
Dicen que a los argentinos nos identifica el mate, el asado, el fútbol y a la lista podríamos sumar las canciones de Charly García. Seguramente ningún lector de esta nota y casi ningún argentino no puede tararear al menos una de ellos. Sus temas son cantados en fogones, reuniones, viajes, musicalizan videos familiares y son el argumento que muchos como padres, tíos y amigos, generación mayor usa para convencer a la generación siguiente acerca de la maravilla del rock. A Charly como a Maradona y otros ídolos argentinos se lo puede amar o detestar, se lo critica o idolatra, se lo imita o se lo copia pero jamás se lo ignora. Su enorme talento es tan incuestionable que trascendió las fronteras. Resulta imposible contar la historia de la música argentina del 60 para acá sin darle un espacio de honor a su obra. Pero su obra también permite acercarnos al corazón y a la mente de Carlitos, el niño que su madre soñó concertista y que su público lo erigió como la estrella de rock más grande de este país.
El primer álbum de Sui Generis se llamó Vida, salió en 1972 y abría con Canción para mi muerte, escrita luego de una visión que tuvo Charly mientras cumplía el servicio militar. Desde sus jóvenes 20 años, García escribía visceralmente, y junto a Nito Mestre le cantaban a una generación que enseguida los adoptó como propios. La música de Sui Generis fue la banda sonora de un rock que salía de las cuevas y alcanzaría una popularidad nunca antes conocida para un artista. La despedida con dos Luna Park repletos habla por sí misma.
Casi medio siglo después las canciones de Sui Generis siguen resultando iniciáticas. Necesito, Estación, Quizás porque, se replican en fogones y se reproducen en plataformas digitales. Son diáfanas, pero tienen contenido. Le cantan mucho al amor y eso tiene un condimento especial, incluido para el propio García. Fue después de un recital de Sui que Charly conoció al primer gran amor de su vida, María Rosa Yorio, la madre de su único hijo, Miguel.
Pero no solo de amor hablaba García en títulos como Cuando comenzamos a nacer, Confesiones de invierno o Aprendizaje. Sus letras también muestran el descontento con la sociedad, los padres, las instituciones. Y tienen una lucidez y una profundidad increíbles para un adolescente de clase media tirando a alta del barrio de Caballito, estudiante del Instituto Social Militar Dámaso Centeno. Cuando Carlitos descubrió a Los Beatles, su madre Carmen vio cómo se le esfumaba el sueño del hijo concertista. Su oído absoluto, descubierto por el maestro Eduardo Falú en una tertulia casera, advertía que el niño tenía talento. Ninguno estaba equivocado.
Después de la separación de Sui Generis y la experiencia con La Máquina de Hacer Pájaros, Charly García formó Serú Girán. El proyecto surgió en Búzios, en charlas con David Lebón, y luego se unirían Oscar Moro y Pedro Aznar. El comienzo del grupo fue también el de su relación con Zoca, una joven brasileña que fue su pareja durante más de diez años. A pesar del peso específico de sus integrantes y de contar con grandes canciones como Seminare o Eiti Leda, el debut no fue sencillo para Serú. Si el público tardó en comprender su música y letras y el gobierno militar jamás lo lograría.
En plena dictadura la grasa de las capitales no se aguantaba más y el grupo empezó a hacerse cargo de una realidad cada vez más compleja. Charly ya había sufrido la censura en tiempos de Sui Generis. Canciones como El Fantasma de Canterville debieron ser modificadas y otras, como “Botas locas”, directamente fueron quitadas de los discos. Había que ajustar las clavijas y así llegó Canción de Alicia en el país. Charly quería cantar y contar y para evitar que su tema sea censurado por el gobierno de facto de la época creó esta canción. La compuso para una película inspirada en el cuento de Lewis Carroll y le agregó toda la segunda parte, aquello de “No cuentes lo que viste en los jardines, el sueño acabó / ya no hay morsas ni tortugas…”. Ninguna canción reflejó con tanta certeza el horror de la dictadura.
Serú Girán se ganó el mote de “Los Beatles criollos”, y el talento de sus músicos lo refrendaba en discos y escenarios, pero, como ocurrió con Sui Generis, llegó el fin en la cúspide de la popularidad. Aznar aceptó la invitación de Pat Metheny y a principios de 1982 se fue a tocar a Estados Unidos. A modo de despedida, el grupo editó el potente álbum en vivo “No llores por mí, Argentina”. Charly ya tenía canciones para lanzarse como solista. Terminaba la era de los grupos y se venía la del músico que puso el cuerpo y el alma a la vida social argentina.
