"Una de las razones por las cuales me gusta interpretar esta obra es porque siento que, de alguna manera, puedo reciclarme", dice Germán Palacios (54), que encuentra en su personaje un dolor vinculado a su propia historia de vida.

Lo que nos une habla de los vínculos y de cómo recomponerse a partir de un desencadenante drámatico como es la muerte de un hijo. "La resiliencia no es ni más ni menos que la aptitud humana para reconstruirse ante el dolor, ante las pérdidas, haciendo a un lado los modos más obvios que son deprimirse, suicidarse, dedicarse a las sustancias. Se ponen en juego otras capacidades, optimistas se diría, de reconstruirse", analiza el actor, quien comparte el escenario junto a Gabriela Toscano, Soledad Silveyra, Tomás Kirzner y Maida Andrenacci . "Estamos muy felices. Es una obra que ensayamos mucho tiempo, el director es muy aplicado y muy riguroso", dice Palacios sobre Carlos Rivas.

—¿En algún momento le dijiste: "No estaría aguantando más"?

—A vos te tocó reconstruirte, no de la pérdida de un hijo, pero sí de una pérdida terrible como es la de un hermano.

—Sí. Martín era mi hermano. Tenía 14 años. Después estaba mi hermano Javier, que tenía 13, yo tenía 9, y mi hermano más pequeño, Santiago, un año. Y obviamente, la historia de una familia es antes y después de un acontecimiento así. Lejos de toda melancolía me resultaba interesante saber que podía de alguna manera apelar a ese duelo personal.

—¿Buscaste algo de eso?

—En verdad no, pero digamos que hay algo de la genética y de mi cuerpo que lo conoce, que lo sabe.

—¿No te llevó a un momento de un dolor enorme como ese?

—Mi familia, mi mujer me protegió mucho. No me entristeció la obra, sino no la hubiese hecho. Fue algo que tuve muy en cuenta para poder hacerla sin enfermar. Actuar es un hecho lúdico, la obra es una obra que tiene humor, que si bien el acontecimiento es muy triste es una obra que está muy bien escrita donde el autor sabe y aconseja, dice por dónde no hay que ir, qué cosas no hay que hacer. La obra no tiene golpes bajos. Y habla de un cotidiano. Lo más difícil que tuvo para nosotros como intérpretes y para Rivas como director es que es un texto muy difícil de hacer, porque lo que te muestra es una aparente cotidianeidad en donde en apariencia no sucede nada y está todo eso por debajo, operando todo el tiempo.

—Cuando vi la obra pensé que si bien son situaciones completamente distintas, tu hermano tenía una enfermedad congénita; debe ser fuerte. Volviendo a lo que decías recién de la sinceridad como forma de ir por la vida, ¿te trajo muchos dolores de cabeza?

—No. La sinceridad o la verdad nunca es triste. Puede ser un poco cruel a veces y depende del ámbito en que se aplique. Pero yo creo que es el camino más corto para construirse. Por otro lado me parece que es como vos decís, es un modo de ser, un modo de sentir. Entonces yo lo único que fui es fiel a mi modo de sentir, y sí, para aprovechar un poco la grandeza de mi hermano Martín, que me dejó muchas cosas en el tiempo de intercambio que lo tuve como hermano mayor. La vida es corta, y cuando vos perdés un hermano siendo tan chiquito… a mí me pasó que me hice una persona independiente a los 9 años. Me di cuenta en mi infancia, y mi soledad, y mi tristeza, que el trayecto era corto. O sea, si yo perdía un hermano a los 9, mi mamá y mi papá perdían un hijo, la vida te ponía en un lugar en donde había que ordenar prioridades y demás. Siempre me manejé de esa manera, pero de un modo espontáneo digamos.

—Y eras muy chiquito, con papás que estaban viviendo un duelo terrible, además de tu propio duelo. ¿Les quedaba cabeza para sus otros tres hijos?

—Cuando vos me preguntás qué tenía que ver para mí la obra, tiene más que ver con la situación familiar que yo viví en relación a mis padres y a cómo seguir, que a mí, como hijo. En ese sentido tal vez sea un reciclaje. Mi mamá, con su instinto materno y una mujer taurina con mucho empuje y demás, tenía tres hijos más para criar. Para mi papá era más difícil, fue más difícil. Era un intelectual y un ser con menos apego a lo terrenal. No tenía ese instinto de madre. En el hombre es más cultural. Le costó mucho más. A un precio mucho más caro que mi madre, que tenía los otros críos, y que tiró del carro más con esa pulsión materna.

—Ese aprendizaje del que hablás, que la vida es muy corta y se puede terminar en cualquier momento, lo vamos adquiriendo. Y vamos poniendo en orden las prioridades. Pero a veces pareciera que nos olvidamos y perdemos el foco.

—Nos pasa. En la medida en que vos asumís eso y dialogás con eso, vas viendo. El asunto es que a veces por todos los condicionamientos externos y demás, no logramos tener ese diálogo personal tan importante para ver dónde uno se para frente a una realidad. Hoy se vive de una manera tan alocada, se impone saber primero quién es uno para ver qué tipo de respuestas uno puede dar, digamos.

—Y en la carrera, ¿te permitís elegir y decir que no cuando hay que decir que no?

—Sí. Yo no la llamo carrera, a mí me gusta verlo como un simple camino. Nunca fui a ningún lado, no corro ni compito, simplemente voy viendo qué es lo que es mejor,. Obviamente, a veces me equivoco, un poco más, un poco menos. No me he equivocado mucho…

—Si mirás para atrás, ¿hay cosas tuyas que veas y digas: "Dios mío, ¡cómo hice esto!"?

—Me arrepiento de muy pocas cosas, y muy puntuales. Fueron en un momento que decidí que debía ampliar un poco mi espectro. Y me sirvió para corroborar que yo tenía razón, que no tenía que ir a hacer eso (risas). Fueron circunstancias muy puntuales y breves, no fueron muchas.

—Hay que llenar la heladera también.

—Todo suma, sí, claro. Pero en eso fui muy bohemio y muy fiel. El hecho de haber invertido en elegir y hacer lo que a mí me gustaba, rápidamente me empezó a dar un rédito que era que el trabajo que me llegaba me gustaba y lo podía hacer con gusto.

—Un enorme privilegiado.

Nada es más hermoso que poder vivir de lo que te gusta y de pasarla bien. Yo la paso bien con mi trabajo y procuro que con los que trabajan conmigo, o con quienes yo trabajo, la pasemos bien.

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