En un nuevo episodio de La Fórmula Podcast, la periodista especializada en economía Julieta Tarrés explicó por qué los argentinos tienen una relación tan particular con el dinero y cómo la historia económica del país moldeó creencias, miedos y hábitos que aún condicionan las decisiones financieras. Además, sostuvo que hablar de plata sin tabúes es el primer paso para mejorar la educación financiera y construir una relación más saludable con el ahorro y la inversión.
La especialista compartió las claves que aplica en sus propias finanzas: registrar los gastos, planificar objetivos, crear un fondo de emergencia y aprovechar el interés compuesto con una mirada de largo plazo. También reflexionó sobre la importancia de la paciencia para cambiar hábitos. El episodio completo podés escucharlo en Spotify y YouTube.
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Julieta Tarrés es una periodista argentina especializada en economía, finanzas y educación financiera. Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad del Salvador (USAL) y completó su formación en Economía en la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT). A lo largo de más de dos décadas de trayectoria trabajó como redactora y editora en medios como La Nación, El Cronista, Infobae y Crítica de la Argentina, además de dirigir las ediciones argentinas de las revistas Forbes y Newsweek.
Actualmente conduce en CNN Radio Argentina y desarrolla una intensa tarea de divulgación sobre finanzas personales a través de los medios y las redes sociales, con el objetivo de acercar conceptos económicos a un público masivo. En 2024 publicó ArgenPlata, un libro que, a través de historias reales, busca ayudar a los argentinos a comprender y mejorar su relación con el dinero.
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—Julieta, bienvenida. Quiero que hablemos de un tema que nos atraviesa a todos: la relación con el dinero. ¿A qué se debe la forma en que nos vinculamos con él? ¿Qué creencias, hábitos o bloqueos, en muchos casos inconscientes, pueden estar limitando esa relación? Y principalmente, ¿de qué manera es posible comenzar a construir un vínculo más saludable con el dinero?
—Bueno, si yo supiera todo eso, no estaría quizás dedicándome a comunicar todos estos temas de finanzas. Pero vos sabés que yo escribí un libro hace dos años que se llamó Argenplata. El libro estaba pensado, primero, como un manual para enseñarle a las personas que lo leyeran cómo manejarse con sus finanzas personales. Después me di cuenta de que un manual no iba a leerlo nadie; iba a ser aburrido, tedioso, se iba a comer un montón de páginas que me iba a llevar tiempo a mí y que los demás no iban a disfrutar. Entonces, busqué la alternativa de que lo que pudiera servir como referencia para que la gente se llevara un mensaje eran historias reales. ¿Y cuáles son las historias reales? Los argentinos en relación con el dinero.
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La primera cosa que conseguí fue entrevistar a un montón de personas. Las historias son diez, aunque había muchas más. De esas diez historias, lo que atravesaba todas era que no se habla de plata en Argentina; es tabú. Entonces, si te pregunto algo fuera de este contexto, relacionado con tu ingreso o tu patrimonio, me vas a mirar como diciendo: “¿Qué le importa? ¿Por qué me está preguntando cuánto gano si no somos amigas o compañeras de trabajo?” ¿Entendés? Lo ves mal. Eso le pasa a la mayoría de los argentinos. Y también sucede con la propia familia.
Te sentás a comer y, ¿cuántas veces te han dicho que hablar de plata en la mesa es de mala educación? Es común. Esa es la primera rareza o distintivo que encuentro en la Argentina respecto de otros países. Somos bastante reservados para hablar de dinero. Y no hablar de plata es como no tener el diagnóstico. Es como cuando antes no se hablaba de educación sexual o cuando no se aborda un problema familiar que está latente, pero “de esto no hablamos”, y eso hace que el problema crezca o no se resuelva.
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Si tuviéramos la oportunidad de compartir experiencias y vivencias sobre cómo administrar, ahorrar, invertir o gastar, quizás seríamos todos un poco más educados en esta materia, pero no lo hacemos.
—¿Por qué en Argentina suele evitarse hablar de dinero, mientras que en otros países este tema forma parte de las conversaciones cotidianas?
