lucir en las fotos, resaltando su feminidad. Mientras, conversan sin tapujos ni tabúes sobre la prostitución, su diario vivir.

—Si toca, toca. Hasta debajo de un puente, eso se hace rapidito y ya. Pero plata es plata, es comida— dice Lorena Barriga.

—Claro— responden las demás.

Hablan de las tarifas, que pueden ser muy variadas dependiendo de los tiempos, el tipo de servicio, la edad de la prostituta, la ubicación y muchos otros determinantes. Los precios oscilan entre 10,5 y 70 dólares.

—Le conseguí la silla de rueda a Wendy— les comenta Sebastián Reyes, un diseñador de modas que apoya al periódico desde su fundación MovilizArte, enseñando a las chicas oficios diferentes a los habituales, como la costura. Así han aprendido a mejorar la mano para los diseños de los vestidos con los que visten, que ellas mismas hacen por ahorro.

—¡Qué bueno! La pobre tenía una silla toda maltrecha— dice Lorena.

—Le prometieron que la iban a ayudar y el bono solo fue por tres meses. A la pobre le toca caminar agarrada de quien sea— dice Marcela Agrado.

Hace pocos meses, a Wendy, una chica trans que nació sin mitad del brazo izquierdo, le aplicaron mal una inyección recetada por orden médica y perdió su pierna derecha. Del dolor intenso que sintió solo se recuperó cuando le amputaron la extremidad.

Para relatar todas esas historias de vida y empoderar a las mujeres trans sobre sus derechos y formas de exigirlos, nació en septiembre del año pasado La Esquina. Todo comenzó en unas reuniones del Centro de Atención de la Diversidad Sexual -Caids- en el que varias líderes trans, como Marcela, Lorena y Gina han desarrollado proyectos sociales para las personas que han sufrido daños psicológicos, sexuales y físicos. Inició como un mural en las instalaciones de la sede.

Transformaciones corporales, tercera edad trans, inyecciones con aceite vegetal, biopolímeros, una cena con "10 lucas" (3,5 dólares) y otros temas jurídicos, de salud pública, patrimonio, arte y cultura son parte de los contenidos de cada edición. Se definen en un consejo de redacción que realizan cada dos semanas. Las chicas llevan sus ideas y Ángel les da el enfoque. Funciona como un periódico cualquiera, solo que este se basa en trabajo voluntario.

"La idea también es mostrar las dos caras de Santa Fe, porque además de la zona de tolerancia está la zona residencial, que es patrimonio histórico de la ciudad. Y de esa forma servir de enlace entre los que viven de un lado y del otro, para fortalecer el tejido social", explica Ángel, el impulsor de la iniciativa y uno de los pocos que no se dedica al trabajo sexual. De hecho, tampoco vive en el barrio, pero llega todas las noches después de cerrar el restaurante que tiene con su novio al sur de la capital.

Ángel López, director y editor, guía a su equipo durante uno de los consejos de redacción donde definen las temáticas del periódico.
Ángel López, director y editor, guía a su equipo durante uno de los consejos de redacción donde definen las temáticas del periódico.

Lo escriben con mucho esfuerzo, cada una en la pieza que vive desde su celular, o en el único computador de la sede del periódico. Hacen bazares y eventos de espectáculos en los que cobran las entradas para poder financiarse. Lo prefieren así, para no perder autonomía.

"La idea no es que la plata de impresión salga de sus bolsillos. Todavía revisamos opciones para poder salir periódicamente, pero es difícil. Se entrega de forma gratuita en el mismo barrio, pero queremos expandirnos, quizás en museos u organizaciones sociales", confiesa Ángel.

La segunda edición acaba de ser entregada este viernes, en un evento para celebrar el orgullo trans. En el último texto, Lorena Daza, de 24 años, condensa en unos cuantos párrafos los sueños de todas. Un día, cuando baja del Transmilenio en el que se coló para poder llegar a trabajar, se encuentra en la esquina con una pareja joven de lo que parecen novios y reflexiona -describe-: "Al verlos solo se me pasa una pregunta por la mente: ¿algún día seré tan feliz como ellos?".

El equipo de La Esquina (de izquierda a derecha): Ángel López, Alex Alean, Deysi Olarte, Mar García, Camila Aztorquiza, Marcela Agrado, Juan David Quiroga, Lorena Daza, Lorena Barriga, Sebastián Reyes, Olga Cabrales y Gina Alexandra Colmenares.
El equipo de La Esquina (de izquierda a derecha): Ángel López, Alex Alean, Deysi Olarte, Mar García, Camila Aztorquiza, Marcela Agrado, Juan David Quiroga, Lorena Daza, Lorena Barriga, Sebastián Reyes, Olga Cabrales y Gina Alexandra Colmenares.

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