
Las redes sociales están colmadas de viajes a París, saltos en paracaídas y experiencias fuera de lo común. Pero eso, muchas veces, se confunde con lo que sucede en la vida diaria. Una investigación de Virginia Tech publicada en la revista MIS Quarterly explica por qué ocurre esa distorsión: los usuarios tienden a compartir con más frecuencia aquello que perciben como poco frecuente, lo que hace que lo excepcional inunde los feeds y lo cotidiano desaparezca. Alice Jang y Viswanath Venkatesh, del Pamplin College of Business, denominaron ese mecanismo difusión del sesgo de rareza.
El estudio, firmado por Jang —profesora asistente en el Pamplin College of Business— y Venkatesh —titular de la cátedra Verizon de Tecnología de la Información Empresarial en la misma institución—, desafía la explicación habitual sobre por qué las redes sociales ofrecen una imagen distorsionada de la realidad. Según la investigación, la distorsión no proviene principalmente del algoritmo, sino de un sesgo humano de base que las plataformas amplifican pero no pueden corregir.
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“Piensan que todos los demás están viajando a París o haciendo algo emocionante, mientras ellos solo están sentados en casa haciendo cosas mundanas”, señaló Jang en declaraciones recogidas por Virginia Tech. “Hace que la gente sienta que sus vidas se quedan cortas, cuando en realidad casi todos están haciendo cosas mundanas; solo publican las partes emocionantes”.

Los mecanismos detrás del sesgo
El trabajo identifica dos factores que explican el patrón. El primero es un sesgo de percepción: los usuarios tienden a considerar que los eventos raros tienen mayor importancia. El segundo es una motivación por buscar variedad en el contenido que ven y comparten. Ambos impulsos, según el estudio, se retroalimentan dentro de la dinámica de las plataformas y producen un flujo de publicaciones donde lo inusual gana presencia de forma sistemática.
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Para demostrar ese mecanismo, Jang y Venkatesh diseñaron seis experimentos sobre los criterios que llevan a las personas a compartir contenido. En uno de ellos, los participantes recibieron escenarios ficticios de una ciudad distópica atacada por distintos tipos de monstruos. Algunos ataques aparecían con más frecuencia que otros en el material que se les presentó. Al final, los participantes mostraron mayor disposición a compartir el escenario que habían visto menos veces, lo que reforzó la hipótesis de que el contenido percibido como raro o único circula con mayor facilidad.

Una red simulada con miles de usuarios
Jang construyó además una red simulada de miles de usuarios y contenidos para analizar el efecto a mayor escala. Fue en ese entorno donde se registró el dato más llamativo del estudio: un tipo de evento con una presencia real del 8% en el flujo de información llegó a representar el 25% de los contenidos compartidos, y esa proporción continuó aumentando a medida que la información se propagaba por la red.
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“Hay un sesgo que sencillamente no podemos corregir. Es imposible corregirlo”, afirmó Jang según recogió Virginia Tech. La investigadora señaló que buena parte de la literatura previa sobre el tema pasa por alto ese hecho y parte del supuesto de que las personas actúan de forma racional.

Venkatesh planteó que tomar conciencia del fenómeno puede amortiguar parte de sus efectos. “Sí, es un sesgo, pero cuando la gente sabe esto, quizá pueda entender que lo que vemos en redes sociales es el carrete de momentos destacados de otros y no la vida del día a día. Esto puede reducir efectos negativos dañinos sobre uno mismo”, dijo el investigador en declaraciones difundidas por la universidad.
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La responsabilidad recae en el usuario
El estudio concluye que existe un sesgo humano de base que ninguna plataforma puede eliminar por completo. Según Virginia Tech, la pregunta que el trabajo deja abierta es si lo que los usuarios ven en línea representa realmente lo que ocurre.
La investigación sostiene que el problema va más allá de los algoritmos: mientras las personas editen sus perfiles y elijan publicar contenido excepcional, el sesgo persistirá. El conocimiento de ese mecanismo es, según los autores, la herramienta más efectiva con la que cuentan los usuarios para protegerse de una imagen deformada de la realidad.
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