—Es buena la pregunta. Yo creo que tiene que ver con la historia económica argentina. Hemos tenido muchas dificultades a lo largo de los últimos 30 o 50 años. En casi 50 o 60 años, hubo nueve defaults, muchas devaluaciones y situaciones críticas que marcaron a la sociedad. “Yo no ahorro en pesos, ahorro en dólares”, te lo va a decir cualquier persona que viva en este país. Y te preguntás por qué hace tres años que el dólar pierde contra la inflación y los argentinos siguen comprando dólares.
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No conocen otra herramienta o no confían en otra, aunque existen. Creo que el tiempo hará que quienes quedaron mal parados económicamente o quienes hoy tienen miedo de lo que pueda pasar logren curar esa ansiedad, ese temor o esa fantasía de que va a repetirse lo que ya pasó. Nadie sabe si va a volver a ocurrir, pero “por las dudas, yo me cubro”.
El otro día, alguien en el mercado de capitales me dijo algo interesante. Yo siempre insisto: “No compren dólares porque es perder plata, y si los compran, inviértanlos”. Mucha gente responde: “Yo los guardo en una caja de seguridad y así duermo tranquilo”. Perfecto, pero alguien me explicó: “Tenés que entender a esas personas, primero, por la historia argentina. Segundo, porque es como comprar un seguro de granizo”. Hace unos veintipico de años hubo una granizada terrible en Buenos Aires que destruyó cerca del 30% del parque automotor. El granizo dañó todos los autos, y todos fueron al taller a solucionar problemas de chapa y pintura. Los talleres estaban desbordados y los seguros no cubrían. La mayoría no tenía seguro contra granizo.
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Desde entonces, cualquier persona que tiene un auto que quiere cuidar contrata seguro contra granizo, aunque nunca más volvió a granizar de esa manera. ¿Por qué mantienen el seguro si es poco probable que vuelva a pasar? Porque ya sucedió y quedó ese registro. Con el dólar pasa lo mismo. Hoy no hay devaluación, el año pasado no la hubo, el anterior tampoco. No sabés si no ocurrirá el año próximo o dentro de dos o tres años. Como no sos economista ni analista financiero, o no te dedicás a las finanzas, tenés todo el derecho a no saber y a sentir incertidumbre.
—¿Cómo gestionás tus finanzas personales? ¿Cuáles son los aspectos que priorizás al revisarlas y de qué manera te organizás?
—Lo primero que uno debe hacer, aunque parezca básico, es organizarse. Hay que saber perfectamente, todos los días del mes y, en lo posible, del año, cuánto ingresa y cuánto sale del propio bolsillo. ¿Por qué? Porque si estás gastando, por ejemplo, todos los días al salir de casa en el famoso gasto hormiga —un café, una gaseosa— y no controlás ese gasto, al analizarlo podés notar que equivale a dos acciones de un índice que incluye 500 compañías, y así te estás perdiendo de invertir en algo que podría permitirte irte de vacaciones el año siguiente.
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A veces, los gastos extraordinarios se piensan en función de financiarse con la tarjeta. Si observás la tasa de mora, gran parte de ese problema está vinculado a la falta de educación financiera. Muchos discuten esto en redes sociales: “Pero la situación macroeconómica cambió”. De acuerdo, pero nadie se endeuda en un país sin saber qué va a pasar mañana. Por eso, muchas personas compran dólares. Pero, ¿por qué se toma un crédito? Porque no había un recurso extraordinario, como podría ser un fondo de emergencia. Por eso, sí o sí se necesita planificar, aunque no se tenga certeza sobre el futuro. Si planificás, te va a ir mejor.
¿Cómo me organizo yo? Primero, tengo un registro. Soy bastante vaga, a diferencia de lo que muchos creen. Le saco fotos a todos los tickets de las compras que no están dentro de mi presupuesto. Por ejemplo, si voy una vez por semana al supermercado, sé cuánto gasto porque llevo una lista. Eso está pagado con tarjeta o billetera digital y tengo el registro. Al mes, sé cuánto gasté en supermercado y en servicios, expensas, etcétera. Todo queda registrado. Si quiero saber cuánto gasté en el día en cosas no planificadas, junto los tickets, aunque no sean fiscales, y les saco una foto. Después, por ejemplo, le pido a ChatGPT que sume todo y lo divida en categorías.
