¿Colonizar Marte de verdad? El libro que desmonta el sueño con ciencia (y mucho humor)

Kelly y Zach Weinersmith desafían con ironía las promesas de migración a ese planeta, revelando los enormes desafíos técnicos, biológicos y éticos que convertirían esa aventura en un reto mucho mayor al esperado

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Una evaluación crítica de las aspiraciones de colonización marciana y sus desafíos insoslayables emerge en el libro Una ciudad en Marte. ¿Podemos colonizar el espacio, deberíamos hacerlo y... realmente lo hemos pensado bien?, de Kelly y Zach Weinersmith, que se publica ahora en la Argentina.

Bajo una lente científica y sarcástica, los autores rebaten la creencia difundida por figuras como Elon Musk, quien ha prometido establecer una población humana en el planeta rojo dentro de las próximas décadas, insistiendo en que este “espíritu de frontera” es indispensable para la supervivencia de la especie. La precariedad del entusiasmo por emigrar a Marte se expone ante confrontaciones interestelares y enormes desafíos técnicos, así como las adversidades fisiológicas, éticas y políticas de ese territorio hostil.

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El costo biológico y vital del experimento marciano

Las condiciones ambientales en Marte convierten a su colonización en un desafío extremo. Según el libro, la superficie presenta una temperatura promedio de -60 °C (-76 °F), una atmósfera irrespirable y frecuentes tormentas de polvo que oscurecen el sol durante semanas. La exposición intensa a la radiación, la ausencia de suelo fértil —solo regolito, un tipo de grava inadecuado para agricultura— y la falta de agua accesible obligarían a los colonos a depender casi por completo de ecosistemas cerrados.

Una "selfie" tomada por el rover Perseverance de la NASA en Marte, compuesta por 62 imágenes individuales (NASA/JPL-Caltech/MSSS/Distribución vía REUTERS/Foto de archivo)
Una "selfie" tomada por el rover Perseverance de la NASA en Marte, compuesta por 62 imágenes individuales (NASA/JPL-Caltech/MSSS/Distribución vía REUTERS/Foto de archivo)

El texto destaca que experimentos similares, como el experimento ecológico conocido como _Biosphere 2_, la estructura hermética de 1,27 hectáreas (3,14 acres) construida en Arizona, demostraron las limitaciones de simular hábitats autosuficientes. En ese ensayo, los animales no pudieron adaptarse y los humanos sobrevivieron con una dieta deficitaria, emergiendo tras un año en condiciones de desnutrición grave. Ni siquiera la Estación Espacial Internacional proporciona suficiente información para extrapolar cómo sería la vida a escala en Marte.

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La propuesta más plausible, según los Weinersmith, sería instalarse no en domos de cristal, sino en túneles subterráneos de lava adaptados, lugares oscuros y confinados dependientes de sistemas artificiales de aire y agua. A ello se suma una dificultad esencial en el ciclo biológico: la procreación. La baja gravedad marciana alteraría el flujo de fluidos corporales, incluso dificultando la concepción. El libro ilustra esta problemática con el concepto humorístico de un “prengodromo”—un carrusel cósmico que simularía la gravedad terrestre para embarazadas—y advierte sobre el impacto de un acervo genético reducido.

Obstáculos éticos y el dilema de la gobernanza interestelar

La ética reproductiva aparece en primer plano. El profesor de bioética Jonathan Anomaly, de la Universidad de las Américas en Puebla, advierte: “Suponemos que el ambiente de la colonia marciana favorecería... una política liberal de aborto porque el nacimiento de un niño con discapacidad sería altamente perjudicial para la colonia”, introduciendo el riesgo de debates sobre eugenesia antes siquiera de que exista una comunidad establecida.

Perra Laika
Laika, la primera perra en el espacio, enviada sin posibilidad de retorno por la Unión Soviética

Por otro lado, la obra recuerda que la exploración espacial históricamente se ha basado en la asunción del sacrificio extremo de pioneros, como el caso de Laika, la primera perra en el espacio, enviada sin posibilidad de retorno por la Unión Soviética. Se describe también el episodio del astronauta John Glenn, quien en 1962 permaneció cuatro horas en órbita portando un dispositivo médico incómodo, lo que simboliza las exigencias físicas extremas impuestas a los exploradores.

A diferencia de la era de la Guerra Fría, el motor actual de la expansión hacia Marte parece ser un grupo reducido de millonarios privados, a quienes los Weinersmith califican de “bastardocracia”. Figuras como Jeff Bezos, Musk y Richard Branson iniciarían una disputa por la propiedad marciana antes incluso de que las potencias estatales establezcan presencia soberana.

Los autores rechazan el enfoque clásico de apropiación individualista basado en John Locke, la idea de que quien trabaja la tierra la posee, y defienden la perspectiva de Elinor Ostrom sobre los bienes comunes, recordando que el espacio, por ahora, es un dominio no reclamado y colectivo.

Montaje fotográfico de tres retratos: Jeff Bezos calvo con pajarita, Elon Musk con camisa oscura y Richard Branson con barba blanca y polo blanco
Figuras como Jeff Bezos, Musk y Richard Branson iniciarían una disputa por la propiedad marciana antes incluso de que las potencias estatales establezcan presencia soberana

El temor geopolítico reside en que, una vez que China y Estados Unidos aceleren el ritmo y alcancen a las corporaciones tecnológicas, la probabilidad de conflictos armados incluso con armas nucleares no puede descartarse, pues el control sobre los recursos del espacio profundo podría convertirse en un factor decisivo de poder internacional.

Colonizar Marte: entre el mito y la realidad científica

La narrativa del ensayo de los Weinersmith desmonta las promesas idealistas de migración al planeta rojo, poniendo énfasis en las dificultades biológicas y políticas que enfrentaría cualquier intento real. La afirmación de que sería preferible abandonar una Tierra 2 °C más cálida por un ecosistema marciano comparado con un “vertedero tóxico” aparece como una crítica al exceso de optimismo tecnológico.

El futuro de la colonización espacial estará marcado por una paradoja: mientras la Tierra sigue siendo la opción más viable gracias a su magnetosfera protectora y recursos, los modelos actuales de apropiación de recursos y el potencial para conflictos interestelares sugieren que el reto de conquistar Marte aún está lejos de resolverse.

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