El video del momento en que las cenizas de Coco, el chofer de Moria Casán, fueron arrojadas al mar

Amigos y compañeros de recuperación cumplieron su último deseo en la escollera sur de Mar del Plata, frente al Cristo, con mensajes leídos en voz alta, la oración de la serenidad y un adiós entre aplausos y viento

Galo, el asistente de Moria Casán, arroja las cenizas de Coco, el exchofer de La One, en la Escollera Sur de Mar del Plata, cumpliendo la voluntad del hombre que falleció a los 55 años. Con él, Sandra Álvarez, allegados y personas que pasaron para recuperarse de sus adicciones por El Castillo rezaron por el alma de Coco (Crédito: Gentileza Farándula Show)
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A las nueve de la noche, con el viento golpeando sobre la escollera sur y el mar apenas visible en la oscuridad, las cenizas de Fernando “Coco” Shedden fueron arrojadas al agua frente al Cristo —oficialmente denominado San Salvador— de Mar del Plata. Allí, en el sitio que él había elegido años antes, sus amigos, compañeros y personas que compartieron con él el camino de la recuperación se reunieron para cumplir su último deseo. El viento soplaba fuerte. Las voces se quebraban. Y el mar, como siempre, esperaba.

La despedida ocurrió después de la cremación realizada en Miramar, cerca del “Castillo” de Mar del Plata, donde Coco había atravesado parte de su tratamiento contra las adicciones bajo la tutela de Sandra Álvarez. El histórico chofer de Moria Casán, que murió a los 55 años, había repetido durante temporadas de trabajo junto a la artista una voluntad concreta: quería ser cremado y que sus restos fueran entregados al mar en la ciudad que sentía como propia. Esa noche, sus amigos hicieron exactamente eso.

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Sus compañeros de recuperación firmaron una cartulina con palabras de amor y despedida

La ceremonia tuvo una escena íntima y atravesada por el peso de la noche. Galo Sotto, asistente de Moria Casán y uno de los amigos más cercanos de Coco, tomó la palabra rodeado de quienes habían llegado para acompañarlo. El sonido del viento quedó registrado en cada pausa, entre los recuerdos y las voces que se animaron a despedirlo.

“Hasta siempre, Coquito”, dijo una de las presentes. Galo sumó su propia despedida y recordó a los compañeros que habían compartido con él los últimos años en El Castillo, el espacio de recuperación donde Coco encontró refugio y propósito durante cuatro años. “Gracias por tus consejos, siempre te voy a recordar y te llevo en mi corazón”, dijo Galo, leyendo lo que otros le habían escrito. En ese centro, además de recuperarse, había comenzado a acompañar a otras personas que llegaban con problemáticas similares, ofreciéndoles lo que él mismo había necesitado: alguien que les dijera que era posible salir.

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El momento en que arrojan las cenizas de Coco, el chofer de Moria Casán, al mar
El momento en que Galo arroja las cenizas de Coco, el chofer de Moria Casán, al mar (gentileza Farándula Show)

Esa noche, quienes lo conocieron en ese tramo de su vida le devolvieron algo de todo eso. Una cartulina firmada por sus compañeros del centro circuló entre los presentes. Los mensajes, leídos en voz alta frente al mar, condensaban lo que Coco había dejado en cada uno.

“Gracias por tus consejos, siempre te voy a recordar y te llevo en mi corazón”, decía uno. Otro hablaba de “mañanas de mates y charla”, de los consejos que Coco había sabido ofrecer sin pedir nada a cambio. “Que Dios te tenga en la gloria. Te hiciste querer. Que en paz descanses”, rezaba un tercero.

Hubo un mensaje que detuvo el tiempo por un momento. Estaba dirigido al “viejito”, como algunos lo llamaban con cariño. “Sé que estabas lleno de esperanzas y que creías que lo mejor estaba por venir. Lamento mucho que el destino haya robado esa luz, pero me deja un gran alivio saber que le estabas dando batalla a la vida y que te fuiste limpio y sereno”, decía. Y cerraba con una imagen que nadie en la escollera pudo escuchar sin emocionarse: “El reflector te seguirá esperando, Coquito”.