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Así, en una semana puedo ver que gasté diez mil pesos en cosas innecesarias: un regalo, una gaseosa extra. ¿Me puedo dar el lujo? Sí. Pero esos diez mil pesos podrían haber ido a tres CEDEAR de compañías norteamericanas. Entonces, me pregunto si quiero seguir con ese hábito o prefiero ahorrar. Ese es el primer cambio de mentalidad. Muchos me dicen: “Cuando empiezo a hacer esto, después me vuelvo avaro, no quiero gastar en la Coca-Cola del día porque sé que eso puede ir a la cuenta comitente”. Empieza a pasar eso, el péndulo va de un extremo al otro. Yo enseño el tip y a veces quien lo aplica nota que, en un año, ya tiene casi mil dólares ahorrados cuando antes no tenía nada.
La segunda cosa es entender para qué quiero la plata. El dinero en sí no tiene objetivo, es un vehículo. No se junta plata solo para tenerla, sino para una mejor posición en el futuro: irse de vacaciones, cambiar el auto, pagar por adelantado un año de alquiler. Hay muchos planes y mucha planificación personal, familiar o de pareja. Entonces, en función de ese plan de vida, hay que decidir qué hacer con la plata. Puede ser invertir a largo plazo. ¿Qué instrumentos van a proteger lo ahorrado? ¿Cuáles van a generar intereses para el próximo mundial? Ahora se habla mucho de pagar entradas de diez mil dólares para una final. Nadie sabía que Argentina iba a llegar a esa instancia, pero si hubieras comprado la entrada cuando salió la venta oficial, te hubiera costado mucho menos. Lo mismo con los pasajes: quien planificó, gastó menos.
Con mis finanzas, trato de ser metódica y organizada, en lo posible, porque siempre puede haber un imprevisto, y planifico. Sé qué quiero hacer y cuándo. Si cambian los planes, los reviso. Y no toco mucho la cuenta comitente. Solo entro para fondearla e invertir, no para mirar el saldo, que es un error frecuente.

—¿Tenés un porcentaje fijo dividido para ahorro?
—Sí, en realidad no soy tan estricta en eso, pero tengo definido que, en lo posible, el 40 por ciento de mis ingresos debe destinarse a la inversión, específicamente a la inversión que tengo destinada para mi seguro de retiro. Ese seguro de retiro lo armo yo misma, no le pago a una aseguradora para que lo gestione, pero ya sé cómo hacerlo. Todos los meses aporto a la cuenta una cantidad que excede mis gastos y esa suma se multiplica, porque lo que funciona aquí, además del tiempo, es el interés compuesto.
El interés compuesto implica que, si hoy invierto 100 y recibo 10 de interés, no retiro ese interés, lo dejo. Entonces, sumo otros 100 y esos intereses se potencian cuando el capital base aumenta. Si sigo dejando los intereses generados cada mes, se va formando una bola de nieve positiva. La matemática lo demuestra: si te muestro una calculadora de cómo crece una línea exponencial al dejar el interés versus retirarlo, sorprende. Por ejemplo, si hoy invirtiera 10 mil dólares y los dejara durante 50 años, probablemente tendría más de 300 mil dólares en ese periodo, sin hacer nada más que dejar el dinero ahí.
En el mercado de capitales se suele decir: “la paciencia paga”. Si tenés paciencia, vas a tener plata en el futuro. Si no la tenés y sos ansioso, no lo vas a lograr. Esto también les pasa a los chicos. Muchas veces dicen: “Quiero las figuritas ahora”. Si les decís: “Si ahorrás un poco más, mañana podés tener una bicicleta”, responden que no les importa y quieren las figuritas en el momento, porque no generan dinero y no tienen paciencia; deben desarrollarla y cubrir su ansiedad inmediata.
