
En promedio, la gente pasa el 90% de sus vidas en interiores, y durante los 9 meses transcurridos desde el inicio de los confinamientos en todo el mundo, este fenómeno se ha sentido más real que nunca. Para muchos, la nueva realidad ha despertado un creciente deseo de estar al aire libre y de explorar un estilo de vida alejado de la jungla urbana, más cercano a la naturaleza. En forma creciente, se ve un flujo poblacional que escapa de las ciudades en búsqueda de una vida más satisfactoria.
Los argentinos no son una excepción. A partir de una encuesta realizada en redes sociales, el 96% manifestó que les gustaría vivir y trabajar en contacto con la naturaleza. ¿El principal obstáculo?: Cómo conseguir los recursos económicos para lograrlo y sostenerlo. ¨La economía, el trabajo estable, difícil conseguir ese tipo de trabajo, no saber cómo arrancar, me limitó la economía¨, algunas de las respuestas más frecuentes.
Agustina Echegoyen, Ailin Bisi y Martina Álvarez son 3 ejemplos de que se puede pensar en otra vida. Así lo muestran sus historias de vida y los motivos por el cual decidieron dejar todo y darle un giro radical a su vida. “Durante los años que viví en Londres, mucho tiempo estuve sumergida en una presión por la perfección de la cual no era consciente. En ese momento de mi vida no estaba en contacto con mis emociones o mi cuerpo, solo me importaba tener linda ropa, verme espléndida y sonreír. Pero dentro de esa perfección y ‘mundo color de rosa’, algo empezaba a incomodarme. Todo parecía ir bastante bien hasta el momento. Había alcanzado una suerte de felicidad estable y placentera pero nada nunca permanece quieto, inmutable, sin cambio. Ahora lo sé”, comenzó a narrar Echegoyen.

“Hasta que un día, recibí una llamada telefónica de mi papá; me decía que tenía que volver a Argentina porque mi mamá estaba muy enferma. No, eso no podía estar pasando, no mi mamá, no mi Irene. Si existía en este mundo una persona con una espiritualidad trabajada y pura, esa era mi mamá. Maestra de reiki, terapeuta transpersonal, coordinadora de constelaciones familiares y un ser único, esa era mi mamá. ¿Por qué a ella?, pensé. ¿Por qué alguien que podía pensar en todos y sentir empáticamente el dolor de los otros podía enfermar? ¿Por qué la muerte la elegía a ella que había dedicado gran parte de su vida a curar el alma de los demás? Nada tenía sentido o al menos uno que pudiera entender sin enojarme. Tomé el primer vuelo de la mañana. Era una autómata”, continuó.
Agustina cuenta que llegó a Mar del Plata, a Sierra de los Padres, donde su madre vivía. “No entendía nada. Mi vida estaba entregada a ella y a mi trabajo porque mientras esto ocurría, no sé por qué yo seguía sosteniendo ese otro mundo. Cuando atravesamos estas situaciones de vida se produce ese raro cruce en el que las cosas cotidianas comienzan a ser extrañas y lo singular se hace cotidiano. La enfermedad de mi mamá era lo único que estaba pasando. No entendía lo que estaba pasando, me sentía sola y empecé a sentir, a distinguir con alguna claridad, que estaba viviendo muy desconectada de mí misma, de mi ser”, reflexionó acongojada.
“Este fue el principio de mi cambio. En ese momento central de mi vida me replanteé el desafío de vivir de una manera más consciente. Al ver cómo la vida puede terminar tan rápido y que nuestro tiempo es tan único como valioso, me preguntaba si estaba haciendo lo que realmente me hacía feliz, si estaba ayudando a alguien, si me estaba cuidando, escuchando, si me quería a mí, si realmente mi trabajo era lo más importante. A las pocas semanas de su partida decidí renunciar a mi trabajo para cumplir el sueño que tenía con ella desde hacía mucho tiempo: conocer Bali”, contó Agustina.

Así es como nació la comunidad “Mujeres Conscientes”, se trata de un movimiento que empodera a las mujeres vinculadas con el yoga, hábitos saludables, el surf y stand up paddle. Agustina explicó que antes de la pandemia organizaba retiros en diferentes lugares del mundo como, por ejemplo, Costa Rica, Uruguay, Sierra de los Padres, Bali, entre otros. “Obviamente que debido a este nuevo contexto mundial me vi obligada a volcarme a plataformas digitales y así empecé a ofrecer Workshops, Talleres, Mentorías, clases online…. Desarrollé nuestra página web y la comunidad Mujeres Conscientes, bajo un sistema de membresía, creció muchísimo siendo nuestro lugar de encuentro en tiempos de pandemia en donde además de practicar yoga juntas, hacer clínicas de asanas, también tenemos coaching grupal y charlas de mujeres inspiradoras”, manifestó.
Para Echegoyen, en los retiros presenciales se genera una red de contención que es difícil de explicar hasta que participas y formas parte de eso. “Son encuentros de conciencia pensados para la mujer actual en donde combinamos prácticas de yoga con sesiones de coaching grupales. A partir de mi propia exploración y experiencias personales, ejercicios y consejos prácticos, les propongo un camino de reconexión con su esencia; y al mismo tiempo activar con el propio poder y la forma de ver y conectarse con el mundo. El objetivo es trabajar abordar la versatilidad de la mujer plena; la relación femenina en diferentes ámbitos como las relaciones, el consumo, la alimentación, el trabajo, las emociones y hasta la consciencia con el momento, entre otras temáticas”, prosiguió.
“Cada día me sorprendo más con la participación de la gente…por suerte ahora podemos retomar algunos retiros presenciales y en enero volvemos a Costa Rica. Y esa fecha ya está Sold Out -agotado- así que sumé dos fechas más para marzo, de las cuales una ya está completa. La verdad es que me da mucha felicidad poder acompañar a otras mujeres a encontrar el propio poder en su condición femenina, que poco a poco cada mujer haga valer su fuerza”, adelantó.

