
Durante tres noches, Anita B Queen convirtió la espera en una celebración. Antes de que BTS saliera al escenario del Estadio Único Diego Armando Maradona de La Plata, la DJ argentina quedó frente a miles de personas que habían esperado durante años el reencuentro con sus ídolos. Lo que comenzó con temor terminó transformándose en una conexión profunda con las ARMY, entre pogos, canciones, banderas y una energía que desbordó el estadio. Después de ser furor como telonera en las tres presentaciones y mientras continúa recorriendo distintos escenarios con su gira y múltiples shows, Teleshow habló en exclusiva con la artista.
Detrás de aquella figura que hizo bailar a una multitud existe una historia de búsqueda, sensibilidad y transformación. Ana Belén Kim creció entre distintas influencias culturales y musicales, y encontró en la música una forma de preguntarse quién era, qué quería decir y cómo deseaba habitar el mundo. Durante su adolescencia participó de una banda dentro de la iglesia a la que asistía, pero con el tiempo comenzó a tomar distancia de ese entorno y a explorar espacios que hasta entonces le habían sido presentados como lejanos o peligrosos: las fiestas electrónicas, la escena queer y una comunidad artística que le permitió descubrir nuevas formas de libertad. En ese recorrido, la música dejó de ser únicamente un refugio íntimo y se convirtió en el lugar donde pudo reconocerse.
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Su llegada a los shows de BTS tuvo, en ese sentido, un significado que fue mucho más allá de una presentación. Anita no sólo preparó un repertorio para acompañar la espera del público: se involucró con las ARMY, escuchó sus pedidos, incorporó remixes y eligió canciones propias para compartir con una comunidad que terminó recibiéndola como una integrante más. Ahora, mientras continúa con sus presentaciones y trabaja en una nueva etapa musical, Anita busca convertir esa energía colectiva en canciones, imágenes y un show propio.

