Infobae en Chile: las calles de Santiago durante el toque de queda, entre rebeldes y fantasmas

El ejército decretó la medida por cuarto día consecutivo entre las ocho de la noche y las seis de la mañana. Los únicos que pueden transitar son los que tienen un “salvoconducto”. Con uno de ellos, recorrimos la noche bajo el dominio de las fuerzas de seguridad

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La cuenta regresiva acaba de llegar a cero en todos los canales de noticias chilenos. A partir de este momento -anuncian- comienza un nuevo toque de queda. Son las ocho de la noche. El Metro ya lleva una hora y media cerrado para que nadie se pase del horario permitido viajando. En otras ciudades, como Concepción, la restricción de salir a la calle comenzó antes. Pero ahora estamos en Santiago y de golpe todo se apaga. O casi.

La única manera de evitar la restricción es teniendo un “salvoconducto”, un documento que se entrega en las comisarías para quienes tengan que estar en la calle por trabajo, salud, y otras circunstancias específicas contempladas. Es un tramite sencillo. Al momento de sacarlo había en la comisaría cerca de 20 personas esperando por su papel. En menos de media hora nos lo otorgaron.

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El toque de queda declarado por el ejército pretende sacar a la gente de la calle y evitar así protestas nocturnas. Lo que hace es darle la facultad a los militares de detener a todo aquel que se mueva sin salvoconducto. Y el momento exacto en que esa peligrosa facultad comienza a correr es cuando las cuentas regresivas de todos los relojes llegan a cero. ¿Cómo es una ciudad en toque de queda? Las imágenes, luego de una larga recorrida, parecen salidas de alguna escena prohibida de Joker.

Militares chilenos controlan la zona de Plaza Italia, en Santiago. Todo aquel que pasa por ahí después de las 20 horas tiene que presentar un documento que lo habilite (Foto: Joaquín Sánchez Mariño)
Militares chilenos controlan la zona de Plaza Italia, en Santiago. Todo aquel que pasa por ahí después de las 20 horas tiene que presentar un documento que lo habilite (Foto: Joaquín Sánchez Mariño)

Lo primero en aparecer es el paso acelerado de quienes no llegaron a guardarse a tiempo. Ciclistas, gente de a pie, algunas personas en auto. Todas se apresuran por volver a sus casas para no violar la ley. El pueblo chileno, incluso en estos días de revueltas, es un pueblo obediente.

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Pasada ya la primera media hora, quienes están en la calle lo hacen a sabiendas del desafío que eso significa. “Me pueden llevar preso pero creo que es injusto, es nuestro derecho estar acá en la calle. Ni en el ‘73 había un toque de queda tan temprano. Creo que es bueno salir y demostrar que hay un descontento social muy grande”, dice Joaquín, un joven en sus veinte que recorre la avenida Holanda con un parlante bajo el brazo escuchando Víctor Jara.

La referencia al Golpe de Estado de 1973 es habitual escucharla. Cuando las calles se llenan de militares pidiendo documentos, es difícil no pensar en esos términos. Más allá de las ideas de cada uno, el encuentro con un uniformado es siempre intimidante. “Y lo absurdo es que aceptemos que el Estado puede ser intimidante con sus habitantes”, agrega Joaquín.

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Camino a la Plaza Ñuñoa, uno de los focos de concentraciones más fuertes de Santiago junto a Plaza Italia, aparecen cada vez más manifestantes. Están todos aislados: a las ocho puntual el ejército se despliega primero en los lugares de protesta más emblemáticos. Intentan disuadir la presencia de la gente y si no tienen suerte comienzan a disparar gas lacrimógeno, balas de goma o agua.

Alejandro está escondido en una esquina de la plaza Ñuñoa. Dice que está buscando a Tania, que estaba con él hasta que llegaron “los pacos” (en este caso, los militares), y se dispersaron. No quiere irse a su casa hasta no reencontrarse con ella. Lo más probable es que Tania haya perdido el celular y no pueda comunicarse, pero él está paralizado por el miedo.

