
San Isidro, septiembre 28, año 2010. Romina Yan sale del gimnasio. Es una estrella desde hace casi dos décadas. Su apellido, Yan –abreviatura de Yankelevich–, es dinástico.
El primero, Jaime, nació en Bulgaria en 1896, fue pionero de la radio, y murió un año después del nacimiento de la tevé patria: 1952, no sin antes plantar las primeras semillas de ese medio.
Samuel, su hijo (1921–1998), lo siguió huella a huella: factótum de los canales 7 y 9. Gustavo, su nieto, hombre orquesta: infatigable productor de televisión y teatro.

Y Romina (o Ro, o Romi, como la llaman), su hija, nacida de su matrimonio con Cris Morena (otra infatigable y abonada al éxito), la que en este septiembre 28 camina por una calle de San Isidro a sus 36 años, vive en dos planos: el fragor del trabajo y la luz del éxito, perpetuos ambos.
Empezó en Jugate Conmigo, creación de su madre, y no paró hasta que…
Recordemos. Cine: dos películas. Televisión: doce programas, entre Jugate Conmigo y Jake & Blake, pasando por Chiquititas: ¡millones de almas frente a la pantalla… y un millón en la versión teatral en el Gran Rex! Álbumes en CD: once. Sencillos: dieciséis.
Polifacética: actriz, bailarina, conductora, cantante…


Pero no sin problemas en el pasado. En una entrevista recordó que "tenía quince años, iba a un colegio de doble turno, trabajaba hasta las tres de la madrugada… ¡y me levantaba a las siete de la mañana! Empecé a sufrir de anorexia, obsesionada por tener un cuerpo perfecto. La comida fue el cable a tierra de mis miedos y mi inseguridad. Mi boicot contra mí misma. En general, de eso no te curás. El fantasma de la gordura acosa siempre. En mi caso, la salvación fue mi matrimonio con Darío Giordano, y mis hijos: Franco, Valentín y Azul…".
Unos días antes de casarse, Romina abrazó la religión católica.

De pronto, bisabuelo, abuelo, padre, madre, un hermano, su marido, sus tres hijos, los ratings fabulosos, las salas llenas, las incesantes notas en revistas, sugirieron la felicidad irrompible, blindada, e hicieron recordar y las palabras del conde León Tolstoi: "Todas las familias felices se parecen".
Y refutarlas.
Porque se parecen… hasta ahora.
Hasta septiembre 24, año 2010, salida del gimnasio, calle de San Isidro, cuatro de la tarde, cuando Romina se desploma.
Un amigo la lleva en su camioneta hasta el Hospital Central de San Isidro.
Los médicos batallan cincuenta largos minutos para no perderla.
Pero se va. Inexorablemente, se va…
Y en ese instante, como el cristal, se quiebra una familia feliz. Porque Franco, su hijo mayor, tiene 10 años, Valentín, ocho, y Azul, apenas cuatro.
La sepultan en Pilar. Nadie falta. Nadie, de la A a la Z. Desde Mirtha Legrand hasta Marcelo Tinelli. Desde Facundo Arana a Luisana Lopilato. Puro amor en todos…

No mucho después, Cris Morena, en otra entrevista, da una vuelta de campana:
–A partir de Romina le perdí totalmente en miedo a la muerte. Me di cuenta de que todo es frágil, cambiante, y que la vida es un mar de incertidumbre. Y comprobé que Romina nos manda, a Gustavo y a mí, señales. Todo el tiempo. Y tengo la certeza de que algún día nos encontraremos…

Después sucedió lo de siempre ante una muerte joven. Preguntarse por qué. Los padres, acaso en sentido filosófico. Interrogando a la tierra, al cielo, al misterio de la vida, a cierta conspiración astral: a las explicaciones de lo inexplicable…
Y los demás, los rastreadores de la oscuridad, de las profundidades. No les basta que el certificado de defunción diga "Causa de la muerte: infarto de miocardio…", o lo que fuera.
Barajaron el mazo y repartieron: "Exceso de gimnasia", "Obsesión por adelgazar", "Una dieta restrictiva y peligrosa", "Fuerte actividad física en un lugar cerrado de alta temperatura", "Rutina en una cápsula de adelgazamiento térmico", …etcétera.
Como si ante la muerte joven y en plenitud, la muerte tuviera alguna importancia más allá de la pérdida y el vacío en los corazones de quienes amaron al que ya no está…

Leonardo Da Vinci (1452–1519) ha dicho: "Así como una jornada bien empleada produce un dulce sueño, así una vida bien usada causa una dulce muerte".
Romina vivió bien, fue fiel a su vocación, llenó de risas y de lágrimas sus historias, y esas risas y lágrimas fueron acompañados por millones. Más allá del dolor de su tan pronta partida, nada tuvo que reprocharse.

Si este jueves 28 una gota de lluvia cae sobre su tumba, y también una lágrima de los suyos, el recuerdo será justo, luminoso, perfecto.
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