—¿Cuál es tu primer recuerdo relacionado con la música?
—Recuerdo mucho mis juguetes de cuando era chica. Tenía instrumentos como un xilofón, una batería de juguete y una guitarra. También recuerdo haber tomado algunas clases de música cuando era muy pequeña, aunque eran propuestas más vinculadas con el jardín y el juego. Todo está un poco difuminado porque pasó mucho tiempo, pero son recuerdos muy lindos.
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—En ese entonces, ¿hubo algún momento en el que pensaste en dedicarte a la música?
—Siempre me gustó y la tomé como un lenguaje fundamental en mi vida. La música fue un escape emocional y un espacio seguro para mí, pero nunca imaginé que iba a dedicarme a eso. Recién cuando fui más grande entendí que podía ser una posibilidad concreta y, a partir de ahí, me cambió la vida por completo.
—¿En tu familia había alguien vinculado con la música ?
—Mi relación con la música es muy propia. No es que alguien me la haya inculcado, no vengo de una familia de artistas ni de músicos. Sin embargo, mi papá escuchaba mucha música y esos son algunos de los recuerdos musicales que tengo de mi infancia. Le gustaba Estopa, el Cuarteto Zupay, Sui Generis y The Carpenters, entre otros grupos. Creo que fue bueno crecer escuchando una diversidad tan amplia, porque no me limité a un solo género.
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Sí me hubiera gustado incorporar un poco más la cultura del rock nacional. Mi papá no se enganchó demasiado con eso: llegó hasta Sui Generis, pero no escuchaba a Charly García. Ahora, de grande, me gusta Charly y pienso: “Qué pena no haberlo escuchado cuando estaba de moda”. También me hubiera gustado conocer antes a Sumo, Viejas Locas y toda esa cultura del rock argentino.
—¿Tu formación religiosa también influyó en tu vínculo con la música?
—Sí, hay una influencia musical que viene de ahí. En las iglesias evangélicas suele haber una música más moderna que en las iglesias católicas, donde muchas veces se conservan repertorios más antiguos. Muchos músicos de jazz de Estados Unidos crecieron en iglesias, así que también desarrollé un vínculo fuerte con el jazz, el R&B y el gospel.
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—¿Cómo era tu participación musical en la iglesia?
—Participé activamente hasta los 18 años. En la iglesia había distintos ministerios y uno de ellos era el de alabanza y adoración, que funcionaba como una banda. Los grupos estaban organizados por edades y los chicos se arreglaban, cubrían los puestos, practicaban y ensayaban para tocar los domingos. Al principio yo era corista y, con el tiempo, terminé dirigiendo la banda.
—¿Te gustaba?
—Me gustaba mucho porque sentía que era útil haciendo algo que disfrutaba. También lo disfrutábamos como grupo. Había una unión muy fuerte dentro de nuestra banda. De hecho, esa cercanía generó algunas críticas: cuando estaba por terminar ese año, comenzaron a acusarnos de ser una secta. Eso me hizo dudar de muchas cosas y empecé a alejarme de la iglesia.
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—Un momento complicado.
Aún así, siento que en ese lugar conecté profundamente la música con lo espiritual, más allá de lo religioso. Para mí, la música siempre fue una manera de vincularme con algo que va más allá de la vibración en sí misma. También tiene que ver con la comunidad, la humanidad, la conexión y el lenguaje. Aunque no estoy de acuerdo con muchas cosas de la institución religiosa, sí agradezco que me haya dado la posibilidad de conectarme con la música de esa manera.
—¿Ese proceso fue el comienzo de tu identidad como artista?
—No, eso ocurrió mucho tiempo después. Cuando salí de la iglesia, recién entonces empecé a formarme como ser humano. Comencé a hacerme preguntas importantes: qué soy, qué me gusta realmente y qué quiero para mi vida. Empecé a buscar respuestas por mi cuenta, no a partir de decretos, dogmas o mandatos familiares. Ahí comenzó un proceso de búsqueda y desarrollo personal que, con el tiempo, me llevó a encontrar el estilo de vida que tengo hoy. Fue un recorrido muy largo, intenso y también liberador. Yo venía de un ámbito muy estricto, no solamente por la religión, sino también por la cultura.
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—¿Por qué?
—Mi familia es coreana y forma parte de una comunidad bastante chica. En las comunidades pequeñas, y sobre todo cuando tienen un componente religioso, uno puede sentirse muy observado por las personas que forman parte de ese entorno. Cuando dejé la iglesia también me alejé de la comunidad coreana, porque entendí que el problema no era únicamente religioso, sino la manera en que algunas personas de ese grupo miraban a quienes estaban por fuera de ella. El problema no era espiritual, sino humano. Yo sentía que no vibraba con ese universo. No creo que esas personas fueran buenas o malas; simplemente entendí que yo no formaba parte de ese mundo. Entonces comencé a preguntarme qué me gustaba, quién era y qué tipo de personas quería tener cerca.
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—¿Cómo fue pasar de esa comunidad a relacionarte con ambientes más diversos?
—Fue completamente distinto. Me metí en las fiestas electrónicas y me acerqué a la comunidad queer. Empecé a ir a todos los lugares que alguna vez me habían señalado como peligrosos. Fue bárbaro, porque una de las mayores lecciones que aprendí tiene que ver con no juzgar. No hay que juzgar las experiencias más osadas, pero tampoco a las personas que no las comprenden o que las critican. También hay que entender por qué alguien está limitado por sus propias experiencias. Para mí, ese viaje todavía continúa: consiste en conocer distintas realidades, crecer y expandirme todo lo posible.
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—¿Hoy intentás reencontrarte con tu ascendencia y con la comunidad coreana?
—Mi familia forma parte de esa comunidad, así que no podría simplemente salir de ella. Yo también soy parte, aunque por decisión propia haya elegido vivir por fuera de sus límites. Es parte de mi historia y, de alguna manera, sigo perteneciendo. A lo largo de la vida aprendí a comprender y respetar muchas cosas. También siento que puedo aportar algo para que las generaciones que vienen tengan pensamientos más diversos, abiertos y libres. No sé si llamarlo un deber, pero sí lo siento como una tarea: quiero hacerles más fácil el camino a los jóvenes que no piensan como la mayoría.

