
Desde 2011 se celebra el Día Internacional del Malbec (17 de abril), un festejo que fue creado por Wines of Argentina -entidad responsable de promover el vino nacional en el mundo- para promover las exportaciones del sector. Y hoy, luego de 16 ediciones, se puede decir que se ha convertido en una verdadera celebración global, con mayor repercusión en ellos mercados de destino más importantes.
De los 119 países que reciben Malbec nacionales, Estados Unidos (28,27%), Reino Unido (13,73%), Brasil (12,94%), Canadá (7,64%) y México (3,04%) son los países que más lo compran. Para entender la verdadera dimensión del Malbec hay que destacar que la producción exportada en volumen es de 123,76 millones de litros, por un valor total de US$ 541,85. De ese total, el 33,2% del volumen exportado y el 32% de la facturación es de Malbec.
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Por otra parte, es la variedad más cultivada de la Argentina y la que más crece a lo largo de los años. En todo el país ha aumentado un 16% en la última década (+6.498 ha). Ya está presente en 18 de las 20 provincias que tienen plantaciones de vid. Hasta el año pasado había un total de 46.892 ha cultivadas, el 23,9% del total de vid del país.

Desde Sarmiento en Chubut -los viñedos más australes del mundo- hasta La Quebrada de Humahuaca en Jujuy -Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO- se elabora Malbec, lo que explica su gran diversidad. Y, gracias a los vinos actuales, su capacidad para expresar origen, elegancia e identidad.
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Claramente, a medida que las exigencias cualitativas del hacedor aumentan, se logran vinos con carácter más definido y que no solo refiere a la variedad, sino también al entorno, más allá de la “interpretación del hacedor”. Se trata de un eslabón clave del concepto francés de Terroir porque con sus decisiones influye directamente en el resultado final.
El Malbec se originó de un antiguo cruzamiento de las variedades Magdeleine noir y Prunelard en la región de Burdeos, y llegó al país a mediados del siglo XIX. Después de más de 170 años, se puede hablar del Malbec argentino porque se adaptó muy bien dando vinos totalmente diferentes a los franceses de Cahors, su cuna. Permite lograr excelentes vinos que son apreciados y reconocidos por los consumidores y que se caracterizan por tener ciertas características diferenciales: frutas rojas maduras, especias y notas florales.
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Todas las regiones argentinas ofrecen fruta en sus Malbec, desde ciruelas pasas y mermeladas en climas cálidos, a mora y casis en climas más fríos. Es el corazón aromático de la variedad. Por otra parte, en zonas cálidas o de temperaturas máximas elevadas, como Cafayate o los valles andinos de Catamarca y La Rioja, el Malbec ofrece un carácter especiado innegable que va del pimentón al ají molido, con algo de pimienta negra.
También aparecen aromas a tomillo, laurel, trazos de menta y romero en vinos de otras regiones. Pero si el Malbec es cultivado en zonas de temperaturas máximas frescas y mínimas frías, como el Valle de Uco, en Mendoza, el carácter floral del vino es marcado. La flor más descripta es la violeta, pero también pueden ofrecer rosas y hasta nardos. A estos perfiles genéricos hay que sumarles los aportados en la vinificación, pero siempre sus texturas serán dóciles, ya que sus taninos son amables.
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Pero la moda del varietalismo ya pasó y para los Malbec (como para cualquier otro varietal de alcance internacional), ya no es suficiente “respetar” sus aromas y sabores, sino que debe ir más allá, siempre en función de su calidad. Eso significa que el desafío que viene para el Malbec argentino en el mundo es dejar de ser una cepa emblemática y que logró convertirse en categoría para pasar a ser un vino asociado al origen, la calidad y la personalidad.

Ese reconocimiento global es posible gracias a su perfil versátil y a su capacidad de ofrecer vinos cada vez más precisos, complejos y ligados al terroir. Es por ello que el futuro del Malbec está en el origen, lo cual garantiza la amplificación de su diversidad. Y a esta como su mayor fortaleza para alcanzar un mayor éxito. Si bien durante muchos años el gran desafío fue que el mundo conociera el Malbec, hoy es que el mundo entienda de dónde viene y las características que lo distinguen.
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La próxima etapa es la de profundizar la conversación en torno a la altura, los suelos, las parcelas y los micro-terroirs. Esto implica pasar de hablar simplemente de “Malbec” a Malbec de montaña, de Valle de Uco, de Gualtallary o de Paraje Altamira.
Símbolo indiscutido del vino argentino en el mundo, el Malbec ocupa un lugar central en el mapa productivo nacional. Según datos del Instituto Nacional de Vitivinicultura, representa el 23,9% de la superficie cultivada del país, consolidándose como la variedad más implantada.
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En la última década, además, sumó más de 6.400 hectáreas a nivel nacional, lo que da cuenta de su vigencia y proyección. En Mendoza, principal región productora, su protagonismo es aún mayor, concentrando el 28,3% de la superficie cultivada. Y ha crecido en más de 5.000 hectáreas en los últimos diez años, reafirmando su rol clave en la identidad vitivinícola del país.
Por lo tanto, la industria debe dejar de pensar al Malbec solo como varietal emblemático, y empezar a considerarlo como una verdadera plataforma para construir vinos de gran identidad, posible gracias a la gran diversidad de parcelas que permite trabajar con una amplia variedad de perfiles de suelo y microclimas.
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Un gran ejemplo de ello es lo que se ha logrado con los “Malbec de montaña”. Se refleja cada vez en más vinos precisos, elegantes y fieles a su origen. Esos Malbec de montaña se distinguen por una identidad fresca, precisa y elegante, moldeada por las condiciones que aporta la altura, como la amplitud térmica, la maduración más lenta y el equilibrio natural de la uva.
Además, ese entorno, con Los Andes como telón de fondo, da lugar a vinos de gran tensión, textura fina, taninos refinados y una expresión aromática nítida, donde el origen se vuelve protagonista y cada terroir revela una interpretación singular de la variedad.
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En definitiva, esta nueva celebración resulta una gran oportunidad de refundar la variedad, y repensar el presente de la cepa emblemática de la Argentina, para delinear un futuro mejor.
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