
Un dolor agudo al morder un helado o beber agua fría es una experiencia común para muchas personas. Lo que pocos imaginan es que esta molestia, conocida como sensibilidad dental, podría tener raíces en mecanismos evolutivos desarrollados por peces prehistóricos hace más de 400 millones de años.
Así lo indica una investigación de la Universidad de Chicago, difundida por National Geographic, que vincula la evolución de la dentina en antiguos animales marinos con la persistencia de esta condición en los humanos actuales.
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La sensibilidad dental: un problema de origen evolutivo
De acuerdo con un estudio publicado en la revista del Ilustre Consejo General de Colegios de Odontólogos y Estomatólogos de España, “entre el 9 y el 30 % de la población adulta padece de hipersensibilidad", la cual es “más frecuente encontrarla en los caninos (25%) y luego en los premolares (24%)”.
Lo cierto es que, aunque el dolor suele durar solo unos segundos, puede transformar el placer de consumir productos fríos en una experiencia desagradable. Esta condición no solo implica un problema de salud bucal, sino que también refleja una herencia biológica relacionada con la estructura evolutiva de los dientes.
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La sensibilidad ocurre cuando la dentina, una capa interna del diente, queda expuesta. Esta exposición permite que los estímulos externos, como el frío o el calor, alcancen los nervios y provoquen dolor. Si bien las causas inmediatas incluyen el desgaste del esmalte, la caries o el bruxismo, el origen más primitivo se encuentra en una estrategia evolutiva surgida durante la era de los peces acorazados.
Un legado de los peces prehistóricos

De acuerdo con la publicación en la revista Nature, hace unos 465 millones de años, algunos peces desarrollaron una cobertura corporal compuesta por dentina, un tejido que ofrece una dureza comparable a la calcita o al cobre (nivel 3 a 4 en la escala de Mohs). Esta estructura les brindaba protección, pero también comprometía su capacidad sensorial.
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Para compensarlo, estos animales incorporaron odontoides dérmicos: órganos con túbulos capaces de detectar cambios de temperatura, presión y dolor. Estos sistemas de alerta temprana resultaron esenciales para la supervivencia, y su funcionalidad se mantuvo en el tiempo. En los humanos, esta conexión permanece vigente y se manifiesta cuando la dentina queda expuesta.
A lo largo de la evolución, la dentina fue recubierta por una capa más resistente: el esmalte dental, cuya dureza alcanza el nivel 5 en la escala de Mohs, similar al vidrio. Esta cobertura permitió una mejor adaptación alimentaria y redujo la sensibilidad dental. No obstante, el esmalte no es invulnerable. Con el tiempo, hábitos como el consumo de ácidos, una higiene deficiente o el bruxismo pueden desgastarlo y reactivar el dolor.
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Cómo prevenir la sensibilidad dental

National Geographic recoge diversas recomendaciones de especialistas para prevenir y tratar la sensibilidad dental. Entre ellas se incluyen:
- Cepillarse los dientes tres veces al día durante dos minutos.
- Utilizar hilo dental o dispositivos interdentales.
- Reducir el consumo de azúcar para evitar caries.
- Evitar alimentos y bebidas ácidas.
- Tratar el bruxismo de forma precoz.
- Realizar controles periódicos con profesionales odontológicos.
En casos donde la sensibilidad ya está presente, se sugiere el uso de pastas dentales con flúor y otros tratamientos tópicos para reforzar el esmalte. Los dentistas también pueden aplicar procedimientos específicos para proteger la dentina expuesta y reducir el dolor.
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De Anatolepsis a Eriptychius: las pistas fósiles de la sensibilidad dental

El equipo liderado por la doctora Yara Haridy, de la Universidad de Chicago, examinó fósiles de más de 400 millones de años. Inicialmente, se pensó que el género Anatolepsis representaba al primer vertebrado acorazado con dentina. Sin embargo, el uso de tomografías con luz de sincrotrón reveló que las supuestas estructuras dentales eran en realidad sensilla, órganos similares presentes en cangrejos actuales. Además, se identificó que era un artrópodo, no un vertebrado, lo que modificó radicalmente las hipótesis originales.
La atención se centró entonces en Eriptychius, un género con restos de armadura cartilaginosa e incrustaciones de dentina. Estas estructuras habrían cumplido funciones sensoriales similares a las que hoy producen sensibilidad dental en humanos.
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“Demostramos que algunos de estos fósiles que se consideraban vertebrados primitivos, en realidad no lo eran. Por tanto, no hemos hallado el primer vertebrado, pero sí algo mucho más interesante”, explicó Haridy. La investigadora destacó que, aunque el hallazgo no confirmó al primer vertebrado, sí permitió comprender mejor cómo la evolución de la dentina moldeó nuestra relación con el entorno.
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