
Una adolescente revisa su teléfono y ve que la foto de su amiga en Instagram recibió el doble de likes que la suya. Un profesional con una carrera sólida siente que, pese a todo, “le falta algo” porque no logró destacarse como otros en su entorno. En cenas familiares, los padres preguntan: “¿Y vos, en qué sos mejor que los demás?”. La presión por ser distinto no es solo una exigencia silenciosa: se ha convertido en la regla de juego.
En un mundo donde todos compiten por ser únicos y visibles, la necesidad de sobresalir atraviesa la vida cotidiana y puede dejar una huella profunda en la forma en que nos valoramos, vinculamos y experimentamos la felicidad. ¿Qué se pierde —y qué se puede ganar— cuando el mandato de destacar se vuelve el centro de la existencia?
De dónde surge la exigencia de destacar
El psicólogo Eddie Brummelman, de la Universidad de Utrecht, lleva años estudiando cómo la sobrevaloración parental puede moldear la personalidad y la autoestima. En una investigación publicada en Proceedings of the National Academy of Sciences (2015), Brummelman y su equipo analizaron a niños cuyos padres reforzaban la idea de que eran superiores a los demás.

El resultado: estos niños no solo mostraron una autoestima más frágil, sino que eran más propensos a desarrollar rasgos narcisistas. “Muchos padres piensan que elogiar en exceso ayuda a construir confianza, pero en realidad puede generar una presión innecesaria y expectativas poco realistas”, explicó Brummelman en una entrevista con The Guardian.
El psicólogo Adam Grant, columnista de The New York Times, señala que desde la escuela se premia a quienes sobresalen, mientras que la vida común pasa desapercibida. “La presión para destacar está tan arraigada que muchos adultos sienten culpa si no están todo el tiempo alcanzando metas o recibiendo reconocimiento”, escribió Grant.
Redes sociales: la vitrina de lo extraordinario
Las plataformas digitales han profundizado el fenómeno. Un análisis de Pew Research Center (2022) reveló que más del 70% de los adolescentes estadounidenses siente que debe mostrar una versión mejorada de sí mismos en redes sociales. Esta “curaduría de la imagen” promueve la comparación constante y la ilusión de que la vida solo tiene valor si se exhibe algo extraordinario.

La psicóloga social Jennifer Crocker, de la Universidad Estatal de Ohio, lo describió de este modo en diálogo con BBC News: “La comparación social permanente refuerza el deseo de validación externa, pero ese reconocimiento es efímero y nunca llena del todo. Se vuelve una carrera interminable”.
Consecuencias emocionales y relacionales
La búsqueda de lo excepcional, lejos de ser fuente de satisfacción sostenida, puede derivar en insatisfacción crónica y en dificultades para construir relaciones genuinas.
Lori Gottlieb, terapeuta y autora del bestseller “Maybe You Should Talk to Someone”, escribió en The Atlantic que la obsesión por el rendimiento y la diferencia puede dejar a las personas sintiéndose solas y desconectadas, aun cuando logran lo que se proponen. “Al perseguir la excepcionalidad, a menudo abandonamos la posibilidad de ser auténticos. Nos mostramos solo cuando tenemos algo para lucir, pero ocultamos nuestras dudas, miedos o fracasos”, advirtió Gottlieb.

Un artículo de The New York Times exploró cómo el “síndrome del impostor” afecta a adultos exitosos que, pese a sus logros, sienten que nunca cumplen el estándar de lo verdaderamente extraordinario y temen ser vistos como “comunes”. Este sentimiento puede llevar a la autoexigencia excesiva, la comparación constante y la pérdida de la satisfacción por los pequeños logros cotidianos.
El valor de lo común y la autenticidad
Frente a la presión del mandato de destacar, cada vez más psicólogos y pensadores proponen resignificar el valor de lo cotidiano y lo compartido, según Psychology Today.
El psiquiatra Irvin Yalom, referente mundial en terapia existencial, sostiene en sus libros y conferencias que el bienestar profundo proviene menos de los grandes hitos que de la conexión real con otros y la aceptación de la propia humanidad, en toda su rutina y simpleza. “La plenitud no depende de la admiración externa, sino de la capacidad de aceptarse y de construir relaciones auténticas”, afirma Yalom.

Adam Grant propone en The New York Times que practicar la gratitud por pequeños momentos y logros cotidianos puede reconfigurar la percepción del éxito. “No todo el valor está en lo visible o lo aplaudido. La vida común, con sus rutinas y sus vínculos, es la base real de la satisfacción”, sostiene.
Tres claves para resignificar el día a día
- El valor personal no depende de logros ni del reconocimiento ajeno: La identidad y la autoestima se fortalecen cuando dejan de depender de la aprobación externa.
- La autenticidad y la constancia son más estables que el brillo efímero de la admiración: Los vínculos profundos se construyen en la vida cotidiana, no en la excepcionalidad.
- Aprender a valorar lo común transforma la experiencia: La plenitud puede encontrarse en la rutina, el afecto y la conexión con lo humano compartido.
En definitiva, la carrera por ser distinto responde a un mandato cultural que, lejos de garantizar satisfacción, puede postergar la posibilidad de disfrutar y habitar plenamente el presente. Revalorizar lo común, permitirse la experiencia ordinaria y construir vínculos desde la autenticidad es, para muchos expertos, una de las vías más sólidas para una vida equilibrada y significativa.
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