
En mayor y menor medida, según cada personalidad, la mayoría de los seres humanos sentimos miedo, ira, pasión, todos afectos intensos y súbitos que impactan en nuestra vida diaria y en la relación con quienes nos rodean.
Pero ¿qué sucede cuando se vuelve difícil reconocer y nombrar esas emociones? Los especialistas lo resumen con una palabra: alexitimia. Derivada del griego, hoy en día esta imposibilidad es un concepto que incluye:
• Incapacidad para identificar los afectos y diferenciarlos de las sensaciones corporales.
• Problemas para expresar, comunicar, o describir sentimientos.
• Dificultades para imaginar, fantasear, construir conceptos abstractos. Los relatos son ricos en detalles, descripciones minuciosas, aunque desprovistas de emociones.
Más común en los hombres que en las mujeres –por cada diez varones con este problema, hay dos mujeres–, y tratando de encontrar una explicación, los neurólogos han observado anomalías en una zona cerebral cuya función sería la de vincular las emociones con la zona que toma conocimiento de estas emociones, las analiza y las formula. Los alexitímicos, en lugar de mostrar una actividad cerebral adaptada a la intensidad emotiva de la situación, como es el caso normal, manifiestan una actividad o demasiado débil o demasiado intensa, que perturba la apreciación justa de la experiencia emocional.
Pero, al mismo tiempo y según explica el médico psiquiatra y psicoterapeuta Walter Ghedin, "no puede obviarse la influencia de las normas sociales en la expresión de los afectos, más limitada para los hombres que para las mujeres, ni debemos soslayar el influjo de la vida moderna que no da tregua con sus exigencias". "La sobrecarga de estímulos externos y a búsqueda de los efectos inmediatos de nuestras acciones, la urgencia en la resolución de conflictos, aun los más elementales, la incapacidad para tolerar lo incierto de la vida, la imposibilidad para evaluar las prioridades (todo adquiere la misma importancia), lleva a una corrida urgente hacia el objetivo, sin saber cuál es la mejor alternativa, o que sentimientos involucramos", agregó.
Desde la infancia

Como se ve, una parte del problema se encierra en el cerebro en tanto que otro costado también importante es el entorno social en el que nos criamos. Por eso, es importante conocer que en los primeros años de vida, los chicos aprenden a reconocer experiencias placenteras de las displacenteras. "Los datos clínicos demuestran que los seres humanos que durante la infancia han estado privados del cuidado materno tienen más probabilidades de tener comportamientos disfuncionales o patológicos", comentó Ghedin.
Siguiendo esa línea de pensamiento, también se sabe que los niños con una estimulación inferior al nivel óptimo crecerán con pobres relaciones sociales si se los compara con los niños que han recibido mayor estimulación. Esto determina adultos incapaces para dar respuestas emocionales a los hechos de la vida; individuos distanciados del mundo, indiferentes, invariables en sus afectos, sin matices. Solitarios, aislados, retraídos del entorno, indiferentes, así podría resumirse la consecuencia de una crianza carente de afecto.
"La alexitmia debe ayudarnos a reflexionar y a provocar cambios para que no se extienda. No obstante, y más allá de los casos clínicos, existe el desafío de defender las emociones como un aspecto fundamental de la subjetividad. Es imposible pensar un mundo lleno de autómatas, de seres indiferentes, insensibles, carentes de empatía y de valor personal, movidos por objetivos espurios, ideales cambiantes y falsos valores", subrayó el experto.
En definitiva, debe comprenderse que las emociones nunca morirán, porque conforman la esencia humana. Más allá de las limitaciones propias de cada personalidad, lo que sí podemos hacer es recuperar la intensidad, el compromiso afectivo con uno mismo y con los otros, el amor propio y también la tristeza, cada vez que se presente y sea necesario vivirla.
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