El mundo sensible de Cayetana Cabezas, la actriz española que se luce en Machos alfa y quiere triunfar en Argentina

En esta entrevista exclusiva con Teleshow, la artista revisa su pasado de arquitecta y analiza su presente entre el teatro, la literatura y una de las series más exitosas de Netflix. El vínculo afectivo con nuestro país y la reflexión sobre el peso de la industria

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Cayetana Cabezas
Cayetana Cabezas, actriz española de Machos Alfa, visita Buenos Aires por primera vez impulsada por el arte y la promoción de su carrera (Adrián Escandar)

Ni bien llega a su encuentro con Teleshow, Cayetana Cabezas ofrece sus disculpas por una disfonía que la tiene a maltraer. Es su primera vez en Buenos Aires para la actriz española, y el cambio de estación, el aire acondicionado y la alergia a las plataneras hicieron mella en su salud. Pero nada puede con su energía ni con su entusiasmo y ofrece una predisposición para conocer su historia de vida y de actuación con la pasión de quien se deja atravesar por las emociones. Y cuando ya no siente lo mismo, no tiene dudas en pegar el volantazo.

La cita con este medio es en uno de los salones del Alvear Palace Hotel, cuya estampa señorial marida a la perfección con su impronta de estrella de cine de otra época que transmite a cada paso. Sin embargo, su humildad sin divismos, dispuesta a conversar y contar su historia, reduce de inmediato esa hipotética distancia. Vamos a hablar, claro, del suceso de Machos alfa, la serie de Netflix que se propuso abordar con ironía y casi en tiempo real la deconstrucción de la masculinidad y trepó entre las más vistas en diferentes partes del mundo. Pero será apenas una excusa para ingresar a su historia, que, según sus propias palabras, poco tiene en común con la disparatada Blanca Martínez que encarna en la ficción.

Es su primera visita a Buenos Aires, una ciudad que define como “fascinante” y en la que lleva adelante una hoja de ruta en permanente construcción. Acaso por ese espíritu intrépido que iremos conociendo, se deja llevar y lo que en un principio tenía como único motivo acompañar a una amiga en un viaje por el arte contemporáneo, mutó en un improvisado viaje de promoción. El próximo estreno de la quinta temporada de Machos alfa es la excusa necesaria para saldar una cuenta pendiente con Buenos Aires y, quién sabe, trabajar en el corto plazo. “Quiero sembrar aquí lo que estoy haciendo allá”, se entusiasma.

Cayetana Cabezas
Cayetana Cabezas destaca la creatividad de las artes escénicas argentinas desarrollada en contextos de adversidad social y económica (Adrián Escandar)

No deja de ser una paradoja que recién a sus 46 años Cayetana conozca un país tan presente en su formación -con el prestigioso estudio creado por el argentino Juan Carlos Corazza en Madrid- y en su presente. Además de actriz -y de arquitecta, ya hablaremos de eso-, la española escribe. Y el relato que la ocupa por estos días es una historia de migrantes entre España y Argentina. “¿Pero cómo estoy escribiendo sobre esas calles y esa ciudad que no conozco? Tengo que ir”, pensó como un impulso. Y ahora, en estas noches otoñales de la ciudad de la furia, se hace un espacio para continuar esa historia.

—¿Por qué surgió Argentina o Buenos Aires como esa otra patria a la cual ir en la ficción?

—Creo que es una cosa histórica que va más allá de lo que pase ahora en mi vida. Ambos países hemos sido receptores y hemos sido emisores. Nos hemos acogido, nos hemos entregado, acompañado y a lo largo de la historia, han ido cambiando los roles. Nos hemos ido acompañando como hemos podido y eso forja un vínculo.

—¿Y con qué te encontraste cuando llegaste?

—Me pasó algo muy fuerte. Llegué el día 22 de marzo y no relacioné que estaba tan cerca del 24. Conozco a Manuel Gonçalves, que es hijo de desaparecidos, y yo estaba escribiendo una historia que tenía que ver con la historia de Manuel. Y justo llego aquí en el cincuenta aniversario del golpe. Son esas cosas mágicas que ocurren.

