
Jimena Barón no es ajena a compartir su vida con sus seguidores. Cada emoción, cada episodio cotidiano se transforma en una historia con la que muchos pueden identificarse. Pero esta vez, la despedida de su hijo Morrison, a quien llama cariñosamente Momo, la llevó a un torbellino emocional en el que la risa y el llanto se entrelazaron.
Todo comenzó con un almuerzo especial. En una confitería, Momo, con su cabello rubio y su aire concentrado, corta una milanesa a la napolitana y puré de papas. La escena está teñida de una ternura sencilla: el niño había pedido que su madre lo pasara a buscar por la escuela para compartir la comida. “Mi chino que me pidió que lo venga a sacar del cole para almorzar juntos”, escribió la cantante, dejando ver la felicidad de ese momento compartido. La cuenta, eso sí, no pasó desapercibida: 16 mil pesos por el almuerzo, una coca y un agua.
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Luego, el abrazo. Jimena y Momo, apretados en un gesto de despedida, ella con los ojos cerrados, como intentando guardar la sensación de ese instante. “Este es mi hijo bombón”, escribió sobre la imagen. No es ningún secreto que madre e hijo tiene una relación espacial y que disfrutan de pasar el tiempo juntos, razón por la cual Jime siempre acepta las salidas en soledad que refuerzan aún más su vínculo. “Esta soy yo que quería volar regia, pero al parecer voy a viajar con esta cara de chancho por haber llorado una hora seguida (Desde que dejé al pibe en el colegio lit) por la culpa de irme + extrañitis aguda + más hormonas de embarazo que no deben cooperar en nada”, explicó una selfie de ella con los ojos hinchados de llorar.

La actriz y cantante, embarazada de su segundo hijo, no pudo contener la emoción al dejar a su hijo mayor en la escuela. “Me metí en una calle tranquila, me senté en la vereda y me largué a llorar con toda”, confesó. La imagen de una madre embarazada, sola, llorando en una vereda no pasó desapercibida: un patrullero frenó, y un oficial bajó a preguntarle si necesitaba ayuda. “De repente frena un patrullero y un amable policía se baja a preguntarme si necesitaba algo (le debe haber dado cosa mi zapan, no sé)”, bromeó Barón. Su respuesta al policía fue un acto reflejo de autopreservación: “Le agradecí y le dije que estaba llegando mi auto, re mentirosa”.
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A pesar del drama del momento, su sentido del humor pronto se impuso. La tristeza daría paso al entusiasmo por el viaje que la esperaba. Nueva York, compras, buenos restaurantes y su novio, al que, con su característico desparpajo, mencionó en términos que hicieron reír a sus seguidores: “No se preocupen que en un rato se me pasa y Momo la pasará genial, lo súper malcriaran y a mí me verán en NY haciendo compras totalmente desafectada preguntando quién es Momo”.
Para ilustrar su transformación emocional, Barón recurrió a un clásico de la televisión: una imagen de Carrie Bradshaw en Sex and the City, sonriente, cargada de bolsas de compras y hablando por teléfono. “No se gasten mucho en decirme nada profundo porque en horas estaré en NY fingiendo 90s, 1 peso=1 dólar, comiendo rico y lustrándole el pinocho a mi novio que está re fuerte y las hormonas para eso sí que cooperan”, bromeó la cantante de "La Cobra".
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El mensaje era claro: lo que hoy parece un drama absoluto, mañana puede ser solo una anécdota divertida. La historia de Jimena Barón es la de muchas madres que se debaten entre la culpa y el deseo de seguir adelante con su propia vida. Entre el amor absoluto por los hijos y la necesidad de un respiro. Y si algo ha demostrado a lo largo de los años, es que puede contar esas contradicciones con la mezcla justa de emoción y humor.
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