
Hay una historia que a políticos y optimistas tecnológicos les encanta contar. Va así: cuando apareció el cajero automático en los años 70, todos predijeron que los empleados de ventanilla del banco desaparecerían. No pasó. Hoy hay más cajeros humanos que antes. Moraleja: la tecnología no destruye empleos, los transforma. Es una historia reconfortante. También es falsa.
David Oks, ensayista y economista que publica en su blog homónimo en Substack, acaba de desarmar esta parábola con datos y con una tesis que debería incomodar a cualquiera que trabaje con inteligencia artificial. Su argumento central: la fuerza real de una tecnología no se mide por las tareas que automatiza dentro de un sistema existente, sino por los paradigmas nuevos que crea y que vuelven esas tareas innecesarias.
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La parábola que dejó de ser verdad
Los datos son elocuentes. Cuando los ATM se masificaron en Estados Unidos entre 1975 y 2005, el número de cajeros humanos por sucursal efectivamente bajó de 21 a 13. Pero como operar una sucursal se volvió más barato, los bancos abrieron más sucursales. Resultado neto: más empleados bancarios, no menos. Los economistas James Bessen y David Autor lo documentaron extensamente. Es el efecto Jevons en su máxima expresión: la eficiencia no reduce la demanda, la amplifica.
Hasta el vicepresidente de Estados Unidos, J. D. Vance, citó esta historia en una entrevista reciente con el New York Times como prueba de que la IA no debería preocuparnos. El problema, señala Oks, es que Vance cuenta solo la primera mitad de la película. Hoy Estados Unidos tiene la mitad de los cajeros bancarios que tenía en 2007. De 332.000 empleados de ventanilla en 2010 se pasó a 164.000 en 2022. La caída no fue gradual: fue un desplome.
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Lo que realmente mató al cajero de banco
No fue el cajero automático. Fue el smartphone. Cuando el iPhone popularizó las aplicaciones bancarias, la relación entre el cliente y su banco dejó de pasar por la sucursal física. No se trató de automatizar la tarea del empleado de ventanilla: se trató de crear un canal completamente nuevo donde esa tarea dejó de existir. Bank of America cerró el 40% de sus sucursales entre 2008 y 2025. En todo Estados Unidos había unas 100.000 sucursales en 2009; hoy quedan menos de 72.000, según datos de la FDIC.

La distinción que hace Oks es precisa y tiene implicaciones enormes: el ATM intentó hacer el trabajo del cajero de forma más barata; el iPhone hizo que ese trabajo dejara de ser necesario. Uno automatizó tareas dentro de un paradigma existente. El otro creó un paradigma nuevo donde esas tareas simplemente no tenían lugar.
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El espejo incómodo para la inteligencia artificial
Aquí es donde la historia del cajero bancario se vuelve relevante para todos nosotros. Hoy la conversación dominante sobre IA gira en torno a la idea del agente inteligente como un “trabajador remoto” que se inserta en flujos laborales existentes. Y hay buenas razones para ser escépticos de que eso, por sí solo, produzca el cataclismo laboral que muchos temen. Mientras la IA se limite a encajar en estructuras diseñadas alrededor del trabajo humano, encontrará las mismas fricciones y cuellos de botella que encontró el ATM.
Pero la amenaza real no viene de ahí. La amenaza real —y también la oportunidad real— llega cuando alguien diseñe el equivalente al iPhone para cada industria: un paradigma nuevo, construido desde cero alrededor de lo que la IA puede hacer, que vuelva irrelevantes los procesos que hoy conocemos. No un asistente que ayuda al periodista a escribir más rápido, sino una arquitectura informativa donde parte de la producción se reorganiza por completo. No un chatbot que atiende clientes como lo haría un humano, sino un sistema donde la atención al cliente tal como la entendemos deja de tener sentido.
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Oks lo plantea sin ambigüedad: las verdaderas ganancias de productividad no vendrán del “trabajador remoto” de IA, sino de lo que llama “la empresa completamente automatizada”. Y advierte que no sabemos todavía cómo serán esas nuevas estructuras.

Sin consuelo fácil
En Infobae llevamos tres años construyendo herramientas de IA que operan dentro del periodismo. Conozco de cerca las fricciones que Oks describe: insertar IA en un flujo de trabajo humano es mucho más difícil de lo que los demos de Silicon Valley sugieren. Pero también sé que la comodidad que da esa dificultad es falsa. El verdadero cambio no se anuncia; simplemente aparece un día y el paradigma anterior ya no tiene sentido.
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La parábola del cajero automático no es un argumento a favor de la tranquilidad. Es, justamente, lo contrario: la prueba de que la disrupción real viene de donde no la estamos mirando. Y de que la única defensa razonable no es esperar a que la ola pase, sino ser quien diseña la nueva tabla.
Fuente: David Oks, “Why ATMs didn’t kill bank teller jobs, but the iPhone did”, davidoks.blog, 10 de marzo de 2026.
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