En un nuevo episodio de La Fórmula Podcast, la psicoanalista y ensayista Alexandra Kohan reflexionó sobre el amor como un problema estructural que atraviesa todas las épocas. Señaló que, más allá de los cambios en las formas de vincularnos —como el auge de lo digital—, el núcleo permanece: el deseo de reciprocidad y la dificultad de relacionarse con el otro. La experta planteó la importancia de despatologizar los vínculos y entender que el conflicto es parte constitutiva del amor, no una falla.
Además, cuestionó la lógica actual de los vínculos basada en el “checklist” y el exceso de saber, al afirmar que el deseo no responde a criterios objetivos ni previsibles. Para Kohan, el amor no se busca ni se planifica: se encuentra, muchas veces de forma inesperada. También abordó la dificultad para encontrarse con la diferencia y propuso recuperar la capacidad de mirar, hacer pausas y dejar espacio al deseo en un mundo saturado de estímulos. El episodio completo puede escucharse en Spotify y YouTube.
Alexandra es una psicoanalista, escritora y docente argentina, reconocida por su trabajo en la intersección entre el psicoanálisis, la literatura y el análisis cultural contemporáneo. Magíster en Estudios Literarios por la Universidad de Buenos Aires, se desempeña como docente en esa institución y ha ganado visibilidad pública a través de sus columnas y ensayos, donde reflexiona sobre temas como el amor, el cuerpo, el deseo y el humor desde una mirada crítica. Es autora de libros como Psicoanálisis: por una erótica contra natura (2019), Y sin embargo, el amor (2020), Un cuerpo al fin (2022) y El sentido del humor (2024), consolidándose como una de las voces más influyentes del pensamiento psicoanalítico actual en el ámbito hispanohablante.

—Cuál te parece que es el punto de partida que podemos usar para hablar del amor en esta época. ¿Qué cosas te llaman la atención? ¿Qué cosas te preocupan?
—A pesar de que puede haber momentos en que el amor parece que es una moda, no lo es. Pero efectivamente atraviesa todas las épocas. Siempre es un problema el amor. Me gusta pensarlo en esa dimensión problemática para poder pensar justamente diferentes soluciones al problema del amor. Va cambiando los modos en los que nos relacionamos, por supuesto, a lo largo de todas las épocas. El otro día vi justo un gráfico que decía cómo se conoce la gente a través de los años que te mostraba las barras de estadísticas y como era un video animado, iba moviéndose el modo en que se conocían las personas. Entonces antes el mayor porcentaje era a través de amigos y eso quedó último ahora. Y ahora primero quedó a través de la digitalidad. Eso es interesante de ver cómo son las nuevas, mmm, maneras de relacionarnos. Pero sí creo que una vez que se despejan esas novedades, después el problema sigue siendo siempre el mismo: la falta de reciprocidad en el amor, el deseo de que haya reciprocidad, la manera de mantener o no una relación. Eso yo diría que se mantiene, que es el núcleo del problema.
Si despejamos la cuestión social y contextual, me parece que por eso decía el núcleo, ¿no? Si corrés todas esas capas, el núcleo sigue siendo el mismo, que querés a alguien te quiera, de concebir al otro, etcétera. Ahora, lo que va cambiando es la dinámica de las parejas. Cómo se relacionan las parejas. Pero como yo me dedico al psicoanálisis y como dice la filósofa Julia Kristeva, todas las historias que cuentan los pacientes finalmente son historias acerca del amor, más, menos, de un lado o del otro. Amor, estamos pensándolo no solo en el amor de pareja. El amor familiar, con los amigos, la amistad también es un problema a veces. Finalmente las personas sufren más o menos de lo mismo que es de relacionarse con otros. Y cuando me refería antes al problema es elogiosamente. Yo haría un elogio de los problemas, en el sentido de justamente no creer que algo viene dado, que es natural, que te tenés que sí o sí sentir bien con algo o adaptarte a algo. Cuando vos pensás las cosas como un problema, eh, me parece que es una manera interesante de pensarlo en el punto donde tampoco patologizás, tampoco estigmatizás al otro. O a uno mismo, ¿no? Cuando uno dice: “Es raro que yo haga tal cosa, debo tener alguna patología”.
Despatologizar, sacar el estigma que recae sobre las personas hace que efectivamente lo dejemos en la dimensión problemática. Es un problema que nos atraviesa a todos. Mantenerlo como problema hace que efectivamente decís: “Che, esto es un problema en sí mismo”. Relacionarse con otro es un problema. Después cada uno de nosotros encuentra las soluciones más o menos acordes para lidiar con ese problema. Pero el problema está, porque relacionarse con otro no es fácil y mucho menos en el amor.