Si les enseñás a guardar un paquete de figuritas cerrado y no abrirlo durante dos semanas, les generás una ansiedad extraordinaria, pero quizás les hacés un favor para que aprendan que la espera tiene recompensa, porque ese paquete podría valer más en dos semanas. Hay muchos ejercicios que se pueden aplicar para enseñar este concepto.
—¿Considerás que la tendencia a buscar una gratificación inmediata, en lugar de dedicar el tiempo necesario para lograr buenos resultados, influye en las decisiones y errores que cometemos en distintos ámbitos de la vida?
—Vos mencionaste algo que me parece clave: el cambio de hábitos. ¿Cómo se cambia un hábito en una persona? Si pensamos en una especie de “dieta financiera”, ¿cómo modifico mi comportamiento si estoy acostumbrado a cobrar el sueldo, pagar el alquiler, las expensas, y luego gastar lo que queda según mis deseos o necesidades?
Hay un libro llamado Hábitos atómicos, cuyo autor enfrentó una lesión justo cuando iba a ingresar a la universidad con una beca deportiva. Al buscar rehabilitarse, concluyó que una mejora diaria del uno por ciento genera un cambio total a largo plazo, pero para eso hace falta paciencia. Aplicado a las finanzas, el principio es igual: quienes son pacientes logran resultados, quienes no la tienen, no.
Por otro lado, existe un estudio de la Universidad de Londres donde una psicóloga sostiene que para cambiar un hábito en una persona hacen falta 66 días. A partir del día sesenta y siete, el cambio se consolida y no se vuelve atrás, especialmente con hábitos profundos: dejar de fumar, cambiar la alimentación, modificar hábitos financieros, abandonar comportamientos nocivos o mejorar el sueño. Cambios que afectan la salud y el comportamiento en general.
Esta psicóloga encontró que, por ejemplo, en un mes se puede dejar de tomar Coca Cola y pasar a tomar agua, pero para que el cambio sea duradero y no se revierta, hacen falta esos 66 días. Es cuestión de paciencia y tiempo acumulado.

—El concepto de “libertad financiera” es frecuente en el debate público. ¿Cómo definís, desde tu perspectiva, lo que significa la libertad financiera?
—La libertad financiera es no tener que pedirle plata a nadie: ni al banco, ni a la familia, ni a los amigos, ni solicitar un adelanto de salario. Para mí, eso es libertad financiera, de manera concreta. Siempre recomiendo que, cuando una persona no tiene ahorros, empiece por armar un fondo de emergencia. El fondo de emergencia consiste en tener ahorrado e invertido —puede estar en una billetera digital, no hace falta algo sofisticado— el dinero suficiente para cubrirte si se rompe el electrodoméstico más caro de tu casa, si el auto falla y tenés que dejarlo dos meses en el mecánico, si te quedás sin trabajo o tenés un problema de salud. Son cuestiones fundamentales.
La meta es lograr que ese fondo de emergencia equivalga a doce salarios, es decir, doce ingresos mensuales, el equivalente a un año de trabajo, sin importar si el empleo es formal o informal. Si mañana perdés el trabajo y tenés que buscar uno nuevo, contás con un año cubierto y podés estar tranquilo. Las decisiones siempre son mejores cuando se cuenta con un respaldo.
No se trata de que todos deban tener ese fondo de inmediato. Se puede empezar con un fondo que cubra un mes, luego, en tres meses, uno que cubra dos. Con el tiempo, el fondo va creciendo y ese dinero no se toca. Ese fondo no es para ir al mundial ni para vacaciones con amigos; es el fondo de emergencia. Y la emergencia no siempre es algo negativo: a veces puede ser una oportunidad. Por ejemplo, tenés suficiente para cubrir un año y, dentro de dos años, surge la posibilidad de un viaje y no tenés el dinero ahorrado; en ese caso, podés tomar prestado del fondo y reponerlo después.
Organizándose, se obtiene la posibilidad de tomar decisiones favorables respecto al dinero. Si te falta dinero, siempre vas a estar limitado. Ese es el mensaje que quiero dejar.
