
El trigo constituye uno de los pilares de la alimentación mundial, ya que aporta aproximadamente el 20% de las calorías y proteínas que consumen las personas en todo el planeta. Sin embargo, este cereal básico enfrenta amenazas crecientes por enfermedades provocadas por hongos, entre las que destaca el oídio.
Tradicionalmente, la Universidad de Zúrich destaca que la protección de los cultivos dependió en gran medida del uso de fungicidas, pero la preocupación por el impacto ambiental y la sostenibilidad impulsó la búsqueda de alternativas más duraderas, como el desarrollo de variedades genéticamente resistentes.
Aunque la introducción de genes de resistencia en el trigo fue una estrategia recurrente, el oídio demostró una notable capacidad para superar estas barreras. El principal desafío radica en la rapidez con que el hongo evoluciona: modifica o pierde proteínas efectoras –pequeñas moléculas que ayudan a establecer la infección– tan pronto como el sistema inmune del trigo aprende a reconocerlas.
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Los investigadores aseguran que este ciclo de innovación y evasión dificultó mantener la efectividad de la resistencia a largo plazo y pone en riesgo la seguridad alimentaria global.
Un hallazgo decisivo en la interacción trigo-hongo
Un equipo del Departamento de Biología Vegetal y Microbiana de la Universidad de Zúrich, dirigido por Beat Keller e integrado por Zoe Bernasconi y Lukas Kunz, dio un paso crucial en la comprensión de esta dinámica.
El 12 de enero de 2026, publicaron en la revista Nature Plants un estudio que profundiza en cómo el oídio infecta el trigo a pesar de la presencia de genes de resistencia.
El trabajo revela que el hongo produce cientos de proteínas efectoras, que introduce en las células del trigo para favorecer la infección. Las plantas, por su parte, cuentan con proteínas de resistencia capaces de identificar algunas de esas moléculas y desencadenar una respuesta inmune, frenando así el avance del patógeno.
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Sin embargo, el equipo suizo identificó una situación hasta ahora desconocida: el hongo puede superar la resistencia mediada por la proteína Pm4 del trigo sin necesidad de modificar ni perder la efectora AvrPm4, que es la que permite que la planta lo detecte.
El truco evolutivo del oídio radica en una segunda proteína efectora, que bloquea el reconocimiento de AvrPm4 y permite que la infección siga su curso. “La función de AvrPm4 es tan esencial para la supervivencia del hongo que ha desarrollado este mecanismo inusual”, explicó Bernasconi.
Pero la innovación no termina ahí: la segunda efectora también puede ser identificada por otra proteína de resistencia diferente. Esto abre la puerta a una estrategia novedosa: combinar ambos genes de resistencia en una misma variedad de trigo.
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“Al reunir las dos resistencias, podríamos conducir al hongo hacia un callejón evolutivo sin salida”, señaló Kunz, ya que no podría escapar simultáneamente de ambas respuestas inmunes.

Hacia una agricultura más eficaz y sostenible
Gracias a estos hallazgos, se vislumbra una forma más precisa de emplear los genes de resistencia en el campo, utilizando variedades de trigo resistentes allí donde puedan tener mayor impacto y monitorizando la evolución del oídio en tiempo real. Keller afirmó que este conocimiento “permite actuar de manera más eficaz para evitar que el oídio supere la resistencia del trigo”.
Actualmente, los científicos realizaron los primeros experimentos en laboratorio, combinando genes de resistencia que actúan contra ambas proteínas efectoras del hongo.
Los resultados iniciales son prometedores, aunque aún falta comprobar si esta estrategia será igual de efectiva en condiciones reales de cultivo.
El avance representa un cambio de paradigma en el manejo biotecnológico del trigo, con la posibilidad de retrasar el desarrollo de nuevas cepas patógenas de hongos y contribuir a la sostenibilidad agrícola.
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Según la Universidad de Zúrich, el uso inteligente y dirigido de estos conocimientos permitirá proteger la producción de trigo, reducir la dependencia de fungicidas y reforzar la seguridad alimentaria mundial frente a los desafíos evolutivos de los patógenos.
Estos descubrimientos marcan un punto de inflexión en la lucha contra enfermedades fúngicas y abren nuevas perspectivas para el desarrollo de cultivos más resistentes y sostenibles.
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