
Llegás a casa tarde, más de lo habitual, porque te quedaste resolviendo un tema de trabajo y, encima, la calle era un caos. Pasaste por el súper, ponés un pie en tu casa y te esperan mil temas por resolver. A pesar de llevar una vida "todo terreno", tus hijos te piden más, tus amigos te reclaman y tu pareja te exige.
Es ahí donde nace la culpa: "Tendría que haber ido". "Hubiera sido mejor si llegaba antes". "Debería haber llamado antes". "Sería mejor que trabajara menos". Los típicos verbos que conjugamos cada vez que nuestros deseos y nuestra realidad chocan con el remordimiento.
¿Cómo nace la culpa? ¿Por qué nos replanteamos las acciones que realizamos? Es común que nos sintamos perseguidos por no estar cumpliendo con los ideales sociales, con esos roles que culturalmente tenemos asignados. A lo largo de nuestra vida, vamos incorporando
–asumiendo– sin darnos cuenta, los mandatos y expectativas que otros (nuestros padres primero, nuestros amigos luego y más tarde nuestra pareja o nuestros hijos) tienen depositado en nosotros.
Creemos y nos convencemos -inconscientemente a veces- que tenemos que cumplir con esos patrones de "excelencia", y eso genera mucha frustración y angustia, porque nos estamos mirando a nosotros mismos desde la mirada del otro, con una perspectiva ajena, extremadamente exigente y hasta sofocante.
Para apagar esas "voces acusadoras" y esos "dedos denunciantes que nos señalan" tenemos que proponernos, de a poco, asumir los roles a conciencia, enfrentar las exigencias con tranquilidad y plantearnos un camino de crecimiento personal pausado y medido, en armonía con las necesidades de quienes tenemos al lado. "Hay que evaluar los niveles de culpa: es patológico cuando esta toma toda nuestra vida, pero es saludable cuando es proporcionada, ya que también es un límite necesario", profundizó Judith Altman, psicoanalista y directora de la Fundación Espacio Redes.
Muchas veces, este remordimiento es producto de la extrema exigencia a la que nos exponemos cada día, Son muchos los factores y muy pocos los indicadores de una personalidad culposa; por eso, lo principal es hacer un "alto en la ruta" cada tanto y revisar nuestra conducta: "La culpa genera un estado de estrés e inquietud. Desde la experiencia clínica observamos que nos hace inseguros, dubitativos y débiles; es una característica que se va 'enquistando' y pasa a ser casi un estilo. El problema es que, al ser un efecto inconsciente, no hay conciencia de ella hasta que una persona lo pueda elaborar. Se convive con ella casi de manera automática", explicó Altman.

¿Frente a qué situaciones me siento mal y por qué? Reconocer, con una mirada piadosa hacia nosotros mismos, que siempre hacemos lo que podemos, con lo que podemos y en el momento en que podemos, es el primer paso. Muchas veces somos más exigentes con nosotros mismos que con los demás, y eso nos lastima y nos inhibe para los pasos que vendrán.
"Hay que elaborar la culpa, trabajarla, ponerla en palabras, situar los acontecimientos, los momentos en que ella asoma. Es un trabajo subjetivo que nos permite una mejor calidad de vida, con menor sufrimiento, sabiendo que, si bien es necesaria una cuota de ella, no debemos permitir que inunde nuestra vida y nuestros vínculos", propone la especialista y agrega: "De esta forma recuperamos alivio, nos sentimos mejor y comprendemos más al otro; en alguna medida es una ventana abierta a la vida. Vivir bajo el yugo de la culpa nos enferma y nos detiene; trabajarla y situarla, nos libera".
¿La culpa es cobardía? Cuando no nos animamos, cuando tomamos decisiones forzadas por otros o cuando no nos permitimos realmente "ser", aparece ese autoreproche que no nos dejar vivir en paz. La culpa, en estos casos, tiene que ver con "no haberse animado". Esos sentimientos generan en el presente una negativa constante. Por eso, enfrentar la culpa es enfrentarnos con nosotros mismos, haciéndonos cargo de cada uno de nuestros pasos, decisiones e iniciativas.
Habernos equivocado en el pasado no quiere decir que hoy no estemos a tiempo de volver a intentar. Resolver, animarse e decidrnos por nuevos caminos son actitudes que compensan y potencian nuestras cualidades. Es recuperar una fuerza vital dormida.
La especialista nos explica que "muchas veces la culpa se relaciona con la cobardía, con no animarnos a hacer algo que queremos y que nos hace bien. Paradójicamente, hay una relación directa entre deseo y culpa, entre lo que queremos y lo que no nos animamos". Por eso, cambiemos el eje: ímpetu y decisión es la mejor alternativa de cambio.
Si vivimos lastimándonos por situaciones del pasado, ¡aprendamos a soltar! Y esto no quiere decir llevar una vida "light" o despreocupada, sino quitar a los acontecimientos el peso del dramatismo. La culpa es un velo gris en nuestra mirada: volvamos a vivir con todos los colores y con una actitud positiva.
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