Un relato desgarrador en primera persona mantuvo a la audiencia en un silencio cautivo y se esparció en las redes sociales entre la empatía y la admiración. En el habitual espacio reflexivo que propone el psicoanalista Gabriel Rolón en Perros de la Calle, un integrante del programa tomó el protagonismo para hablar en carne viva y casi en tiempo real de su situación. En ese ambiente a corazón abierto, Jairo Straccia, columnista político del ciclo de Andy Kusnetzoff, puso sobre la mesa el último mes en el que su vida se transformó en un torbellino de preguntas e incertidumbres.
Dolor, guardia, diagnóstico, tumor, familia, incertidumbre; palabras fuera de agenda que se volvieron mojones de su cotidianeidad. El testimonio de Jairo Straccia se corrió por un momento de la coyuntura política para contar una experiencia personal. Todo se remonta al pasado 28 de enero, cuando, a raíz de un dolor persistente en las costillas que no lo dejaba dormir, se acercó al Sanatorio La Trinidad. “Fui a la guardia para que me hagan una placa o algo y sacarme de encima”, recordó, como si fuera un trámite.
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Lo que parecía rutinario, dio un vuelco insospechado cuando ese resultado que se demoraba llegó por WhatsApp: “En un riñón se había detectado un quiste de apariencia maligna con un nombre técnico”, señaló. Llamó a su médico y la respuesta fue directa y conmocionante: “Esto pinta para que vaya a ser un tumor”. El motivo de la consulta quedó relegado. El dolor en la costilla pasó a segundo plano. El diagnóstico se impuso. Las casualidades habían hecho su trabajo.
“Si vos no venías, por ahí en diez años venís con un cáncer de pulmón”, lo alentó el médico. Aquel dolor en las costillas que lo aquejaba por las noches, se solucionó con analgésicos, como tantos otros. La verdadera batalla estaba en otro lado. Y la urgencia era diferente. De inmediato, llegaron más estudios, resonancia, consultas, la palabra “oncólogo” sobre la mesa. El médico explicó que la cirugía definiría si habría que sacar el quiste, medio riñón o el riñón completo. Después, la biopsia diría si el tumor había enviado células a otros órganos. El calendario se llenó de fechas: 10 de febrero, operación. 12 de febrero, su cumpleaños número 45. Jairo sintió que no tenía tiempo para perder, y entre prequirúrgicos y temores, la vida familiar se sacudió.
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A la hija mayor le costaba entender: “¿Qué es lo que tenés?” El del medio fue directo: “¿Vos te vas a morir, pa?” La más chica preguntó por qué no podría hacerle upa. En simultáneo, la pareja, el entorno, todos reacomodando sus rutinas. Las palabras “cáncer”, “muerte”, “tumor” rondaban la cabeza. El tiempo se comprimió. El día de la operación, en la camilla, el médico intentó alivianar con ese humor tan especial que manejan: “Estoy tranquilo, como Gardel cuando subió al avión”. Jairo lo entendió. Pidió que pongan un tema de Él mató a un policía motorizado antes de la anestesia.
Al despertar, la primera pregunta salió casi sin pensar: “¿Zafó el riñón?”. El equipo médico contestó que había quedado medio. Recién entonces, amparado en el cobijo familiar, se permitió aflojarse: “No había llorado en todo ese proceso”, admitió. El hijo del medio pidió: “Cuando te saquen medio riñón, mandame un chiste a ver si ahí estaba tu humor.” La respuesta: “¿Sabés por qué me quedó medio riñón? Porque soy riñón fijo”. El humor, otra vez un mecanismo de defensa, y a esta altura casi una cábala. Pero el resultado de la biopsia seguía pendiente.
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La espera se llenó de preguntas, y cada segundo que pasaba la sensación era peor. “¿Por qué me está llamando el médico y no me manda un mensaje?”, se preguntaba. El teléfono sonó el 13 de febrero, un día después de los 45. El tiempo entre la pregunta y la respuesta se volvió infinito. “Pudimos sacar todo lo que era malo. Quedó 0,3 milímetros sano en los conductos del riñón. Está libre de lesión. Considerate curado”. La directora médica sugirió: “Festejate un nuevo cumpleaños porque hoy empezás otra vida después de un nacer de vuelta.”
El retorno a casa llegó con la faja puesta, la herida reciente y la obligación de evitar esfuerzos durante un mes. Familiares, amigos y colegas celebraron en un alivio que sonó colectivo. Pero la mente, según Straccia, no encontró un cierre inmediato. “Ni a palos lo he podido procesar. Todavía tengo la faja y por suerte estoy casi diez puntos. Pero en mi mente fue una bomba de realidad.”
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El periodismo, las urgencias laborales, las discusiones políticas, todo lo cotidiano perdió relevancia frente al diagnóstico y la recuperación. En esos días, nada pesaba más que la incertidumbre sobre el futuro familiar. “Uno en el periodismo sobrevende todo el tiempo, todo es importante. El mismo mecanismo de la pelea política hace que todo parezca grave, lo que te dicen, lo que vos decís, lo que pasa en las redes. Y nada de eso me importaba en lo más mínimo en esos momentos donde no sabía cómo iba a seguir la vida de mi familia si todo venía mal”, reflexionó.
El diagnóstico forzó nuevas preguntas, sobre el sentido de la urgencia, el valor del tiempo, la adicción al trabajo y el verdadero peso de lo importante. “¿Para qué estamos corriendo? ¿Cuál es el sentido de estar persiguiendo qué cosas?“.
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