
La primera y más puntual es Sofía Jujuy Jiménez. A las diez y cuarto de la mañana del lunes la modelo está sentada en el área de maquillaje para que Andrés Parrilla ajuste los detalles de la caracterización que lograrán de Rosalía. En las carpas de Baires, en Don Torcuato, dentro de los estudios dónde en unas horas se grabará una nueva edición de La Academia de ShowMatch, se respira creatividad, libertad de acción y muchísima precisión.

“El proceso empieza cuando tomamos el molde de la cara. Hacemos un vacío de la cara y obtenemos un sello en positivo. Es un trabajo de compensación, porque después modelamos para hacer la máscara que queremos lograr. Todo mirando referencias en video y fotos del personaje a imitar. Es decir que no hacemos una máscara en cero, porque tenemos algo propio de la persona: una nariz, un pómulo”, aclara Parrilla, que es experto indiscutido en la materia y mientras a Jujuy terminan de aplicarle una nariz como la de la cantante española.

Al rato, Débora Plager se sienta en la silla de al lado y empieza a sentir el peso de la espuma de látex de su máscara de Elton John sobre piel. Todo mientras Irina, de peluquería, le hace la toca para que puedan ponerle la peluca del showman que en los años 80 ofreció mucho más que un hit. Entonces Andrés Parrilla sigue con la explicación de cómo se da el proceso. “Generamos las prótesis con plastilina. Tomamos un nuevo molde y retiramos la plastilina. Es decir que, con el positivo de la cara de la persona y el negativo de lo modelado, se vuelca en látex líquido y se generan bordes finos. Eso se cocina y vas obteniendo las máscaras, que luego se pegan con un pegamento importado especial”, detalla el maestro en la materia.

“De todas maneras, después de la máscara hace falta mucho trabajo final de maquillaje y de peluquería para lograr la apariencia final. Lo complicado es ir de una cara grande a una más chica. Cuando es de pequeña a voluminosa, es mucho mejor. Las caras lindas son las más difíciles de hacer. Tener que recrear una naricita, por ejemplo. Y si te fijas en Sofía como Rosalía, lo único que le toqué es la nariz”, apunta Parrilla señalando a la modelo. “Cuando hay más caricatura, como con Elton o Joaquín Sabina, es más divertido, jugás más y queda mejor”, asegura Parrilla.

Rondando las diez y cuarenta y cinco llega Ulises Bueno acompañado por su novia y partenaire, Rocío Pardo. Se le notan las ganas de ponerse en la piel de Sabina y el compromiso con el certamen. “Me afeité por primera vez en ocho años. Me corté todo”, ríe sobre la falta de práctica ante los maquilladores. “Esto se logra después de un gran trabajo en equipo. Somos varias personas funcionando como una fábrica. Porque los tiempos son fundamentales. Se ponen las prótesis acá, se maquillan allá. Pasan a peluquería y finalmente a vestuario con anteojos, lentes de contacto y uñas. Somos todos eslabones”, cuenta Parrilla.

Luego ofrece un secreto clave: “Muchas veces, así como hice con Mariana Nannis y su nariz, el otro día, me agarro de algún detalle del personaje a imitar. Es que esta es una técnica artística muy específica y complicada. Nosotros tenemos muy afilado esto porque lo trabajamos desde el año 98… Antes trabajé con Antonio Gasalla. Adquirimos precisión gracias a la continuidad. Solo así podemos caracterizar semejante cantidad de personas”. A esa altura, paciente y super entusiasmada, Mar Tarrés espera su turno. Será Thalía y repasar sus canciones es el mejor antídoto para esperar hasta que le llegue la hora.

A unos metros, en el sector de peluquería –liderados por El Cuba, que en rigor se llama Sixto Javier Valdés–, falta un par de minutos para las once de la mañana cuando Mario Guerci se deja acomodar el pelo hacia atrás. Será Ricky Martin y aclara que el mide 1.86, sólo cuatro centímetros más que el astro portorriqueño. Entonces El Cuba reflexiona: “La peluca salva al personaje o lo mata. Es el marco. Es lo que define. El color y corte tiene que ser lo más semejante posible. La mayoría de las nuestras son de pelo natural. Tenemos muchas prestadas, por suerte. Y hay también algunas de una fibra muy parecida, que no es natural, pero está muy bien lograda”, cuenta El Cuba. Y Germán Pérez, a cargo de maquillaje, mientras se lleva a Guerci para dibujarle por turnos con su equipo un tatoo en el pecho como el de Ricky Martin, asegura: “Aquí la clave es manejar los tiempos. Hay un momento en el que están todos los personajes dando vueltas por ahí, destartalados”.

Al fondo de la carpa, Lana Ferrando, habla del trabajo de vestuario. Ella y su equipo representa el último eslabón de la cadena. “A veces los artistas llevan algún relleno en el cuerpo o accesorios bien particulares para armar un personaje según la referencia. Cuando se traba de un cantante con mucha carrera, hay que elegir un look en particular. A veces tenemos que agregar hombros, pancita, apoyarnos en unos buenos anteojos… Las tres áreas laburamos en conjunto”, cuenta Lana y destaca el alivio que siente cuando ve al personaje listo. “Hasta que no pruebo no respiro”, cuenta la jefa de vestuario que trabaja desde 1998 con Marcelo Tinelli, mientras con Melina ajusta la chaqueta de Elton que usará Plager.

Falta un rato para que el conductor diga “Buenos días, América” y los pasillos son un ir y venir de plumas, prótesis y pelucas. Guerci está casi a punto para ser Ricky Martin. Jujuy no para de hablar imitando el tono español de Rosalía. Mar Tarrés sonríe con ganas ya en la piel de Thalia. Ulises Bueno dice que ya se acostumbró a la máscara de Sabina. Y Débora Plager, tal vez la más rotunda de las transformaciones, celebra ser Elton John. Porque la oportunidad de jugar a ser otro no es algo que se dé todos los días.
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