
Los parches para el acné se han popularizado en los últimos años como tratamientos visibles y accesorios de diseño, pero su origen histórico se remonta al siglo XVII en Europa, donde tenían un significado mucho más profundo y polémico del que suele pensarse. Estos dispositivos faciales pasaron de ser símbolos de estatus y salud a motivos de controversia social y moral.
Durante la Europa moderna, miembros de la clase alta—tanto hombres como mujeres—utilizaban parches hechos de papel, seda, terciopelo o cuero, comúnmente de color negro para resaltar el contraste con la piel pálida que representaba refinamiento y una vida alejada del trabajo manual. No solo servían para embellecer, sino también para atraer miradas, disimular marcas en la piel y, en muchos casos, tratar heridas o enfermedades como la viruela o la sífilis.
La función de estos parches faciales era, por tanto, doble: ocultar imperfecciones y proporcionar algún beneficio terapéutico. Un ejemplo relevante en la fuente es la explicación del escritor John Marston, quien afirmó en 1601 que “los parches negros se usan, algunos por orgullo, otros para prevenir la legaña y otros para ocultar la costra”. Algunos contenían soluciones medicinales especiales para facilitar la cicatrización.

Sin embargo, dicho auge no tardó en generar reacciones adversas. Moralistas y predicadores, según documenta The Conversation, llegaron a comparar el uso de estos apliques con la marca bíblica de Caín, sugiriendo incluso que podían anticipar calamidades como la peste. Durante el siglo XVIII, el estigma fue en aumento, asociando los parches con la promiscuidad y la falsedad.
La cultura visual de la época retrató estas controversias. El artista William Hogarth ilustró en su serie El Progreso de una Ramera cómo los parches se vinculaban no sólo con la vida urbana, sino también con juicios morales negativos y marginalidad social.
En la vida cotidiana, los diarios y testimonios recogidos por The Conversation aportan detalles sobre la popularidad de los parches entre figuras influyentes. El funcionario Samuel Pepys anotó en múltiples ocasiones, entre 1660 y 1669, encuentros con mujeres destacadas y figuras cortesanas como Lady Castlemayne o el duque de York que portaban parches negros y usaban técnicas específicas, como humedecerlos con saliva para adherirlos al rostro. También mencionó el crecimiento de la costumbre de llevar cajitas ornamentadas de plata destinadas a guardar estos accesorios.

Durante el periodo de la Restauración inglesa (1660-1700), el intercambio de modas entre Francia e Inglaterra intensificó la tendencia. La escritora Mary Evelyn satirizó en su obra póstuma la moda de las “mouches”, término francés para estos parches, considerada en gran medida una práctica afrancesada y reservada a los ambientes urbanos y sofisticados.
Con el tiempo, la percepción del parche facial estuvo marcada por cuestiones de género y clase social. Las críticas iban dirigidas especialmente a las mujeres, quienes eran acusadas de superficiales por querer generar un efecto seducción. Pero, por su parte, las élites perfeccionaban el ritual de portar parches como símbolo de refinamiento.
Ya en el siglo XXI, la dinámica social persiste bajo otras formas. Como analiza la fuente, el uso de parches para el acné visibles sigue generando juicios y comentarios en redes sociales, reflejando la vigencia de los estigmas y la vigilancia sobre la imagen personal.
Los parches modernos incluyen desde modelos transparentes hasta motivos coloridos, pero siguen mezclando funcionalidad médica y expresión estética.
El desarrollo y aceptación de los parches faciales representa un ejemplo de cómo los objetos de la vida diaria pueden convertirse en símbolos de cambio social, salud y moda. El futuro de estas “pegatinas” podría consolidarlas, una vez más, como emblemas clave de la interacción entre imagen, bienestar y cultura digital.
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