—Muchos problemas financieros parecen originarse en la tendencia a evitar revisar las cuentas bancarias, los movimientos de las tarjetas y los resúmenes mensuales. ¿Por qué creés que existe ese miedo o resistencia a enfrentar la propia situación financiera?
—¿Cómo empezamos la charla? “El miedo te paraliza y la paciencia paga”. Esas eran las frases. Si no querés hablar de plata porque te da miedo o evitás mirar el resumen porque te genera pánico, no tenés el diagnóstico. Es como decir: “Hay inflación, pero no la miro”. El problema sigue estando. Si un día te sentás, respirás hondo y decidís ordenarte, el panorama cambia.
Una colega me contó que fue a pedir un crédito hipotecario y se lo negaron. Tenía un sueldo alto y era ordenada, así que le pregunté por qué. Le respondieron que el scoring bancario no le daba el puntaje. ¿La razón? Muchas cuotas en la tarjeta. Lo que hizo fue cargar el resumen de la tarjeta en Gemini y pedir un detalle de todas las cuotas pendientes y cuánto faltaba para pagarlas. Así, pudo adelantar todas las cuotas posibles y, cuando quedó en cero, aunque seguía usando la tarjeta, ya no tenía cuotas. Volvió a pedir el crédito y se lo otorgaron.
Además, si usás solo efectivo, existe la creencia de que eso es libertad financiera, pero no es así. El efectivo no brinda libertad; si lo perdés o te lo roban, lo perdés todo. En cambio, el medio de pago electrónico ofrece seguridad, protección, beneficios y permite construir un scoring bancario, que funciona tanto en Argentina como en cualquier parte del mundo. Si tenés scoring bancario, al pedir un préstamo o intentar alquilar, te ofrecen más opciones, incluso te facilitan tarjetas y beneficios.
No existir para el sistema financiero implica que nadie te ofrezca nada, porque no figurás. Una deuda impaga o mal gestionada puede perjudicarte durante toda la vida: en la juventud, la adultez, al querer casarte o comprar una casa, o al buscar un préstamo para emprender después de la facultad. Son perjuicios que pueden generarse solo por no hablar de estos temas.

—Voy a despedirte con la última pregunta que les hago a todos los invitados. Más que una pregunta, es una invitación a que nos dejes algo que te parezca valioso: un mensaje, un libro, un concepto, una recomendación para estudiar o cualquier idea que sientas que vale la pena compartir.
—Tengo montones, pero sugiero una película que me gustó mucho por cómo muestra el comportamiento de una comunidad detrás de un activo financiero sin tener conocimientos de finanzas. No quiero spoilear la trama, pero se basa en una historia real ocurrida durante la pandemia. Es una película de Hollywood llamada Dumb Money (Dinero tonto). Se puede encontrar buscando en Google y está disponible en Argentina. La película es de 2022 aproximadamente y cuenta con algunos actores conocidos y otros no tanto.
Relata lo que sucedió en su momento en Wall Street con una compañía al borde de la quiebra que, gracias a la acción de inversores minoristas, logró revertir la situación. Personas comunes, como nosotras, decidieron apostar por esa empresa porque creían que podía funcionar y, al sumarse cada vez más gente, terminaron enfrentando a los grandes fondos de inversión y bancos que apostaban en contra para beneficiarse. Es la historia de GameStop.
Para quienes escuchan esto, puede resultar una buena introducción al mundo de los mercados financieros minoristas. Hay muchas películas sobre crisis financieras, pero pocas motivan a invertir. Esta historia resulta atractiva porque muestra cómo una persona, fanática de una empresa, comenzó a compartir su visión a través de un videopodcast y generó confianza en una audiencia diversa: una enfermera, un comerciante, personas de distintos perfiles que seguían sus consejos porque creían en él, no porque él buscara influenciarlos.
La película muestra cómo las personas comunes pueden invertir y tomar decisiones, y cómo, en ocasiones, los inversores minoristas logran lo que los mayoristas no pueden, simplemente por ser muchos. Ese es el mensaje: cualquiera puede empezar a invertir y participar en el mercado.
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