
20 de agosto de 1968. Los tanques rusos invaden Checoslovaquia (hoy República Checa y Eslovaquia) y finaliza la Primavera de Praga. Jaroslav Pavlicek estaba en sus 20 años y estudiaba en la facultad de filosofía. La decepción por un sueño trunco, la violencia de los tanques destrozando el adoquinado y la ciudad, las razones fueron múltiples, pero Pavlicek decidió tomar su morral, colocarle las pocas pertenencias que tenían y se marchó a los montes Tatras, en la frontera entre Polonia y Eslovaquia.
Allí trabajó como porteador, la escala más baja de la industria turismo, transportaba valijas y mochilas ajenas, una especie de sherpa en el Himalaya. Esta experiencia le abrió los ojos por su amor por la naturaleza y se especializó en el alpinismo y en técnicas de supervivencia en ambientes extremos.

Durante los '80 fue parte de la expedición polaca que alcanzó por primera vez el Monte Everest, atravesó Groenlandia en 41 días con dos amigos y publicó el libro Man in a Harsh Environment, que vendió más de 70 mil copias en checo, inglés y alemán.
En 1988 llegó a la Antártida. El amor por el paisaje, por lo inhóspito, fue inmediato. Un año después levantaba Eco-Nelson, la primer estación polar sin nacionalidad en Isla Nelson, a unos 700 kilómetros del cabo de Hornos. La construcción, rústica, se erigió en una playa donde no se forma hielo y las temperaturas oscilan entre los tres grados y los 11 bajo cero. La base está equipada con colchones rellenos de paja, una estufa a leña y solo algunos libros.

Así, Pavlicek levantó la única base privada de la Antártida de la historia. Y la última , ya que el Protocolo al Tratado Antártico sobre Protección del Medio Ambiente de 1991 garantiza una amplia protección ambiental para el sexto continente. Como el checo construyó antes de esta fecha, el tratado no lo afectó. Sin embargo, diferentes países con bases científicas, alzaron la voz aduciendo que la presencia de esta edificación pone en peligro la protección del lugar, ya que asienta un precedente peligroso de cara al turismo.
Pero sobrevivir allí, por más experiencia en situaciones extremas que se tenga, no resulta sencillo. Por eso, Pavlicek recibe visitas, voluntarios de cualquier edad —incluidos niños y discapacitados— que deseen vivir la experiencia de supervivencia extrema, con una estancia mínima de un mes y medio y máxima de un año.

Desde el primer día su objetivo fue causar el menor impacto posible, por eso estaba prohibido cualquier sustancia química como detergente, jabón, champú o pasta de dientes. No se sabe con exactitud a cuántas personas recibió, pero por la base pasaron desde niños de siete años o más junto a sus padres.
Pavlicek realizó más de 30 viajes a la Antártida, donde permanecía algunos meses al año. Tanto como para llegar y conseguir provisiones, acudía a la solidaridad de algún habitante de las bases en la vecina isla Rey Jorge, así como de los cruceros privados que llevan turistas a la zona.
"Es la única construcción permanente en manos privadas en toda la Antártida y sentaba un precedente muy peligroso de propiedad privada que podría ir a más", dijo el británico Rod Downie, uno de los inspectores del Reino Unido.
Por su parte, para Thomas Maggs, ex jefe medioambiental de la División Antártica Australiana, "posiblemente sea un testimonio de que la Antártida es un continente sin fronteras reales, un patrimonio de la humanidad y uno de los pocos lugares idóneos en la Tierra para poner a prueba tus habilidades de supervivencia".

En 2015 una inspección oficial del Reino Unido y República Checa reveló que había un riesgo elevado de derrumbe, apenas existía equipamiento de emergencias y las pocas medicinas del botiquín habían caducado hacía más de 10 años. Entonces, recomendaron demoler la base y limpiar toda el área.
Al año siguiente algo similar sucedió con una inspección de Chile y Argentina, que además encontraron boyas de pesca, bidones viejos y un motor de lancha tirado en la playa, lo que ponía en peligro el ecosistema. Volvieron a recomendar el desmantelamiento. Pavlicek ya no estaba allí.
Desde 2016, el "checo loco" no puede asistir a su refugio en el fin del mundo. "Pavlicek ya no viaja a la Antártida", dijeron a El País desde el Ministerio de Exteriores de República Checa y aclararon que "no tiene ninguna vinculación con el programa antártico" y que el país "está tomando medidas para solucionar el problema, incluyendo la demolición de la base y las cuestiones de propiedad".

En la actualidad, el proceso de demolición está en marcha y esperan que en el futuro el espacio albergue instalaciones a la investigación científica, de acuerdo a un documento presentado por los representantes checos en la última reunión del Tratado Antártico, que se celebró en Pekín a principios de mes.
Mientras tanto, Pavlicek vive retraído, apenas sale de su casa, donde trabaja en su último libro sobre supervivencia -ya tiene más de 10-, en la más extrema modestia.
Mart Eslem, un amigo de que viajó a la Antártida y pasó el día de Navidad de 2007 allí, lo dice claro: "Su casa tiene el mismo estilo que la base Eco-Nelson. No tiene teléfono móvil, lo desaprueba. Trabaja sin cesar en sus libros de supervivencia, casi no habla de otras cosas. Sus dos hijas le llaman okupa".
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