
Las palabras crean realidades, respaldan una forma de ver la vida y el mundo que nos rodea y cómo las personas reaccionan. Por eso, hablar de capacidades diferentes, dificultades, limitaciones describe a toda las personas. “Es un angelito”, suelen afirmar muchas personas cuando se encuentran con un niño o una niña con discapacidad, asumiendo una supuesta bondad y niñez eterna que descree de su autonomía, independencia y hasta de sexualidad.
Lo cierto es que esta expresión, desde la buena voluntad, reproduce un imaginario que no tiene nada que ver con la realidad de la discapacidad. Claro, los niños deben pedir permiso, no consumen por su cuenta, no salen solos y definitivamente no tienen relaciones sexuales.

Es así como generalmente imaginamos a las personas con discapacidad: dependientes, asexuadas, vulnerables y débiles. Sin embargo, esta es una perspectiva que lejos de encaminarnos hacia una plena inclusión e igualdad de oportunidades, atrasa y perpetúa aún más los tantos prejuicios instalados en torno a las personas con discapacidad.
Es así que la infantilización de la discapacidad tiene que ver con una lógica centrada en la falla que percibe a cualquier persona con discapacidad como incompleta, vacía de necesidades, deseos y anhelos e incapaz de tomar decisiones.

Parecería que no cumplir con ciertos parámetros de normalidad establecidos es suficiente para no poder pertenecer a los diferentes ámbitos de la sociedad. Una adultez ignorada, derechos vulnerados en el ámbito de la salud sexual y reproductiva como ser el derecho a la maternidad, las decisiones sobre los cuerpos sin consultar, así como la falta de accesibilidad y de acceso al trabajo y a la educación, son solamente algunos de los resultados de un modelo que aún percibe a las personas con discapacidad desde el asistencialismo. Un ejemplo claro de esto es lo poco que vemos en nuestro día a día a madres con discapacidad o bien a personas con discapacidad graduándose, trabajando y hasta circulando por la calle. La autonomía: una asignatura pendiente.

Este evidente exceso de “protección” hacia la persona con discapacidad genera múltiples resultados principalmente ser pensada como sujeto sin posibilidades de independencia, una generalidad que dista mucho de la realidad. Entonces, en el ámbito de la salud (y especialmente la salud sexual y reproductiva) son muchos los centros que no cuentan con accesibilidad o apoyos o bien existen profesionales que descreen de las decisiones que toman muchas personas con discapacidad, como por ejemplo, formar una familia, tener pareja. La sexualidad y discapacidad es aún hoy un tabú difícil de erradicar en tanto la infantilización viene a instaurar un imaginario en el que la persona con discapacidad es asexuada.

Por otro lado, las palabras no son casuales. La restricción de la autonomía e independencia de las personas con discapacidad se encuentra presente también en el trato cuando nos referimos a través de diminutivos como “cieguito”, “sordito” e incluso en diferentes patrones de comportamiento, el más claro es cuando se le impone la ayuda a la persona con discapacidad y no se le pregunta si la necesita.
Muchas veces, y hasta desde las propias familias, se suele ocultar información, anular sus necesidades o no adaptar los contenidos lo cual genera desconocimiento de las personas con discapacidad sobre diversos temas como la violencia de género.

Concebir a las personas con discapacidad como clientes/as y compradores/as también forma parte del camino que necesitamos recorrer para naturalizar la discapacidad y comprender al colectivo como potenciales consumidores y autónomos a la hora de adquirir un producto o servicio.
Es así que corrernos de la infantilización de la discapacidad invita a ampliar la oferta y readecuar los procesos. Debemos pensar en la adultez de las personas con discapacidad. Salir de una construcción social y un imaginario que considera a las personas con discapacidad como seres que siempre dependerán de las personas “normales” no puede ser sino una perspectiva vacía, anclada en prejuicios y alejada de la diversidad a la cual queremos apostar.
Una sociedad inclusiva que involucra a todas las personas pero sobre todo que cree en su poder para tomar sus propias decisiones.

La Licenciada Daniela Aza es influencer en temas de discapacidad e inclusión. @shinebrightamc
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