—¿Por qué?
—Está bueno mostrar que se puede vivir una vida diferente y, al mismo tiempo, completamente aceptable. Recién ahora, después de mucho esfuerzo, algunas personas pueden mirar mi recorrido y decir: “Qué increíble”. Antes me consideraban una loca. Para conseguir lo que tengo tuve que probar muchas cosas que los demás señalaban como peligrosas. La vida implica riesgos. Hoy, incluso a través del cine, donde participé en la película Hijo Mayor, y de la música, siento que tengo una oportunidad de conectar nuevamente con mi comunidad y de mostrarles a las nuevas generaciones que también pueden elegir caminos diferentes. Hay personas que no quieren continuar con el legado familiar, que no quieren ser médicos o abogados, y que prefieren ser artistas, abrir una cafetería o dedicarse a cocinar. Está bueno mostrar que existen otras realidades para que puedan ser aceptadas.
—¿Cómo pasaste de dirigir una banda en la iglesia a convertirte en DJ y productora?
—Fue un proceso muy largo. Hasta hace poco no había comenzado a lanzar mis trabajos, así que fue una búsqueda lenta y progresiva. Primero tuve que aceptar que me gustaba hacer música y que podía dedicarme a eso. Después tuve que aceptarme como artista. Una cosa es que te guste la música y otra es decidir que vas a dedicarte a ella. El apoyo de mis amigos fue fundamental. Ellos me alentaban, me daban pequeños empujones y también me ayudaron a quitarle un poco de solemnidad al asunto. Durante mucho tiempo fui DJ sin considerarme una artista. Recién después me animé a tocar por primera vez y a reconocerme en ese lugar.
—¿Cuánto tiempo pasó hasta que sentiste que podías decir: “Soy una artista”?
—Diría que entre los 18 y los 23 años atravesé un proceso de búsqueda sin saber exactamente hacia dónde iba. Alrededor de los 23 pensé: “Creo que me voy a dedicar al arte”. Desde entonces digo que soy artista, pero tuve que reconfirmarlo muchas veces. Tuve que subir a un escenario y después a otro. Cada vez volvía a demostrarme que podía hacerlo. Creo que eso también tiene que ver con mi personalidad. Soy bastante tímida y me cuesta afirmar algo si no estoy completamente segura. A mí me costó, pero siento que ese proceso tenía que ser así.
—¿Cuál fue el escenario que más te impactó?
—Aunque todos fueron importantes, uno de los más fuertes fue la primera vez que toqué con Ca7riel, en un festival Harlem. El público no era mío, sino de otra persona, y sentir que podía presentarme frente a esa gente fue impactante. Pensé: “Wow, de pronto soy una estrella”. A partir de ese momento, estar arriba de un escenario se convirtió en una especie de droga. Me di cuenta de cuánto me gustaba tocar frente al público. “Me encanta”. Es terapéutico.

—¿Cómo llegaron a trabajar juntos?
—Ca7riel me mandó un mensaje por Instagram porque había visto un video mío tocando. Estaba buscando una DJ para presentar su disco, El Disko. Nos juntamos, me mostró lo que estaba haciendo y me preguntó si quería trabajar con él. Yo pensé: “¿Es una broma?”. Obviamente acepté. A partir de ahí comenzó no solo nuestro trabajo conjunto, sino también una amistad que continúa hasta hoy.
—¿Ese vínculo te ayudó a reconfirmar que tenías una identidad artística?
—Sí. A veces necesitás que otra persona te diga algo para poder creerlo, sobre todo alguien a quien respetás. A mí me costó entenderlo y necesité que otras personas me lo señalaran muchas veces. De todos modos, creo que estuvo bien que mi proceso fuera así. Tal vez me ayudó a no convertirme en alguien soberbio, algo que también se ve bastante en el mundo del espectáculo.