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Cuando me alejo, a bordo de una bicicleta prestada para recorrer la ciudad durante la noche, aparece un camión del ejército. Algunos oficiales ocupan la calle. Me acerco lentamente y les informo que soy periodista y tengo salvoconducto. Responde que dé media vuelta y regrese. Lo dice firme, con sus dos manos en el arma, no apuntándola, en clara señal de descanso, pero la firmeza en la voz intimida lo suficiente. Me doy vuelta y me retiro. “Y lo absurdo es que aceptemos que el Estado puede ser intimidante con sus habitantes”, recuerdo.

“No me da miedo en lo absoluto. No deberíamos pedir salvoconducto bajo ninguna circunstancia porque estamos en absoluta democracia. Esto es inaudito. Tuvieron la oportunidad de hacer muy bien las cosas, de mejorarlas, y lo que han hecho es un error. ¿Milicos en la calle? De qué se trata eso…”, dice Roberto. También está en bicicleta. Lleva casco y una remera en el cuello, para combatir el gas. En las manos, un cacharro de metal y un cucharón de madera para hacer ruido. “Estar acá es una especie de liberación. Dado que me sometes y me obligas a cumplirte algo, yo te voy a desobedecer. No tengo ninguna herramienta, ningún arma. Mi única arma es el pensar distinto, y la única manera que tengo de expresarlo es quedarme acá hasta la hora que quiera”, completa Roberto, de 35 años.

Una de las esquinas de la zona de Plaza Italia, durante los destrozos. Foto: AFP
Una de las esquinas de la zona de Plaza Italia, durante los destrozos. Foto: AFP
Así quedaron algunas esquinas de Plaza Italia.
Así quedaron algunas esquinas de Plaza Italia.

Más tarde me encuentro con Cristóbal Alarcón. Tiene 22 años y estudia periodismo en la Universidad Diego Portales. En su caso, dice que él está plagado de beneficios: el estudio lo pagan sus padres, tiene un auto, se va de vacaciones… pero asistió a cada día de las protestas porque no está de acuerdo con este sistema: “Tengo amigos que están endeudados con el crédito para pagar la facultad. El sistema funciona tan mal que hacen una sola carrera y pueden pagar por dos o por tres a causa de los intereses de usurero que el Estado le pone a ese préstamo”, explica Cristóbal.

Con él recorro en auto la zona de Plaza Italia. Llevamos los papeles en regla. Hacemos bien: en tan solo 10 minutos en auto nos cruzamos con tres controles militares. No tenemos inconvenientes con ninguno. Ya en la Plaza recorremos la zona que desde el estallido de la primera protesta ha ido sufriendo más desmanes. El piso es como una playa que en vez de arena tiene cascotes. Hay carteles de publicidad incendios. Autos incendiados. Semáforos incendiados. En el centro, el monumento al General Baquedano está intervenido por una marea de grafittis.

Cristóbal Alarcón en el monumento al General Baquedano.
Cristóbal Alarcón en el monumento al General Baquedano.

Nada en la ciudad parece ser de esta ciudad. Allí donde había aparente prosperidad, ahora hay restos de humo y goma todavía ardiendo. Allí donde había publicidades de productos del primer mundo, hoy hay un hueco gigantesco y un marco hecho cenizas. Todo pareciera haber terminado en la ciudad.

Aquella Santiago que se había levantado hacia el futuro se encontró de golpe con un trauma que no esperaban. “Ver la ciudad así me causa mucho miedo y mucha angustia. Y pena. Siento que todas las historias de terror que nos contaron nuestros abuelos y nuestros papás sobre la dictadura se están despertando”, dice Cristóbal mientras saca una foto. Recorre la ciudad para practicar periodismo y no parece darse cuenta que es esa misma ciudad en la que vive. Nadie parece darse cuenta.

Por lo pronto, nadie la ve. Nadie sale al encuentro de Santiago en esta noche de queda porque nadie lo tiene permitido. Apenas si se escuchan ruidos en la noche. Apenas si es un auto eso que se acerca.

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