— Hay algo que dijiste el otro día que me resonó mucho y que refleja bastante a mi generación: que saber es casi lo opuesto a amar. Esta idea de armar un checklist —que tenga tal trabajo, tal altura, ciertos hobbies, que sea familiero— y, aun cuando alguien cumple con todo, lo más probable es que no pase nada.
—Sí, me escuchaste muy bien porque siempre pongo ese ejemplo que es: “No es que no exista esa persona que vos querés, yo te la consigo a esa persona que cumple todas esas características, hacemos el checklist y después te lo pongo adelante y no te pasa nada”. Porque efectivamente el deseo, enlazado al amor, no tiene nada que ver con las características objetivables. No tiene nada que ver con hacer una lista de pros y contras. No funciona así el amor, ya se ha comprobado. Porque las aplicaciones de citas juegan con eso, ¿no? Juegan con que te acercan a las características que vos querrías y hay match o no hay match en función de eso muchas veces. Ni hablar el algoritmo hoy además que es como una aplicación de citas permanente. Entonces vos decís: “¿Eso es lo que yo quería?” No, ¿y qué pasa si es lo que yo quería y después me encuentro con alguien que tiene todas esas características y no me pasa nada? No me pasa nada, no me enamoré, no me gustó, no tuve onda. ¿Qué pasó? Bueno, porque el deseo se engancha de cosas totalmente, en algún punto insondable, no se pueden objetivar esas cosas, no se pueden definir los lugares en donde el deseo se engancha.
Y no tiene que ver con el saber, efectivamente, no tiene que ver con saber del otro. Después podés tener tus condiciones, por supuesto, incluso tus condiciones eróticas, que también son un poco inconscientes, que es por ejemplo: “No me gustan las personas altas, bajas, rubias, morochas”, no importa. Y no lo podés explicar. Si es que no es un prejuicio, ¿no? Pero decís: “No, no me pasa nada”. O al revés, revisás todas tus parejas y te das cuenta que todos tus partners eran petisos. Algo te tira de eso, pero no sabés por qué y no importa por qué. El asunto es que no pretendamos definir justamente el partner según características objetivables, porque eso no tiene nada que ver con el deseo. El deseo no se sabe y es inconsciente. Y a veces, y pasa mucho, la gente dice: “No puedo creer que me enganché con este, con esta”. Vos te sorprendés y decís: “¡Uy! ¿Qué pasó? Si yo dije que a mí me gustaban así, ¿qué hago con alguien que es lo contrario de eso?” Bueno, ahí hay sorpresa también. El amor es eso, ¿no? Es sorpresa.
—¿Cómo te parece que entender esto puede ayudar a alguien que quiere encontrar pareja o construir una relación? Si ya sabemos que ese checklist no funciona, ¿cuál sería el camino alternativo?
—Yo diría, en principio, que no pretenda saber antes de encontrarse con alguien. Que no hay nada que se pueda saber antes. Que el encuentro va a definir, no solo el cara a cara con el otro, sino si hay encuentro o no hay encuentro, eso se va a saber cuando el otro esté en la escena. Por eso digo que es entre dos. Que el amor no tiene que ver con el saber y yo diría que el amor no se busca. Se puede buscar una pareja, pero no se busca el amor. El amor se encuentra. En general se encuentra siempre sorpresivamente. Mucha gente dice en el peor momento, “no era el momento justo” o la gente que dice, por ejemplo: “No, yo en este momento no estoy para enamorarme” y de golpe se enamora. Esas barreras tampoco funcionan. Vos podés decir: “No quiero, no quiero, no quiero”. Y un día entraste al supermercado y te chocaste con alguien. Parece comedia romántica, pero no, porque hoy casi nadie se mira en el supermercado. Pero son encuentros menos diseñados me parece, ¿no?

—Hay una frase que escucho mucho, tanto en amigas como en gente más grande y más chica: “El mercado está malísimo”. Esta idea de poner la responsabilidad de no emparejarse en que las opciones son pocas o malas.
— Sí. podría ser crítica de esa frase, pero a la vez podría escuchar algo en esa frase que es que es cierto que las épocas también son más propiciatorias o no de los encuentros. Escucho gente, pero no participo de eso, que es un momento difícil para el encuentro. Es un momento difícil para el encuentro en general, no solo el encuentro amoroso, sino el encuentro, con las amistades, con la familia. Yo lo pienso más post pandemia, la verdad, me quedé pensándolo así. Hay mucho aislamiento, hay mucha dificultad de encontrarse con alguien que sea distinto.
