La escena de una huerta urbana en Buenos Aires durante el invierno revela una paleta de verdes que no solo seduce la vista, también ofrece una oportunidad única para experimentar con sabores y texturas poco habituales en la verdulería tradicional.

La paisajista y jardinera Clara Billoch conversó con Infobae Deco y destacó el valor de incorporar especies menos convencionales, como la mostaza de hoja, que aporta un matiz picante y sorprendente a las ensaladas. “Nada más lindo que tener una ensalada llena de verdes de diferentes colores, texturas, sabor”, afirma, subrayando la riqueza sensorial que puede ofrecer una huerta bien planificada.
La especialista explica que el clima de Buenos Aires durante el invierno resulta especialmente favorable para el cultivo de hortalizas de hoja.

El frío actúa como un aliado, ya que reduce la presencia de plagas y enfermedades, lo que permite obtener plantas más sanas y vigorosas. Según Billoch, la lógica de la naturaleza indica que en invierno las plantas no florecen, lo que resulta ideal para aquellas especies cuyo valor reside en el consumo de sus hojas, como la lechuga, la rúcula, la acelga y la espinaca: “El frío no las mata ni mucho menos. Hace que crezcan sanas y bien”, señala, y añade que la menor cantidad de horas de luz evita que las plantas tiendan a florecer prematuramente, lo que preserva la calidad de las hojas.
La planificación de la huerta requiere comprender los ciclos de siembra y cosecha. Para los cultivos de invierno, la preparación y siembra deben iniciarse en otoño, cuando las temperaturas aún permiten una buena germinación.
Una vez establecidas, estas plantas toleran sin dificultad las heladas y las bajas temperaturas. La especialista recomienda realizar siembras escalonadas, especialmente en el caso de la lechuga y la rúcula, para asegurar una provisión continua de hojas frescas.

“Lo mejor es ir haciendo como una siembra escalonada. Cosa de tener ahora esta, te la consumís, después, dentro de un mes, tener otra y así”, explica, lo que permite evitar el desperdicio y maximizar el aprovechamiento del espacio disponible.
El diseño de la huerta también influye en el éxito del cultivo. La jardinera sugiere el uso de cajones elevados, que facilitan el control sobre el sustrato y garantizan un drenaje adecuado, condición fundamental para evitar el encharcamiento y el deterioro de las raíces.

“A las plantas les gusta mucho que el suelo no acumule agua. Entonces, hacer un cajón elevado te garantiza que vas a tener ese drenaje libre siempre”, detalla. Además, la protección física de la huerta resulta esencial: mallas o coberturas pueden impedir el acceso de gatos y aves, mientras que un plástico puede resguardar las plantas de lluvias intensas o heladas extremas.

La elección de especies para una huerta pequeña debe priorizar aquellas que se consumen frescas y cuya calidad se aprecia mejor recién cosechadas. La especialista desaconseja destinar espacio a cultivos como la zanahoria o la papa, que pueden almacenarse durante semanas sin perder sabor, y recomienda centrarse en hojas verdes y aromáticas.

“Para mí lo más interesante en la huerta, en el consumo diario, es todo lo que es de hoja y lo que vale la pena cosecharlo”, afirma, y resalta la facilidad de cultivo y el valor culinario de especies como la lechuga, la rúcula, la espinaca y el puerro, así como de hierbas aromáticas como el tomillo.

La diversidad de especies disponibles en los viveros permite experimentar con variedades poco comunes, como el kale o la mostaza de hoja, que aportan sabores y propiedades distintas a las preparaciones cotidianas. “La mostaza es una lechuga que es picante, que es supersabrosa”, describe, y anima a quienes cultivan su propia huerta a incorporar estas opciones para enriquecer la dieta y descubrir nuevos matices gastronómicos.

El manejo escalonado de la siembra y la selección cuidadosa de especies adaptadas al clima invernal permiten que incluso una huerta de dimensiones reducidas proporcione una fuente constante de alimentos frescos y nutritivos.

La especialista concluye que la clave está en “plantar lo que consumimos fresco”, evitando ocupar espacio con cultivos que no aportan un valor diferencial cuando se cosechan en casa.
La experiencia de cultivar y cosechar variedades poco habituales, junto con la posibilidad de disfrutar de hojas recién cortadas, transforma la huerta urbana en un espacio de experimentación y placer cotidiano.
Fotos y Video: Belén Altieri - IWoKFilms
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