
Ya era una suerte de deporte nacional criticarlo al presidente Miguel Juárez Celman, artífice de un descomunal descalabro económico, en una mezcolanza de inflación, especulación sin fin en la bolsa, con bancos que habían restringido el crédito, y con artículos básicos de consumo que se habían ido a las nubes. Todos se acordaban de la peor manera del presidente, al que responsabilizaban de una mishiadura general que no hacía más que tensar al máximo la cuerda de la paciencia.
Celman no daba para nada con la imagen de político exitoso, de carácter arrollador. Era petiso, menudo, con una pelada que anunciaba la irreversible ampliación de su frente, con bigote y barba en punta muy cuidada. Pero detrás de ese hombre corriente de 42 años, se escondía un individuo inteligente y ambicioso, y seguramente añoraba su exitosa trayectoria política en su Córdoba natal.
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Había asumido la presidencia en 1886 y para 1889 había logrado el milagro de unir a una hetereogénea oposición, provocando que la juventud motorizara una suerte de un amplio partido político opositor de coalición. Para colmo su concuñado Julio A. Roca no hacía nada para impedir la debacle, aunque operaría para que Leandro Alem y su gente no tomara el gobierno.
La mecha la encendió el entrerriano Francisco Barroetaveña, un abogado de 33 años, cuando el 20 de agosto de 1889 publicó una columna en el diario de su amigo Bartolomé Mitre, en el que llamaba a la juventud a rebelarse a los abusos y a la corrupción del gobierno.
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Recogido el guante, el 1 de septiembre de ese año hubo un multitudinario acto en el Jardín Florida, un predio ubicado en Florida y Paraguay inaugurado en 1879 y donde se podía ir a escuchar conciertos, tomar el té o dar un paseo. Como estaba en un terreno de unos ochenta metros de frente por treinta de fondo, era apto para actos multitudinarios. Allí quedó formalizada la Unión Cívica de la Juventud, que aglutinó a todo el arco opositor al oficialismo gobernante. Entre sus miembros honorarios se contaban a Leandro N. Alem, Aristóbulo del Valle, Bartolomé Mitre, Bernardo de Irigoyen, Pedro Goyena y Vicente Fidel López, entre otros.
La repercusión fue muy grande y, aunque el oficialismo se burló de los que habían adherido, había acusado el golpe, al punto que siete cadetes del Colegio Militar que habían participado fueron expulsados. Entonces la oposición organizó una colecta popular para costearle a esos jovenes una carrera universitaria.
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Rapidamente, la Unión Cívica se largó a la organización de lo que entonces se llamaban clubes cívicos para dejar de ser una agrupación juvenil y convertirse en un partido político. Ahí empezaron las diferencias. Mientras hombres como Barroetaveña proponían que la juventud fuera acompañada por los políticos reconocidos, Bartolomé Mitre era de la idea de que la juventud debía abrirse paso sola, y Leandro Alem quedó en el medio, tratando de acercar a las partes.
Lo que Alem apuraba era la conformación de esa agrupación opositora, al punto que debió dejar su característica intransigencia de lado: se puso a trabajar junto a Mitre, con el que siempre se había enfrentado; hizo lo propio con los militantes católicos José Manuel Estrada y Pedro Goyena, con los que lo separaba su anticlericalismo y su pertenencia masónica. En un primer momento, Alem fue escéptico y no creía que pudieran trabajar juntos.
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Los clubes fueron surgiendo en todos lados y en poco tiempo habían abierto nueve. Se insistía en la necesidad de salvar a las instituciones, ejercer con libertad el sufragio y defender el sistema republicano. Pero sus principales dirigentes sabían que la única forma de terminar con el gobierno era a través de una revolución. Por eso Aristóbulo del Valle recibió el visto bueno del general Manuel J. Campos -veterano de la guerra del Paraguay, donde había sido herido seriamente en Curupaytí y de la campaña al desierto- para ponerse al frente de una insurrección.
Se elaboró un proyecto de creación de la Unión Cívica Nacional, pensada como una gran fuerza de coalición política dispuestas a presentarse en elecciones o tomar las armas, de ser necesario. Alem sería el líder y hubo que convencerlo a Mitre de que no se apartase, porque no quería ser una figura de segundo orden.
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El día 4, viernes santo, decidieron presentar a la coalición en sociedad el domingo 13 de abril de ese año 1890. Cinco días antes se hizo la convocatoria firmada por todo el arco opositor: Mitre, Bernardo de Irigoyen, Vicente Fidel López, Pedro Goyena, del Valle, el general Gelly y Obes, Luis Sáenz Peña, y las firmas seguían. Era una mezcolanza de nacionalistas, autonomistas, católicos, masones, terratenientes y comerciantes. A todos los movía lo mismo: ponerle fin al gobierno. En forma más solapada, Alem y Del Valle continuaban sus planes en secreto para armar una revolución.