Cayetana Cabezas
Cayetana Cabezas como Blanca Martínez, en una de las fotos de promoción de la quinta temporada de Machos Alfa (Instagram)

—¿Tenés algún referente argentino en la escritura o la actuación?

—Sí, Augusto Fernandes. Él me dio clase de análisis de texto como nadie en mi vida me lo había dado. Tenía una manera de adentrarse en la historia. Es un hombre que además, sabía mucho de astrología. Y entonces fue fascinante empezar a ver las obras de otra manera a través de los ojos de él. Me encantó su visión, me abrió un mundo. Creo que hay una manera especial de crear aquí en Argentina, porque se ha tenido que crear en todas las circunstancias. Además de la trayectoria que tenéis con respecto al método actoral, algo que no ocurre en ninguna otra parte del mundo, hay muy buenas historias también. En la dificultad surge lo creativo. Y este es un país que atraviesa dificultades desde hace tiempo y de manera intermitente.

La vida de Cayetana también es una vida de migraciones. Nació en Madrid, se crio y vivió hasta los 17 en Ourense y volvió a la capital española para emprender su vida adulta. “Creo que el ancla siempre está donde está tu gente, donde está tu raíz, no necesariamente donde pasas más tiempo. Y Galicia es como mi base”, sentencia con un dejo de nostalgia. Y cuenta de otro viaje fundacional, en un internado de Inglaterra a sus once años, donde tomó las primeras clases de actuación. “Fue como una especie de refugio, porque no hablaba inglés y de pronto sentí que podía comunicarme sin tener que utilizar el idioma”, recuerda sobre aquel período en un internado.

Pero la actriz iba a tener que esperar. A la hora de iniciarse en la vida adulta, Cayetana se decidió por un destino más tradicional, acorde a ciertos mandatos de la época. “Estudié arquitectura porque me gustaba, porque quería ejercerla, pero luego descubrí que no me gustaba. Suele pasar eso de que estudias una carrera, sueñas con que la vas a ejercer de una manera y luego la vida te va marcando la pauta de que no es tan así”.

Cayetana Cabezas
Cayetana Cabezas durante la firma de ejemplares de su novela Una persona para el fin del mundo (Instagram)

—¿Qué fue lo que no te gustó?

En la profesión se hablaba mucho de dinero y yo quería hablar de arte, de poesía, de composición, de encuentro, de humanidad, de cómo la arquitectura puede cambiarte la vida, puede ayudarte a vivir mejor, a encontrarte con el otro en un espacio donde te sientas a gusto para compartir. Yo no quería hablar de presupuestos y me pasaba la vida hablando de presupuestos. Y de pronto lo más poético de aquel sueño que tenía se cayó.

—¿La artista estaba guardada o tuviste que salir a buscarla?

—A ver, yo nunca pensé en la carrera actoral como algo que me fuese a dar de comer. El gusanillo de la interpretación siempre estuvo, pero dedicarme a ello no estaba en el plan. Hasta que de pronto cogí un montón de fuerza y me propuse estudiar teatro.

—¿Qué te llevó a seguir ese impulso?

—En un momento se murió una de mis tías de cáncer, fue algo muy fulminante. Y ella fue la que me dijo cuando estábamos en el hospital: “Ponte a hacer lo que tienes que hacer”. Al mes de su muerte, cerré el estudio de arquitectura y cerré también muchas etapas que no me ayudaban a avanzar hacia lo que quería ser.

—¿Costó empezar de cero e insertarse en un ambiente como este?

—Mira, es una profesión que castiga la edad. Entonces, ya empezar entre comillas tarde te hace sentir que vas tarde para todo. El funcionamiento de la industria premia mucho la juventud, le da mucho lugar y hoy parece que las artistas mayores no tienen personajes per se que no sean vinculados a hombres; por supuesto que esto está cambiando, pero es algo real, las cifras están ahí. Entonces, cuando una empieza un poco más tarde, parece que va como rengueando.