Inspirados en la historia de Agustina y de miles de personas que deciden patear el tablero y buscar nuevos caminos es que Cerveza Corona creó el Free Range Fund, un fondo que en Argentina será de 2 millones de pesos, para ayudar a financiar aquellos proyectos que la marca seleccione.
Ailin Bisi, por su parte, también contó su vivencia: “Hace más de 15 años que juego en el mundo de la creatividad, la dirección de arte, vestuario de piezas únicas, todas envuelven lo mismo para mí: hablar a través de una creación”.
“Arranqué a los 19 con mi marca de ropa en Palermo, me fui a vivir a Nueva York porque Opening Ceremony estaba vendiendo mis diseños allá, en Londres y Taiwán. Cada vez que podía viajaba para surfear y sumergirme en la naturaleza, volvía a Buenos Aires súper cargada para atender a las personas en mi local, hacía otro vestido de novia, me bordaba unas piedras de cuarzo, y ese mismo día que entregaba me iba a Mendoza a andar en moto con amigas”, continuó.
La necesidad imperiosa de vivir rodeada de verde fue fuerte. “Queríamos vivir en la naturaleza, no había ya ninguna duda, pero yo también quería seguir siendo esto que soy, un ser creativo, que habla a través de sus creaciones. Así fue que llenos de preguntas acerca de cómo lo íbamos a hacer, arrancamos por lo primero; devolvimos nuestra casa, llené el garage de lo de mis viejos con cajas, nos quedamos con lo básico y compramos un bus escolar de 20 metros cuadrados funcionando perfecto para convertirlo en nuestra casa”, explicó Ailin.

“Contra viento y marea, desoyendo lo que deberíamos ser y sin un mango, empezamos a conectar con lo que verdaderamente queremos ser. Y sobre todo a creer en nosotros, sin miedos a quedarnos sin, sin miedo a fracasar. Teníamos todo lo que necesitábamos, nuestra creatividad y nuestras manos Durante la cuarentena pudimos convertir ese bus en nuestra cabaña de madera con ruedas, Ajna la llamamos (tercer ojo), nos habíamos convertido en carpinteros profesionales, nunca en mi vida me imaginé que podía hacer un placard o un baño seco, arme un sector especialmente dedicado a seguir creando, Con telas, herramientas y también mi máquina de coser. Tenía mi taller sobre ruedas. Para el frío le sumamos una salamandra enorme con un hornito porque pensábamos seguir cocinando. ¿En qué terminaría esto? ¿en un restaurant itinerante? ¿ en un taller rodante?”, recordó Bisi.
La primer parada fue Chapadmalal. El año pasado abrieron un restaurant, Atlántico Sur, que dicen “fue un éxito”, y este año doblaron la apuesta: “Estamos por abrir otro pero de 250 m2 sobre la playa en la que surfeamos habitualmente, Luna Roja. Para nosotros es un sueño. Vivimos entre campo y mar, estacionamos el bondi frente al mar si es verano y en el campo si es invierno. Realmente estoy en mi mejor versión. Una que funde la creatividad con la naturaleza. Y sólo pude comprobarlo arriesgándome y confiando en mí. Nunca supe que se me iban a abrir tantas puertas, el puente se fue formando con cada paso que dimos. Y ahora siento que no hay límites, que podemos hacerlo en cualquier lugar que queramos, sólo tenemos que prender el motor de AJNA y creer mucho en nosotros mismos. Porque creamos lo que creemos”.
Martina Álvarez, periodista ambiental, ecologista y buceadora profesional, también tomó la determinación de hacer un “borrón y cuenta nueva”. Le gusta decir que trabaja para el mar, protegiéndolo y dándolo a conocer, con mis notas, mis proyectos y con el buceo, llevando a la gente al fondo del océano. “Estoy enamorada del mar, especialmente de explorar su naturaleza alrededor del mundo. Disfruto de contemplar la vida marina en cada una de mis inmersiones. Desde que descubrí esta pasión, viajo, trabajo y ahorro para poder observarlo bien de cerca”, afirma.
Pero no siempre el contexto fue como es ahora. “Mi vida no siempre fue así, nací en la ciudad en Buenos Aires, y estudié comunicación social, trabajé en marketing de modas, un año, pero no me terminaba de gustar. Me parecía un poco superficial y a mi me gustaba escribir. Ahorré durante ese año y destiné todo lo que junté para viajar a Australia. No había viajado mucho antes, solamente a Uruguay para pasar algún verano en lo de una amiga, pero sabía que necesitaba un cambio”, puntalizó Álvarez.
“Elegí Australia porque estaba rodeado de mar en el mapa, y siempre tuve el sueño de vivir al lado del mar. Ese viaje me cambió la vida, me hizo descubrir que me gusta la vida simple y en conexión con la naturaleza. Más pasaban mis años como viajera más me enamoraba del mar y la belleza de este planeta. Cambié definitivamente la cartera por la mochila y dejé los zapatos para vivir en patas para siempre”, relató.

Ese fue el punto de inflexión para Martina: “Desde ahí el mar se transformó oficialmente en mi brújula. Empecé a estudiarlo y aprenderlo lo mejor que pude, viaje por lugares como México, Hawai, Tailandia, Nicaragua, Indonesia, Panamá, etc. Siempre buscando conocer un poquito más de su magia”.
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