
Las enfermedades transmitidas por animales ganan terreno y se expanden hacia regiones donde antes no existían. Esta realidad, detectada por la Organización Mundial de Sanidad Animal (OMSA), alerta sobre la urgencia de intervenir con políticas públicas y medidas concretas de sanidad y ambiente.
El propio organismo afirma que el 60% de estas enfermedades amenaza de forma directa la salud de las personas. Los cambios ambientales, el calentamiento global y la degradación de hábitats aceleran y amplían el alcance de estos brotes. Al mismo tiempo, facilita la llegada de patógenos animales a nuevas zonas y aumentando el riesgo de pandemias.
Un estudio publicado por la revista Science Advances reveló que el 9% de la superficie terrestre del planeta presenta niveles altos o muy altos de riesgo por brotes zoonóticos impulsados por factores climáticos. Estos datos aportan evidencia sobre el avance sostenido de estas enfermedades y muestran que áreas que antes no estaban expuestas ahora se consideran entornos propicios para la transmisión. El desequilibrio en la relación entre personas y entornos naturales ocupa un lugar determinante en este proceso.
Las consecuencias de esta problemática se observan en varios planos. El primero es económico: más del 20% de las pérdidas globales en la producción de alimentos se atribuyen directamente a enfermedades procedentes del mundo animal. El aumento de brotes genera pérdida de proteínas de calidad y amenaza la seguridad alimentaria de millones de personas.
En Argentina, la Cámara Argentina de la Industria de Productos Veterinarios (Caprove) calcula pérdidas equivalentes a USD 60 millones por año por el impacto de estas patologías. Este dato demuestra la presión que reciben los sistemas productivos y la capacidad de acceso de la población a alimentos sanos y seguros.
Francisco Nacinovich, jefe de Infectología del Instituto Cardiovascular de Buenos Aires y referente en investigaciones sobre resistencia a antimicrobianos, resaltó la responsabilidad de los estados y de los sectores productivos.
“Este impacto económico convierte a la prevención en un aspecto central para definir políticas públicas y para fortalecer la seguridad alimentaria”, sostuvo el especialista.

El riesgo se traslada también a la salud. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el 60% de las enfermedades infecciosas que afectan a las personas se originan en animales.
Asimismo, el 75% de las nuevas enfermedades emergentes, entre las cuales se encuentran las pandemias recientes, provienen de la transmisión de agentes patógenos desde animales a humanos.
Tomás Orduna, quien se desempeñó como jefe del Servicio de Medicina Tropical y Medicina del Viajero en el Hospital F. J. Muñiz de Buenos Aires, afirmó a Noticias Ambientales que estas zoonosis representan una amenaza en constante expansión nacional.
En ese sentido, Orduna advirtió sobre riesgos concretos: la rabia persiste en murciélagos, lo que obliga a mantener campañas de vacunación en mascotas; la leptospirosis —transmitida por orina de ratas o perros infectados— amenaza las grandes ciudades; la leishmaniasis visceral canina acumula casos positivos en al menos nueve provincias y puede provocar la muerte de humanos
Cabe destacar que existen herramientas capaces de frenar la expansión. La vigilancia constante, los programas de vacunación y la gestión responsable del ambiente resultan fundamentales. Asimismo, la promoción de un uso adecuado de los antimicrobianos tanto en la medicina veterinaria como en la humana integra la lista de acciones prioritarias.
Las prácticas que evitan el uso preventivo —cuando el animal está sano— y priorizan tratamientos únicamente en diagnósticos confirmados limitan el desarrollo de resistencia a antibióticos.
Si los microbios se vuelven resistentes, pierden eficacia los tratamientos, se prolongan las infecciones y aumentan los riesgos para la salud de todo el ecosistema. Según la OMS, cada año mueren más de 700.000 personas por infecciones resistentes a medicamentos.
Y las proyecciones advierten que esa cifra puede trepar hasta 10 millones de muertes anuales hacia 2050 si los países no encaran respuestas serias.

Factores ambientales multiplican estos desafíos. El cambio climático y la degradación ambiental aumentan la incidencia de enfermedades. La deforestación, el uso intensivo de agua y la pérdida de diversidad biótica favorecen la expansión de portadores como murciélagos y roedores hacia zonas urbanas.
Al mismo tiempo, el desplazamiento de animales alterados por el hombre multiplica la probabilidad de contacto directo con personas y, así, de transmisión.
En este sentido, la Organización Panamericana de la Salud advierte que la urbanización sin control, la invasión de áreas selváticas, la sobreexplotación de tierras y aguas y los cambios socioeconómicos crean condiciones propicias para la propagación de agentes infecciosos. El efecto es directo: más del 52% de las especies de mosquitos que actúan como vectores de virus en humanos encuentran condiciones óptimas en regiones deforestadas, lo que favorece la circulación de virus como el dengue, la malaria y el zika
El modelo “Una Salud” aparece como la mejor estrategia para anticipar brotes y proteger comunidades. La OMSA, la OMS y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) promueven este enfoque que integra la salud humana, animal y ambiental, y articula la medicina, la atención veterinaria y la gestión de los recursos naturales.

En testimonios recogidos por Noticias Ambientales, Edgardo Marcos, responsable del Instituto de Investigaciones en Epidemiología Veterinaria (IIEV-UBA), resaltó la urgencia de “prevenir y controlar la transmisión de agentes patógenos entre animales y personas mediante vacunación y medidas ambientales, pero además insistir en políticas para disminuir el efecto del cambio climático y la pérdida de hábitats”.
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