Con sus tres primeros trabajos como solista --Yendo de la cama al living, Clics Modernos y Piano Bar, Charly García supo contar y cantar como nadie la realidad argentina de los últimos años de dictadura y los primeros de democracia. Era el músico que pedía que no bombardearan Buenos Aires , que anticipaba el fin de los dinosaurios, que describía como nadie el inconsciente colectivo de la gente. Pero también era el artista existencialista, que hablaba a corazón abierto, el de los calambres en el alma, el que le contestaba a los que lo acusaban de venderse a una marca.
Ese combo genial le valió ser el primer solista en llenar estadios –diciembre de 1982 en la cancha de Ferro, aquel del bombardeo diseñado por Renata Schussheim- y el creador en esta tierra del concepto de estrella de rock, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva. “Demoliendo hoteles”, el tema que abre Piano Bar, es un reflejo de estas personalidades, totalmente autobiográfico, con su pasado transcurriendo como una película y el presente que narraba un incidente en un hotel de Mendoza.
La inspiración de García parecía no tener freno. Con el correr de la década, el rock argentino iba a colonizar al resto de los países de habla hispana y allá iría Charly con sus canciones, como No voy en tren, Fanky y Rezo por vos, la gran colaboración que Charly García y Luis Alberto Spinetta aportaron al fogón popular.
García entró a los ‘90 con esta hermosa canción que abre su disco Filosofía barata y zapatos de goma. Un Charly que asume sus problemas, sus dos personalidades, -“cuando mi mirada esté en otro lugar/ no te acerques a mí porque sé que te puedo lastimar”- y de alguna manera pide ayuda. Una de las personas que recogió el guante fue Mercedes Sosa. Desde el regreso de la Negra a principios de los ‘80 habían creado un lazo fuerte y único, compartiendo escenarios y generando una hermosa relación madre/hijo. La canción fue de las preferidas de la cantora tucumana y forma parte de un disco histórico para la música popular argentina como “Alta fidelidad. Mercedes Sosa canta Charly García”, que lo llevó por primera vez al escenario de Cosquín, para horror de los tradicionalistas.
El registro en el MTV Unplugged fue otro de los puntos altos de una década en la que el cuerpo empezó a pasarle factura, además de la ruptura definitiva con Zoca y fue cuando el desorden total llegó a su vida. El constante concepto de “Say No More” tocó niveles exorbitantes y empezó a captar la atención de curiosos, malas compañías y gente inescrupulosa. Su pelea televisada con Andrés Calamaro fue quizá la muestra más triste de ello y el salto del noveno piso en Mendoza, la prueba de que todo se había ido de control.
Los 2000 fue la década que Charly García vivió en peligro. En uno de los cortes de “Influencia” se autodefinió como un “vicio” que, según sus propias palabras, comparten dos generaciones en Argentina y América Latina. Pero otros vicios lo llevaron a estar demasiado cerca de la muerte. Otra vez fue en un hotel de Mendoza y una crisis nerviosa que tristemente se hizo pública.
Luego de una internación en una clínica neuropsiquiátrica, el músico fue trasladado a la quinta de Palito Ortega, en Luján. El estudio de grabación iba a ser el ámbito ideal para su recuperación, y allí creció su relación con Palito y su familia, pese a estar en bando opuestos en la disputa rockeros versus Club del Clan. Luego de un show sorpresa al aire libre en Luján, se organizó una gira por Latinoamérica que tuvo su punto máximo exactamente diez años atrás, en el estadio de Vélez y bajo una lluvia torrencial e imparable. Como si él hubiera planeado todo de antemano, el material del concierto se iba a publicar bajo el nombre de “El concierto subacuático”.
La última resurrección de Charly García cobró forma en febrero de 2017 cuando se publicó Random, su decimotercer disco en solitario. Se trata de diez canciones que resumen su trayectoria, entre su Say No More y el amor de siempre por Los Beatles. De a poco, el músico volvió a los escenarios. Sus conciertos se anuncian de un día para otro y las entradas se agotan en cuestión de minutos. Sus apariciones populares están lejos de las páginas policiales y cerca de la música. “Por eso diseñé la máquina de ser feliz”, canta García en uno de sus últimos temas, y la pregunta surge inevitablemente. ¿Quién no ha sido feliz con las canciones de Charly García?
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