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Con una carrera iniciada en la arquitectura, Cayetana Cabezas se volcó a la actuación tras una crisis personal y el consejo de su tía (Adrián Escandar)

—¿Cómo lograste hacerte un lugar en este contexto que describís?

—Gracias al teatro. El teatro te recuerda por qué estás en esta profesión, porque solo tiene una dirección, que es para adelante. No puedes cortar ni repetir, solo tienes que actuar, apoyarte en el compañero que está ahí, en su mirada. La magia del cine tiene que ver con un equipo mucho más grande que hace que eso ocurra. Pero en el teatro llega un momento en el que el actor está solo. Ok, también está el técnico de luces, la escenografía, pero si se te va el texto, estás tú solo delante del público y solo lo puedes salvar tú con el compañero.

—Por la pasión con la que hablas pienso que nunca te arrepentiste de la decisión de cerrar el estudio.

—Para nada. No hay un solo día que haya pensado que este no es el camino.

En ese itinerario sinuoso construido entre las tablas y los sets de filmación, su interpretación de Blanca Martínez en Machos alfa significó esa rúbrica que no necesitaba ni exigía, sino que simplemente sucedió. La serie de Netflix de alcance internacional le abrió puertas que no imaginaba, como esas que está golpeando en Argentina. También es una posibilidad para reflexionar desde el humor y la sátira de una problemática que no tiene idioma. “Una lleva años trabajando con el pico y la pala pero de repente aparece Machos alfa y te pone en el mapa actoral. Es maravilloso tener una oportunidad así, y poder aprovecharla”.

—¿Cómo te llevaste con este primer éxito a gran escala?

—Es importante verlo como una parte más del proceso. Esta carrera no es lineal, un día puedes pegarla con una serie y al otro no tener trabajo. Y no es una cuestión de que estás arriba y luego caes, sino que es así: hay que tener la musculatura de ni cuando estés arriba pienses que eso va a ser, ni cuando estés abajo pienses que eso va a ser tu vida. ¿Cómo se hace? No sé, ahí estamos (risas). Porque no es fácil.

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Aquí en una escena de Madres, la obra que montó con gran suceso en Madrid (Instagram)

—¿Por qué tiene tanto éxito la serie?

—Creo que Machos alfa tiene unos creadores (N de la R: los hermanos Laura y Alberto Caballero) que han dado con la tecla del humor. Los guiones son brillantes, muy divertidos, ligeros y a la vez con contenido. Y esa es una magia no muy frecuente.

—¿Cómo dialoga esa sátira o ese humor con la realidad del movimiento feminista? ¿Te pasó que se haya malinterpretado algo que dice o hace tu personaje?

—Mi personaje es una cosa loquísima, es extremísimo y nunca se prestó a confusión. Creo que se entiende todo porque es tan loco que no se entiende nada. Es la exesposa de uno de los protagonistas, pero al mismo tiempo está instalada en su casa. Es muy divertido hacer el personaje de Blanca, porque tiene un egoísmo que no es socialmente correcto, es alguien a la que todo le da lo mismo. Y yo intento ser una persona bastante correcta socialmente.

—¿Y Machos alfa es socialmente correcto o invita también a replantearse las cosas desde ese otro lugar?

—Invita claramente a replantearse qué nos pasa. Porque es verdad que creo que hemos dado muchos pasos con respecto a la igualdad, pero queda muchísimo por andar y me parece que fundamentalmente hombres, pero también mujeres, todavía no tienen integrada la conciencia del machismo existente. Por ejemplo, el mansplaining es el pan nuestro de cada día. Qué es eso de llegar a un sitio y que un tío te diga cómo hacer las cosas. ¿Por qué das por hecho que yo no tengo ni idea? A mí no se me ocurriría explicarle a nadie cómo hacer las cosas, no soy profesora de nadie.