—¿Y cómo nació el nombre Anita B Queen?
—Surgió cuando, después de terminar el colegio, empecé a trabajar en eventos de música electrónica. En ese momento tenía una lista de invitados que se llamaba “Anita Kim”. Me parecía aburrido, así que empecé a usar “Anita Queen” como un nombre gracioso. En un momento me preguntaron si tenía un nombre artístico. Yo tenía una cuenta de Instagram y otra de Facebook como Anita B. Kim: la B corresponde a Belén, mi segundo nombre, y Kim es mi apellido. Entonces decidí unir esas dos cosas: mantuve la B y cambié King por Queen, que era el nombre de la lista de invitados.
Además, yo era jefa de relaciones públicas, así que pensaba: “Soy la reina”. Con el tiempo, Anita Queen se transformó en Anita B Queen. “B” juega con el verbo “be”, que significa “ser” en inglés. En definitiva, el nombre representa la idea de ser una reina y se convirtió en una confirmación que todavía me repito: “Anita, sé reina”. Necesité mucho esa energía para considerarme una artista. Muchas veces pensé en cambiarlo cuando me empezó a ir bien, porque sentía que tal vez todavía estaba a tiempo. Pero la gente me decía que no lo hiciera. Así que decidí quedármelo.
—¿Sentís que alrededor de tu nombre también se creó una comunidad?
—Sí, aunque recién ahora empiezo a verlo con claridad. Durante mucho tiempo pensé que quienes me seguían eran simplemente simpatizantes, personas a las que les caía bien. Pero, después de todo lo que ocurrió con BTS y las ARMY, empecé a entender que existe un movimiento de fanbase mucho más grande.

Hoy veo que hay personas que no solo simpatizan conmigo, sino que quieren apoyarme. Eso es muy lindo. Además, considero que quienes me siguen son personas muy humanas y que conectan conmigo desde ese lugar. No me gusta pensar que tengo fans. Prefiero decir que construimos una comunidad. Para mí, la música me regaló justamente eso: la posibilidad de generar un espacio común.
Esa comunidad también se sostiene en valores compartidos. En un mundo en el que es difícil encontrar personas que piensen de una manera parecida, es un refugio saber que estás rodeada de gente que comparte tus valores. Yo sentía algo parecido en la iglesia, pero acá todo el mundo es libre. No hay nadie que te juzgue, no existe la idea del pecado ni la necesidad de que alguien te perdone. Es algo que, para mí, funciona y es hermoso.
—¿Cómo recibiste la propuesta para ser telonera de BTS en la Argentina?
—Fue una locura. Como mi familia es coreana, suelo enterarme cuando viene un grupo de Corea. Sabía que BTS iba a venir, aunque nunca me había sentido cercana a ese universo solo por tener ascendencia coreana. Yo escuché mucho K-pop de segunda generación: Super Junior, Big Bang, 2NE1 y SHINee. Después me alejé un poco porque sentí que la industria se estaba volviendo demasiado rígida y ya no me gustaba lo que estaba sucediendo.
Sabía quiénes eran BTS, pero justo cuando empezaron a crecer se fueron al servicio militar y después regresaron, así que les perdí un poco el rastro. Cuando me llegó la propuesta, sabía que la producción estaba a cargo de DF. Generalmente, primero consultan si el artista está disponible y después cuentan para quién sería el show. En este caso nos dijeron que era para ellos y mi primera reacción fue: “Ni en pedo”. Me dio mucho miedo. Ya había vivido algo similar con Harry Styles y recordé aquella experiencia. Al principio también había dicho que no. No conocía a su fanbase y no sentía que tuviera algo que ver con su música. Finalmente, mi mánager aceptó la propuesta y, apenas me anunciaron, comenzaron a insultarme en Twitter porque no sabían quién era. Yo fui muy asustada al estadio. No quería entrar sola porque tenía mucho miedo, aunque luego fueron dos shows geniales.
Cuando apareció la propuesta para BTS, pensé que las ARMY podían ser todavía más duras. Sin embargo, acepté y decidí hacerlo lo mejor posible. También conocía un poco los valores de sus fans y me gustaba que fueran personas muy abiertas y vinculadas con la diversidad.