“Yo estoy dispuesto a acompañarlos en cualquier forma, así seamos diez o mil”, les dijo Alem a la juventud.
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En la ciudad nadie hablaba de otra que cosa que del mitin. El gobierno se la vio venir y el 10 renunció el gabinete: Norberto Quirno Costa (interior), Wenceslao Pacheco (Hacienda), Estanislao Zeballos (relaciones exteriores), Filemón Posse (justicia e instrucción pública) y Eduardo Racedo (guerra y marina) se fueron para dejarles las manos libres al presidente, quien dispuso el acuartelamiento de tropas. Advirtió que si el acto se convertía en una conspiración multitudinaria, las fuerzas del orden reprimirían.
El día anterior algunos de los políticos participantes se oponían a la realización de una marcha a Plaza de Mayo una vez culminado el acto, porque temían una provocación del gobierno que terminase en disturbios, y entonces se ofrecería en bandeja al gobierno la excusa de declarar el estado de sitio y la clausura de periódicos. Sin embargo, se decidió hacerla.
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La cita fue al mediodía en Córdoba 1130 en el Frontón Buenos Aires, cedido por su arrendatario Celindo Castro. Rápidamente, unas quince mil personas colmaron el predio, que era el más grande que tenía la ciudad. Quedó afuera mucha gente, que ocupaba toda una cuadra. Muchos de los oradores fueron armados con revólveres.
Se cantó el Himno y el primero en hablar fue Mitre. “Con esta bandera constitucional y estos patrióticos propósitos, afirmemos una vez más, nuestra decidida actitud de resistencia y de protesta”, arengó.
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Luego Barroetaveña trazó el panorama que atravesaba el país y la gente estalló en aplausos cuando se anunció a Alem, siempre vestido de oscuro. Dijo que desistió de leer el discurso preparado, y que solo diría algunas frases “salidas de un corazón entusiasta”.
“El pueblo donde no hay vida política es un pueblo corrompido o en decadencia, o es víctima de una brutal opresión”, expresó. Dirigiéndose al gobierno, dijo que eran “muy sabios en la economía privada para enriquecerse ellos; en cuanto a las finanzas públicas, ya véis la desastrosa situación a que las han traído”.
Fue lapidario cuando sostuvo que “esto no tiene vuelta. No hay, no puede haber buenas finanzas, donde no hay buena política”. Cerró diciendo que “este es un augurio de que vamos a reconquistar nuestras libertades, y vamos a ser dignos hijos de los que fundaron las Provincias Unidas del Río de la Plata”.
Del Valle advirtió que ya no había más indiferentes, Vicente Fidel López explicó que los malos gobiernos llevaban un vicio natural que los mataba; Miguel Navarro Viola dijo que la suerte estaba echada, mientras que José Manuel Estrada habló de “bandas rapaces, movidas de codicia…”
Cerrado el acto, los concurrentes fueron marchando hacia Florida, y en el camino -mientras en el gobierno pedían al cielo que la manifestación terminase de una vez por todas- se iban incorporando más gente -para algunos iban entre 25 y 30 mil personas- mientras que de los balcones arrojaban flores y flameaban banderas. Encabezaban la marcha, tomados del brazo, las principales figuras políticas.
Era mucha la gente que quería abrazarlos y hubo tironeos, porque la policía se metía para dispersar, y en el medio el general Campos terminó detenido luego de partirle su bastón en la cabeza a un agente. Hubo incidentes en la puerta de la casa de Mitre, quien había llegado en carruaje, donde lo esperaba mucha gente.
Nadie quería irse a sus casas. Los dirigentes fueron al Club del Progreso, y la multitud los siguió.
Según un despacho del cónsul norteamericano, había sido “una reunión monstruo en oposición al presente gobierno nacional”, y donde hubo discursos “muy ásperos en sus denuncias”.
El 17 la Unión Cívica dio a conocver su primer documento público, donde se habló de ineptitud, desquicio gubernamental, despilfarro e inmoralidad de la administración pública. Llamaba a una organización cívica del pueblo y aseguró que el movimiento había derribado en masa al gabinete, que había anulado tres posibles candidaturas presidenciales y que había dado una enseñanza al país de lo que puede un pueblo organizado.
Mientras tanto, ese día Juárez Celman siguió los acontecimientos en su domicilio en la calle 25 de mayo al 500, acompañado de sus colaboradores. El jefe de la policía coronel Capdevila le informó que en el mitin había estado todo Buenos Aires. “Por fin ahora tendremos una oposición responsable”, exclamó el presidente, y para dar la sensación de que nada pasaba, se fue a una función en el Teatro Politeama.
Pero mucho pasaría. Estaba viviendo las últimas semanas de su gobierno.
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