Tras la lectura de los mensajes, hubo aplausos. Breves, sinceros. “Lo que quería él era estar en el mar”, dijo una de las voces. Galo completó la idea casi en susurro: “Y acá, en este lugar”. Otra persona presente dejó en claro que la elección no había sido de quienes llegaron a despedirlo esa noche: “Él eligió el lugar, eligió el momento. Nosotros lo único que hacemos es cumplir con su deseo”.

Galo Sotto recordó que la voluntad expresa de Shedden era que cremaran sus restos y los arrojaran al mar (Video: Farándula Show)

Antes del momento final, la despedida se detuvo en la oración que Coco había aprendido y practicado durante años, la misma que acompaña los procesos de recuperación en todo el mundo. Las personas presentes la recitaron en voz alta frente al mar: “Dios, concédeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar aquellas que puedo y sabiduría para reconocer la diferencia”.

Para sus compañeros de El Castillo, esas palabras no eran una fórmula: eran el resumen de lo que Coco había transitado. Según relató Galo en diálogo con Teleshow tras la ceremonia del adiós final, Sandra, directora del espacio, lo había acompañado durante cuatro años de tratamiento. En ese tiempo, Coco no solo se recuperó, sino que también se convirtió en un referente para quienes llegaban después que él, mostrándoles con su propia historia que a cualquier edad, en cualquier momento, era posible volver a empezar.

La cartulina que se leyó en la escollera era el testimonio de ese vínculo. Cada firma, cada frase, era la huella de alguien a quien Coco había dicho algo en el momento justo. “Dejó su experiencia, lo vivido, para que tuvieran una esperanza de que se puede salir. En cualquier momento”, contó Galo, con la voz de quien sabe que eso vale más que cualquier otro legado.

Coco había recuperado su libertad apenas una semana antes de morir. Tenía proyectos concretos: instalarse en Córdoba, encontrar trabajo, colaborar con el centro de recuperación de Sandra. “Ya le habían sacado la pulsera y le habían dado la libertad. Estaba con todo, con toda esa ilusión. Por suerte estaba limpio. Sandra decía que estaba muy contento porque pudo hacerlo. Ya estaba cuatro años limpio”, recordó Galo. Y estaba convencido de que lo mejor estaba por venir.

Primer plano de un hombre calvo vestido con una prenda oscura afelpada junto a una ventana iluminada por el sol.
Coco, el exchofer de Moria Casán (Imagen Ilustrativa Infobae)

Al final del rezo, el grupo descendió con cuidado por unas pequeñas escaleras de la escollera. La oscuridad era casi total. Los faros de los autos se encendieron para iluminar el camino. Las indicaciones se mezclaban con el sonido del mar: “Despacio, tranquilo. Yo te alumbro acá. Pasen despacio”.

Las cenizas estaban dentro de un paquete biodegradable, preparado especialmente para ser arrojado al agua. Galo había pensado en abrirlo y dispersar las cenizas, pero la oscuridad, el viento y la emoción del momento le hicieron confiar en lo que el crematorio había dispuesto. “Yo digo, mirá si... estaba muy oscuro. Pero ya que dijeron que era biodegradable, está permitido lanzarlo en el agua y que se desintegre”, explicó después.

El último gesto fue breve. El paquete fue entregado al mar y, en el instante siguiente, se escucharon aplausos. Espontáneos. Necesarios. “Chau, Coquito”, repitieron varias voces frente a la oscuridad y el agua. Segundos antes, Galo había dicho lo que todos sentían: “Coquito, te amamos. Gracias por todo. Gracias por entregarnos, por unirnos. Te amo”.

La cremación había tenido lugar unas horas antes en Miramar. El crematorio de Mar del Plata estaba fuera de funcionamiento, de modo que todo debió organizarse en un solo día: la ceremonia, el traslado, la despedida. Durante la espera en Miramar, el grupo compartió anécdotas y se rio, porque con Coco siempre había lugar para la risa. Y así, entre recuerdos y lágrimas, llegaron a la escollera sur cuando la noche ya era cerrada.

Galo guardó la cartulina. Dijo que quería conservarla como recuerdo de todo lo que la gente que conoció a Coco tenía para decirle. El mar se quedó con el resto. Las cenizas de Coco navegan para siempre.

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