Hace ya muchos años quien esto escribe residía con sus padres. Con dos amigos fuimos a ver una película, era francesa, no recuerdo el título pero si el nombre de un protagonista: Michele Simón, ese corpulento actor francés, de gran personalidad, fallecido hace ya tiempo.
Lo que no he podido olvidar es el argumento de esa película. Tres chicos, casi adolescentes de 13 o 14 años, emprenden un domingo de primavera una excursión campestre. Ellos vivían en una ciudad pequeña del sur de Francia. En las afueras de la misma comenzaba un inmenso bosque. Pescar era uno de los propósitos del paseo ya que en esa zona había un brazo de un río, sobre el cual los jóvenes tenían escasa información.
Poco a poco se iban internando en la intrincada espesura del bosque, sin poder dar con el curso de agua. Sin notarlo fueron pasando las horas. Creían y se decían entre ellos que estaban regresando, pero finalmente se dieron cuenta que estaban extraviados cuando ya comenzaba la oscuridad de la noche.
Los padres de los chicos ya habían comenzado a preocuparse pasando del temor a la angustia. La preocupación se desató como una alarma en el pueblo. Hasta aquí la situación aunque no idéntica, la podríamos haber visto en otras películas pero hay un detalle que quedará grabado en mi retina y en mi mente
Los tres chicos pertenecían a distintas convicciones religiosas uno era cristiano, el otro judío y el otro tercero de origen árabe/musulmán. Ellos, tenían una cordial relación no así sus padres que teñidos de prejuicios, no tenían siquiera relación alguna entre ellos.
Había entre los adultos una antipatía bastante manifesta sólo dada por la diferencia religiosa. Cada uno de esos padres ignoraba que las normas éticas que servían de base a las tres grandes religiones-el cristianismo, el Islamismo y el judaísmo-Son prácticamente idénticas.

Pero vamos a la película. Cuando los chicos se dieron cuenta que estaban extraviados y en problemas, habían formado un solo bloque espiritual. Se intercambiaban los alimentos y todo aquello que pudiera ser útil al otro para que rezara a su manera. Mientras tanto no era ese el ejemplo de los padres adultos que aún en esta contingencia de la desaparición de los chicos, no habían abandonado sus artificiales diferencias. Estaban olvidando que cuando la religión separa a los hombres, estos, se alejan de Dios.
Mientras que entre los chicos, aterrados por la oscuridad y el temor, se ofrecían recíproco consuelo, los padres emprendieron la búsqueda por separado.
Cuando se encontraban en el bosque y los haces de luz de las linternas iluminaban sus rostros, casi no se miraban. Actuaban con su lógica, pero también con egoísmo, ocultando cada uno su propio dolor. Por qué si a todos nos doliese el dolor del prójimo, casi no habría dolor. Por qué el dolor compartido, se atenúa.
No recuerdo ya muchos detalles más de la citada película, pero si dos cosas: por supuesto el final feliz, que lo encuentro en los chicos, que fueron hallados transcurridos dos o tres días. Y lo más importante, El mensaje de amor y solidaridad que esos chicos dejaron a sus padres.
El director de la película, Julián Dudivier, quiso demostrar el valor del hombre en su calidad de tal independientemente de su color, raza o religión.Y que fueron muchas veces los mismos hombres quienes no pudieron interpretar las doctrinas siempre puras de sus respectivas religiones. La prueba irrefutable la tenemos con los precursores de las grandes religiones universales: Moises, Mahoma, Jesús.
Todos ellos buscaron la verdad, aún a costa de sus propias vidas. Eso enseñaron hace 3500 años Moisés, 2000 años Jesús y hace más de 500 años Mahoma, que el hombre debe ser hermano del hombre.
Moisés, por ejemplo, precursor de la religión hebrea, dejó a la humanidad toda, un extraordinario código de moral, con los 10 mandamientos.

Mahoma, impregnando a los pueblos árabes de esas normas de educación, que hizo de la cortesía una obligación, trayendo su aforismo tan profundo: “trata a tu amigo con amor y a tu enemigo con justicia”.
Y, Jesús: El tierno predicador que trato de superar el odio con la dulzura, la venganza con el perdón, la arrogancia con la humanidad.
No hay duda que si nos mirásemos a los ojos, no veríamos. Porque realmente alguna vez escribí: tantos siglos de civilización y ¿No aprendimos a abrazarnos? Y el hombre tendrá que ver a Dios a través del hombre. Y quise traer hoy el recuerdo de esta vieja y humana película que inspiró en mi este aforismo:
“Dios no es invisible. Los hombres somos ciegos”.
(*) El autor, José Narosky, es un escribano y escritor argentino, reconocido por sus célebres aforismos. Escribió más de 17 mil, de los cuales solo publicó 3 mil.
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