Hay mucha dificultad para escuchar que el otro es otro y que tiene otros gustos y otras maneras y otros estilos. Ya no estoy hablando de grandes diferencias, ¿no? Hay mucha gente que dice: “Yo no saldría con alguien de ideológicamente mis antípodas”. El otro día me preguntaban qué pasa con la gente que se enamora de alguien que piensa lo opuesto. Y estamos hablando ideológicamente, no partidariamente, ¿no? Bueno, pasa eso y se les arma conflicto. Se arma una especie de contradicción. Uno puede tener condiciones y decir: “Yo no quiero esto, no quiero esto, estos son mis límites”. Pero también hay mucha dificultad y eso es un hecho de época para relacionarse con la diferencia. En ese sentido, creo que se puede escuchar algo verdadero en esa frase de está difícil el mercado, que es horrible pensarlo en términos de mercado, es bastante feo para mí.
—También es un tema la convivencia, el matrimonio. Hay también prejuicios y estigmas sociales que son conductores de lo que hacemos y lo que no hacemos con esto, ¿no?
— Absolutamente. Pero ahí yo te diría que uno tiene que tratar no de que no te importe la mirada del otro, porque eso sería cínico que no te importe la mirada del otro, pero que no te condicione y no te determine. Me parece que una vida más acorde a lo que uno desea es una vida mejor. Si la mirada del otro te condiciona, ahí estamos en problemas. En análisis, entre otras cosas, uno trabaja para que esa mirada no lo condicione tanto, no lo determine tanto, no haga de esa mirada un destino. A mí me parece genial que cada pareja invente la manera de estar en pareja, porque, otra vez, la pareja no es algo natural. Cuando digo no es natural, es que nada en el hombre es natural.
Hay que hacer algo para que eso suceda. Muchas veces las formas ideales: el matrimonio, eh, la convivencia, los modos en que eso se concibe, vienen a velar que en realidad no hay nada natural ahí. Y hacen pasar por natural algo que en realidad es un puro artificio. El encuentro con otro es un artificio. Y entonces hay que inventar, siempre hay que inventar. A mí me encantan las parejas que dicen: “Nos casamos porque teníamos ganas de casarnos, pero vivimos separadas” o al revés, “vivimos juntos y no nos casamos”. No sé, las miles de formas que una pareja puede inventar para estar juntas y también para separarse, porque a veces cuesta separarse también. La idea de que la separación es un fracaso. Eso es como un condicionamiento social, ¿no? Está muy instalado eso también.

—Creo que cuesta separarse por muchos motivos, por sentir que es un fracaso, pero también por el miedo a lo que uno se va a encontrar después, por la costumbre que uno tiene cuando unió mundos con otra persona.
—Es muy difícil. Por supuesto que hay parejas que siguen por todas esas cosas que vos decís, porque incluso no tienen la posibilidad económica de separarse. Yo no juzgo ni opino sobre las maneras en las que alguien permanece o no con otra persona. Lo que digo es que hay sufrimientos que se podrían desandar. Porque el tema es el sufrimiento, por qué alguien sufre tanto, ¿no? Hasta cuando digo tanto es por qué sufre de más, no por qué sufre. Porque vivir es también un poco sufrir. Pero sí hay parejas que uno observa, pero trato de no opinar. Es común decir: “¿Para qué están juntos?” Bueno, algo encontrarán por lo que están juntos. Si querés la comodidad o, no sé, pero algo encuentran.
—¿Cuál te parece que es la mejor manera, una vez que alguien toma la decisión de separarse a pesar del miedo y la incertidumbre? Porque, al final, si uno se escucha, creo que sabe lo que quiere hacer. ¿Cómo afrontar ese tipo de duelo, si es que hay una forma?
—No, no hay una. También hay que inventar las maneras, como decíamos. Sí creo que, como lo que vos dijiste, uno sabe, no es una intuición, uno sabe. Uno se puede hacer el distraído bastante, mucho se hace el distraído, pero uno en algún punto sabe. Sabe y decide hacer algo con eso que sabe y prefiere no saber. Siempre es mejor querer saber qué seguir haciéndose el distraído, porque ese hacerse el distraído vuelve después de alguna manera. No es inocuo. Y me parece que querer saber siempre es mejor. Darle bolilla a eso que uno sabe y apostar. Es una apuesta, el deseo es una apuesta. No hay garantías de que te salga bien, porque el deseo es sin garantías.
Pero yo creo que la apuesta vale la pena. Me parece que la apuesta vale la pena porque después se abre un mundo absolutamente distinto. Insisto, no es sin problemas el mundo que se abre. Pero no tenés ese problemón que era sostenerte en un sufrimiento que no tenía otra cosa. Desarmar eso puede costar muchísimo, por supuesto, pero mantenerlo, el costo para mí es mayor. No estamos hablando solo de pareja. Podría ser, qué sé yo, un cambio de carrera, un cambio de amistad, un cambio de trabajo. Son las cosas más cotidianas que arman la vida finalmente. Lo que hace la vida cotidiana.

—Retomando un tema anterior, ¿por qué volvés tanto a la pandemia cuando hablás de vínculos? ¿Qué te parece que se rompió ahí? ¿Qué es lo que todavía no logramos revertir?
