
Fue voraz y nunca lo negó. Voraz en el amor. Uno, precoz, imposible, a sus 19 años. "Fue el amor de mi vida. Era un chico polaco de religión judía. Era muy chico cuando sus padres y él fueron a parar a un campo de prisioneros en Siberia. Lo nuestro no pudo ser porque se volvió loco, y murió".

Voraz en sus fantasías. "Todos me gustaban. En lo posible, altos, fuertes, alegres, de cuarenta o cincuenta años. En eso, en mi fantasía, tuve… ¡ciento cuarenta mil novios!" Pero reales–reales, de carne, sangre y hueso, recordaba… ¡veintidós! Raro o no tanto: veintidós, pero ninguno llegó más allá del romance de beso robado o aceptado. Ninguno cruzó el límite. "Me casé virgen. Así eran las cosas en aquellos tiempos": mediados de los sesenta. Voraz por la comida: placer primero, drama después. "Llegué a pesar ciento sesenta kilos, récord. Y bajé sesenta y nueve, récord también".
Hombres muchos, sí. Pero el primero y acaso el más importante, su padre, Iván Serra Lima –apellido que data de 1570 en el país–, dueño de una concesionaria Ford en Martínez. Tenor aficionado, llegó a cantar en el Colón y en Alla Scala Milano: de él heredó las cuerdas vocales. Después, Adolfo Bartolomé Pell Richards, el padre de su hijos Patrik y Cecilia, que le dieron dos nietas: Brisa y Luna. El último: Horacio Pérez Ugido, abogado, más de veinte años juntos, "pero en casas separadas" (María Martha también es voraz en privacidad), y luego separados también como pareja, pero hasta ahí, "porque es mi ex, pero está detrás de cada uno de mis pasos… ¡y me espanta los candidatos!".

Otras voracidades: en perfumes: más de doscientos cincuenta, y en discos: cuarenta placas, treinta y cinco de platino, quince de oro. Pero EL hombre (sí, la mayúscula no es un error de tecla) fue Roberto Sánchez. Sandro. "Moría por él. ¡Era tan buen mozo! Algo tuvimos, sí… Pero supe que nunca llegaríamos a nada, el amor se apagó, y le dimos paso a la amistad. Nuestras charlas en su casa eran eternas. Empezaban a las diez de la noche… y terminaban a las diez de la mañana, mientras Horacio, mi marido, se iba quedando dormido". Es decir, voraz también en ese ejercicio de ser amigos…

Pero hay –hubo– más voracidades. Por ejemplo, en la fidelidad. "Siempre fui fiel, lo juro. Nunca entendí el doble juego, los cuernos, las trampas". Voraz hasta en el dolor: "Mi hermano Alejandro era gay y murió de sida…" ¿Cómo se sobrevive a eso? Pero hasta la voracidad llega a puerto y se serena. "Basta de hombres. Estoy tranquila. Vivo de mis recuerdos". Pero también era voraz cuando, con ciento cuarenta kilos y sin que le importaran, envuelta en una gran túnica, entraba al agua tibia del mar en Miami, su último lugar en la tierra, y no le importaba que la miraran, y caminaba entre las olas como una colosal deidad. Como una reina. "A su manera". No por casualidad, su tema preferido. Lo cantó miles de veces en otros tantos recitales. Y lo cantó, por supuesto, voraz. Como si le saliera desde el fondo de ese enorme cuerpo contra el que luchó toda la vida, pero al que batió rara vez. Porque lo voraz –ya vicio, ya virtud– estaba en su ADN. Y uno siempre es lo que es, y anda siempre con lo puesto, según un tal Joan Manuel Serrat. Un tipo no menos voraz.
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