
El hecho: el descubrimiento del océano Pacífico.
El hombre: Vasco Núñez de Balboa.
Retrocedamos a septiembre de 1513, -veintidós años después del descubrimiento de América- que fue un acontecimiento que hizo más grande nuestro planeta. Pero faltaba descubrir todavía un mar. Ese mar lo habían buscado en vano Colón y otros célebres navegantes.
Núñez de Balboa, un capitán español, que estaba recorriendo las nuevas tierras, obtuvo el informe de un cacique, quien le manifestaba que en pocos días de marcha por tierra, podría llegarse, partiendo de la costa del océano Atlántico hasta ese nuevo mar tan buscado.
Su instinto, le indicaba a Balboa que el informe de ese Cacique era real.
Pidió voluntarios para la empresa. Les prometió fama y fortuna.
Ciento noventa valientes lo acompañarían.
Partieron de la costa de lo que hoy es Panamá.
Ignoraban estos hombres que deberían recorrer por tierra unos 60 ó 70 Km. Tendrían que buscar la parte más angosta de la actual América Central, el hoy llamado istmo de Panamá.

Salieron un 6 de septiembre de 1513, armados con lanzas, espadas y arcabuces.
Llevaban como guías y acarreadores a 50 indios.
Bajo el calor sofocante de esta zona ecuatorial se veía a los españoles atravesando parajes de suelo pantanoso.
Desde el primer momento se habrían de abrir paso con hachas y cuchillos, por entre la impenetrable y venenosa selva de lianas.
Iban hombre tras hombre, en interminable hilera, siempre arma al brazo, día y noche alertas para defenderse de cualquier agresión de los nativos.
Así avanzaba el ejército de los conquistadores.
El calor resultaba sofocante en la húmeda penumbra de la gigantesca arboleda.
Había momentos en que no disponían los españoles ni de un puñado de maíz que llevarse a la boca.

Pasaban las noches en vela, a veces hambrientos, torturados por la sed, bajo enjambres de insectos que los torturaban.
Hubo momentos en que les parecía ser, los únicos habitantes de la tierra. Pero Balboa les había insuflado la convicción de que “era mejor morir por algo que vivir por nada”.
Al cabo de una semana de marcha, una parte de los expedicionarios no pudo ya resistir. Núñez de Balboa, entonces, ordenó que no siguieran los enfermos de fiebre y los que se sentían agotados.
Él quería intentar la aventura decisiva con sus seguidores más vigorosos.
Al fin empezó a elevarse el terreno. La selva se iba aclarando lentamente y en cortas jornadas lograron los expedicionarios ir ascendiendo por las laderas de la cordillera, que se alzaba semejante a un monolito entre los dos mares. Paulatinamente el horizonte se amplió tras ellos. El aire ya refrescaba por la noche.
Tras dieciocho días de esfuerzos heroicos, ante ellos tenían ya la cresta de la montaña, desde cuya cima, según aseguraban los guías indios, se podían divisar ambos océanos: el Atlántico, conocido y familiar, y el mar desconocido.

Hacia las diez de la mañana del 25 de septiembre de 1513, se encontraban muy cerca de la cumbre.
Solo faltaba trepar hasta una pequeña cima y la vista se extendería hasta el infinito.
En aquel instante, Balboa lanzó la voz de “alto”; ¡nadie debía seguirle!.
Quería ser exclusivamente él, el primer europeo, el primer español, el primer hombre de raza blanca, que después de atravesar el Atlántico, contemplase el otro inmenso mar.
Subió lentamente y ya en la cumbre se abrió ante sus ojos un inmenso panorama. Distinguió nítidamente, una inmensa y brillante superficie de metálicos reflejos: ¡el mar, el nuevo mar, el legendario mar, cuyas aguas bañaban las costas de América, de China, de la India!.

Y Vasco Nuñez de Balboa lo contempló conmovido, pero lleno de orgullo y satisfacción, consciente de la gloria que acababa de conseguir.
Intuía que el “resplandor de ese momento iluminaría para siempre su existencia”.
Recién entonces llamó a sus hombres. Un escribano confeccionó solemnemente el acta de posesión para España del Mar del Sur, como Balboa denominó al futuro océano Pacífico.
Había un silencio impresionante en ese momento que era supremo y que todos sabían supremo.
Había triunfado con Nuñez de Balboa no sólo su visión, sino su inclaudicable voluntad, que aunque a veces no otorgue el éxito, siempre lo acerca. Porque para crear hay que creer.
Y este verdadero triunfo del tesón inspiró en mi mente este aforismo:
“Iniciar un camino es acercarse al final”.
(*) El autor, José Narosky, es un escribano y escritor argentino, reconocido por sus célebres aforismos. Escribió más de 17 mil, de los cuales solo publicó 3 mil.
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