—Vuelvo en el sentido de que no, no querría pasarla por alto tan rápido. O sea, fue un momento muy difícil. Cuando uno vuelve para atrás piensa que fue muy loco lo que vivimos. No diría que hay efectos directos ni efectos, ni que la pandemia es causa de lo que pasa ahora, ni mucho menos. Lo que sí es un hecho observable es que después de la pandemia el mundo cambió. Cambiaron muchas cosas y muy rápidamente. Había un mundo y ahora hay otro mundo. Me parece que eso es lo que hace que la pandemia sea un acontecimiento nada desdeñable a la hora de pensar ciertas cuestiones. No la dejaría tan de lado tan rápidamente. Entre todas esas cosas diría que el aislamiento tiene que ver con la pandemia. Este aislamiento del que hablábamos viene de la pandemia. El aislamiento que hubo que producir en la pandemia, porque el otro era concretamente una amenaza. Tampoco empezó en la pandemia, porque alguna vez pensé que si nos adaptamos tan rápido a meternos todos dentro de casa y replegarnos es porque eso ya estaba sobre todo al principio, digamos, sin chistar, todos nos metimos adentro.
Todo el mundo entero. Independientemente de los casos particulares, los que pasaron bien, los que pasaron mal. No estoy hablando de eso. Estoy diciendo que evidentemente ese aislamiento o ese repliegue hacia la soledad o a la individualidad ya estaba un poquito en germen. Y me parece que después de la pandemia el aislamiento quedó, ¿no? Como si dijéramos vino, quedó y no se fue más. Ahora se puede salir, ahora se puede-- nos podemos a, a golpear entre muchos en un lugar, pero hay algo del aislamiento… Por ejemplo, pienso en el modo en que se concibe el espacio público, ¿no? Vos vas a un bar, está todo el mundo escuchando audios, sin auriculares. Hay poco registro de que hay otros en el mismo espacio que uno. Muy poco registro. Eso es algo que yo vengo pensando, eso como un ensimismamiento en el que estamos metidos. Como si saliéramos ensimismados. Nada de lo que yo digo es absoluto tampoco, digo pensar algunos rasgos que para mí quedaron de la pandemia. Creo que hay una vuelta y la gente joven me parece que está agotada también de la digitalidad. Eso a mí me llena de esperanzas y quiere volver un poco a lo analógico incluso.
—¿Cuál creés que podría ser una propuesta —aunque no haya una única manera— para combatir el aislamiento?
—Qué difícil. En principio diría que levantar un poco la cabeza. El gesto de levantar la cabeza y mirar, mirar un poco, aguantar, hacer nada, en el sentido de la contemplación, no estar todo el tiempo haciendo algo. Porque viste que estamos todo el tiempo haciendo algo con el teléfono. Si vos me estás esperando a mí en un bar y yo llego tarde, no llevaste un libro o no tenés ahí la cosa para hacer el Excel que tenías que hacer y ¿qué hacés? Agarrás el teléfono. No te quedás así mirando por la ventana a ver cómo pasa la gente. Levantar la vista un poco, porque me parece que el gesto del teléfono hace que efectivamente nos sustraigamos del mundo.
Estuvimos hablando de la posibilidad de perderse un poco o de perder, o de perder algo, o de perderse, me parece que es interesante para que aparezca otra cosa. Sino no hay lugar para otra cosa. Está lleno y no hay lugar para nada. El deseo necesita lugar y me parece que lo otro es como una especie de compulsión como si nos diéramos atracones de comida. No es disfrutar. Es como llenar, llenar, llenar, llenar. Alguna vez pensé eso: relaciones de consumo. Uno consume información, imágenes, consume, consume, consume, consume. Pero el consumo no tiene nada que ver con el deseo tampoco. El deseo necesita espacio, cortes, alternancias entre una escena y otra. Si no es insoportable. No se puede pensar si estamos aturdidos todo el tiempo.
—Voy a hacerte, ahora sí, la última pregunta, que le hago a todos los invitados y es que nos dejes algo para compartir. Puede ser la recomendación de un libro o una película, una frase que te guste, algo te llamó la atención o un tema que te esté desvelando…
—Puedo recomendar el documental Traslados, que está en Prime, de Nicolás Gil Lavedra, porque trae una cantidad de historias dentro de la historia que uno sabe, pero siempre hay cosas que uno no sabía y muestra de manera impresionante todas las capas del horror que sucedió en este país, capas muy finitas. Me parece que vale la pena verlo porque forma parte de nuestra historia, de esa que muchas veces no queremos saber por el horror que produjo y que produce porque eso sigue vivo. Y no es un pasado que pasó, una historia, sino que es un presente vivo todavía. Me parece que esa deuda tenemos siempre en Argentina, que es eso, seguir pensando esas cosas como algo del presente, no del pasado.
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