
La proximidad de fin de año (incluido programar las vacaciones) provoca muchas reacciones, menos indiferencia. Hasta el más escéptico o el incrédulo está demostrando que algo, en más o en menos, lo perturba.
Por supuesto que entre estas reacciones existe la espera ansiosa y disfrutable, sobre todo en aquellas familias que tienen en claro cómo es el modo de interacción entre las partes y no existen sorpresas dignas de ser tenidas en cuenta para los siguientes encuentros.
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Sin embargo, la conciencia de situación y la tolerancia a toda prueba penden de un hilo muy débil. La tradición familiar pesa por sobre todas las cosas e influye en los ánimos de las parejas que tienen que decidir (“léase negociar”) la asistencia perfecta para no dar lugar a reclamos o quejas de parte de las familias de origen. Muchas veces, la obligación de asistir a estos eventos es más importante que el deseo de participar.
Problemas con los hijos por Navidad

Para las parejas que no tienen hijos la decisión suele ser más sencilla: “Para Navidad, vos andá con tu familia, yo con la mía, después nos encontramos”. En cambio, cuando existen hijos se ponen en juego otras cuestiones que dejan al vínculo de pareja de lado para decidir según parámetros familiares. En este caso, la opción suele ser “una fiesta con tu familia y la otra con la mía”. Sin embargo, la participación más activa de los pequeños en vida la vida familiar conlleva a tomar decisiones según sus afinidades con los parientes cercanos (abuelos, primos, tíos, etc.).
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Los hijos, a medida que van creciendo quieren tener “voz y voto” en la decisión de familiar. Y quieren ser escuchados. Muchas veces la buena predisposición para asistir a la reunión de Navidad depende del acuerdo con los hijos. La discusión previa, la cara de malestar de los infantes altera de antemano lo que va venir.
Otro tema son los divorcios y las familias ensambladas tironeadas de un lado y del otro tratando de lograr un grado de equidad para dejar conformes a ambas partes. Frente a este panorama de situación pareciera que la obligación de cumplir, aun con mala cara, esperando que den las doce y huir raudamente, sigue ganando. Cuán difícil se hace decidir pasarla con quien se desea y se quiere.
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Peleas en la mesa navideña

Ya reunidos sobrevienen casi en forma inevitable los temas clásicos de toda mesa navideña. Por supuesto que cada temática será juzgada previamente por los demás según quien la desarrolle. No es el tema en cuestión, es la persona que habla. En cada familia se establecen roles que están signados por la participación de cada miembro en el contexto global de la familia. Esos roles son fluctuantes y dependen de cómo ha sido su intervención en el grupo a lo largo del tiempo, más allá de ese momento puntual.
Están los que quieren ser el centro de atención, los “jodones” (algunos medidos y otros más osados); los intelectuales; los que se “mandan la parte”; los solitarios, los indiferentes, los hipocondríacos, los amables, los avaros, los fanáticos, los simpáticos, etc.
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Las contiendas políticas y futbolísticas entrecruzan desde miradas de acuerdo y desacuerdo hasta violencia de palabra y hasta de hecho. Algunos se preparan antes de asistir repitiendo mentalmente consignas para no confrontar: “si fulano habla de política me callo”; “no le voy a preguntar por el auto nuevo porque se va a mandar la parte”; “si se hace el olvidadizo y no pone la plata del regalo, yo se lo recuerdo”; “tengo que hacer como que el futbol no me interesa”, “si fulano se pone pesado, nos vamos”.

Es habitual que en estas reuniones los hombres y las mujeres formen grupos separados, cada uno con sus temáticas, como si la equidad de género no hubiera llegado a esos espacios. En estas fiestas seguramente surgirán temas asociados al feminismo y a los movimientos de mujeres que denuncian abusos y otras formas de violencia machista, por lo tanto es posible que existan voces a favor y en contra.
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En estas reuniones de Navidad es muy frecuente que se recreen las estructuras típicas del patriarcado: la mujer que prepara la mesa, lava los platos, cuida de los hijos, mientras los hombres descansan cómodamente o discuten dando por naturalizada esa división de actividades.
Tantas cosas suceden en ese corto espacio de tiempo donde pareciera que el tiempo se detiene para mostrar la escena de una película conocida que se repite en miles de hogares.
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Navidades con celos

Una mirada, un gesto, una broma, un charla con algún miembro de la familia o amigos, puede disparar los celos. Así como existen roles que se repiten, la sospecha de que algo ocurre entre personas allegadas ocupa un lugar a la mesa navideña. En algunos casos, existen datos fehacientes de que algo pasa o pasó en algún momento, lo cual lleva a estar atentos y con un nivel de suspicacia muy alto.
Los likes en fotos y comentarios “sospechosos” en las redes preparan el terreno para el conflicto. Por lo general, las reacciones de celos hacen eclosión en ese momento, ante la mirada de todos (a veces potenciadas bajo el efecto del alcohol). Revelar y encender la mecha del conflicto en forma inesperada es una conducta que sirve de válvula de escape a las tensiones familiares además del conflicto de pareja.
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Peleas durante las vacaciones

En las vacaciones las rivalidades ocultas salen a la luz o se incrementan. Los divorcios o separaciones controvertidas encuentran en este momento la ocasión de hacer valer el poder de cada uno en una escalada que deja a los hijos en el medio de la contienda: “no te firmo la salida del país de los chicos”; “vos siempre decidís la fecha sin consultarme”; “no hay ajuste de la cuota alimentaria, no hay vacaciones”; “no quiero que mis hijos se vayan de vacaciones con tu familia”.
En muchos casos, las separaciones de hecho, con divorcio vincular y de bienes, no resuelven las oposiciones de fondo, por el contario, las exacerban.
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Las buenas intenciones de solucionar los temas actuales se ven opacadas por las dificultades en la comunicación y la incapacidad para acordar pensando en el bienestar de los hijos. Y aunque exista luego un acuerdo, el desgaste provocado en la contienda tendrá influencia en el mundo subjetivo de los hijos.

La dificultad para separar los hechos ocurridos en el pasado con los actuales pone en evidencia que el criterio de realidad es deficiente y no cuenta con los recursos de afrontamiento para encarar el problema con más objetividad y cuidado.
En el espacio terapéutico, los argumentos que sostienen la decisión de no ceder para que las vacaciones puedan concretarse en buenos términos, son indeclinables y en muchos casos dan lugar a mediaciones judiciales. Cada uno está centrado en su propia necesidad y la defiende a ultranza.
Entiendo que en muchos casos las desavenencias que llevaron a la separación fueron graves, pero un atisbo de acuerdo para contribuir al bienestar de los hijos debería ser lo esperable. Acordar sin discusiones no es un acto de debilidad ni desmerece la postura que cada uno tiene, por el contrario, enaltece a las partes por su capacidad para resolver las situaciones que se presentan.
*El doctor Walter Ghedin (MN 74.794) es médico psiquiatra y sexólogo
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