Me propuse conectar con esa comunidad y aprovechar la oportunidad para mostrarles mi música. Además, sabía que era un show caro y que muchas personas se habían endeudado para poder asistir. Lo único que quería era que esa gente la pasara bien, porque se lo merecía.
—¿Cómo preparaste el repertorio?
—Fue muy divertido. Entendí que la propuesta me excedía: tenía una dimensión comunitaria y no se trataba únicamente de mí. Empecé a preguntar qué querían escuchar, la gente me mandaba mensajes y analizamos cuáles eran los pedidos más frecuentes. Elegí los cuatro temas que más me solicitaban, entre ellos de Los Palmeras y Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. También hicimos un remix de Peipper, el artista que muchas personas querían que fuera telonero. Trabajamos mucho con Ian, un productor de The Red Noise, y armamos los remixes.
También incluí mis propias canciones porque quería que el público las conociera. Sentía que era una gran oportunidad para presentar mi música. De hecho, después muchas personas me preguntaban cuál era el tema que decía “pica pica”, pero esas canciones todavía no habían salido.

—¿Imaginabas que lo que ocurría en esos shows iba a tener tanta repercusión?
—No. Sabía que iba a ser divertido, pero nunca imaginé que iba a trascender tanto ni que iba a llegar a otros países. También se había generado una discusión, pero creo que la Argentina fue el país que mejor entendió el concepto de Arirang, relacionado con el orgullo por lo propio. No hubo otro país que lo interpretara de una manera tan perfecta, aunque, por supuesto, a nuestra manera. Se armó un debate entre quienes decían que éramos unos bárbaros y quienes defendían la necesidad de respetar la cultura argentina.
Fue lindo saber que había personas que entendían cómo somos y respetaban nuestra manera de vivir la pasión. También fue importante que nosotros mismos nos bancáramos. Ya soy una ARMY más. Me adoptaron. Además, recibí mensajes de ARMY que se arrepintieron de haberme criticado al principio. Me gusta que hayan sido lo suficientemente honestas como para decírmelo. Eso me parece muy valioso.

—¿Pudiste conocer personalmente a BTS?
—No. Hablé con un representante de la productora, pero no pude encontrarme con ellos porque están muy protegidos. No pudimos sacarnos una foto, saludarnos ni conversar. Me hubiera encantado, pero entiendo que tienen sus propios protocolos y los respeto. Ellos son siete y yo era una sola ahí, pero la gente puso toda su energía. Mi agradecimiento es para todas las personas que participaron y ayudaron a construir esos shows.
—¿Sentís que la experiencia marcó tu carrera?
—Cien por ciento. Ahora sé que hay un mundo de personas esperando mi música. Esa es mi inspiración principal para seguir creando. Estoy yendo al estudio casi todos los días de la semana. Todavía tenemos algunos lanzamientos pendientes y el año próximo quiero sacar un disco. Si es posible, también me gustaría construir una propuesta visual y armar mi propio show. Hasta ahora siempre hice DJ sets.

—¿Hay algún lugar en el que todavía sueñes con tocar?
—Me gustaría tocar en el Planetario. Me gustaría tocar en el domo del lugar y que sea gratis para todos. Ojalá pueda hacerlo; todavía hay tiempo.
—Si pudieras elegir a cualquier artista para colaborar, ¿a quién elegirías?
—Una colaboración con Lalisa no estaría nada mal. Siento que podríamos conectar desde el K-pop. Con una boyband no sé si me veo tanto, pero sí produciría una canción para Katseye, Le Sserafim o Aespa. Me gustaría hacer algo en la línea del trabajo de Diplo y Blackpink. Y, si pudiera trabajar con alguien que ya no está vivo, elegiría a María Elena Walsh. La admiro como mente y la manera de pensar que tenía me parece increíble. Sería un honor. Ojalá pudiera suceder.
—Si pudieras decirle algo a la Anita de chica, esa que no imaginaba todo lo que iba a vivir, ¿qué sería?
—Le diría: “Seguí así. No te banques una y seguí así, que viene bien”.
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