
La capacidad del ser humano para transmitir emociones complejas sin palabras ha evolucionado junto al desarrollo de las sociedades y la tecnología, desde la elección precisa de una flor en el Antiguo Egipto hasta los algoritmos presentes en las aplicaciones de citas contemporáneas.
El significado atribuido a plantas, colores y objetos ha ofrecido durante siglos un canal alternativo para expresar afectos, establecer vínculos o preservar la discreción en contextos donde la comunicación directa resultaba restringida o sancionada, según un análisis de BBC Mundo y la historiadora estadounidense Amy Stewart, autora de The Language of Flowers.
Simbología floral y mensajes ocultos, de Egipto a Japón
En las antiguas civilizaciones, regalar una flor era mucho más que un simple gesto de cortesía. El egiptólogo José Manuel Galán explica que, en el Antiguo Egipto, la palabra para vida, “anj”, también asociada a las plantas, fundamentó la costumbre de despedir a los difuntos con flores. Ofrecer flores significaba literalmente ofrecer vida; por ello, las guirnaldas halladas en tumbas como la de Tutankamón, confeccionadas con hojas de olivo, palmera datilera y flores de azulejo, no solo decoraban sino que articulaban deseos de pervivencia en el más allá.

La función simbólica de las flores se perpetuó en la iconografía artística. En la pintura gótica y renacentista del norte de Europa, el clavel era emblema del compromiso afectivo en los retratos de esponsales. No obstante, el significado de un mismo símbolo variaba según la cultura: en Japón, la iconografía unía el pino rojo (masculino) y la glicinia (femenina), base de la tradición Hanakotoba, que fusionó la simbología local con el lenguaje florístico victoriano surgido en el siglo XIX en Europa.
El uso de flores para transmitir emociones —desde el amor hasta la ira— se institucionalizó en estos sistemas codificados. En el lenguaje victoriano de las flores, una rosa cambiaba su significado según su tonalidad: la rosa amarilla podía indicar celos, la blanca denotaba sigilo y cautela, y la combinación de blanca y roja comunicaba un mensaje tan concreto como: “El fuego de tu mirada me abrasa el corazón”, según recopila Amy Stewart en su obra The Language of Flowers.
De retratos a selfies: la evolución de los códigos amorosos y la imagen
El atractivo visual y los códigos no verbales han marcado el cortejo desde el Renacimiento hasta la era digital. El retrato de compromiso de Ana de Cléveris, pintado por Hans Holbein el Joven en 1539 y descrito como “muy vivaz” por el embajador de Enrique VIII, es comparado por BBC Mundo con las actuales fotos de perfil en aplicaciones de citas. Aunque la obra fue clave en el matrimonio real, su fidelidad generó debate. Ana y Enrique VIII compartieron un matrimonio breve y no consumado, según registros históricos.

En el siglo XIX, la llegada de la fotografía cambió la forma de proyectar la identidad romántica. Las cartes de visite —pequeñas fotos sobre cartulina— se intercambiaban como prueba de afecto o para impresionar a posibles parejas. El académico John Plunkett señala que estas imágenes permitieron elegir la versión de uno mismo a mostrar, anticipando la selección de perfiles en redes sociales y aplicaciones de citas. Se guardaban como fetiches personales, se armaban collages y se utilizaban como símbolos de estatus, en una dinámica similar a la actual.
Lengajes codificados, rituales y comunicación no verbal en la historia del cortejo
Durante la Regencia inglesa, entre el siglo XVIII y principios del XIX, surgieron rituales y lenguajes no verbales para el cortejo, como el uso del abanico. La investigadora Sally Holloway explica que el “lenguaje de abanicos” y otros juegos visuales eran frecuentes, aunque más como entretenimiento que como sistema estricto. En salones concurridos, gestos, aromas y regalos como flores prensadas, libros subrayados o retratos en miniatura consolidaban nuevas formas de demostrar afecto y compatibilidad.
El intercambio de objetos personales —mechones de cabello o anillos— simbolizaba permanencia y deseo de vínculo. Las violetas eran entregadas por su significado de modestia y amor fiel, mientras los hombres obsequiaban flores, fragancias o arte personalizado.

Tecnologías y símbolos en el amor moderno y la diversidad sexual
El avance tecnológico amplió los rituales románticos. En los años 1920, clubes de Berlín como el Residenz-Casino implementaron mensajes neumáticos para circular discretamente obsequios y notas, con una centralita de moderación previa, anticipando la gestión digital actual, según la historiadora Jennifer Evans.
Para las personas LGBTQ+, los lenguajes ocultos han sido clave para el reconocimiento y la seguridad. La autora Sarah Prager documenta que flores como el clavel verde, la violeta y la lavanda se asociaron a la identidad queer desde hace siglos, en vínculo con la figura de Oscar Wilde. Prager destaca la vigencia de símbolos discretos, prendas y tatuajes como señales de pertenencia.
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