
Los efectos que el cambio climático ha desarrollado en el medioambiente no solo afectan a los ecosistemas naturales “ajenos” al ser humano, sino que de una u otra forma también terminan perjudicando a las personas, tanto en las formas como estas se relacionan con los recursos naturales como en su salud.
Un ejemplo de esta problemática es la forma en que la calidad del aire puede afectar al sistema respiratorio humano, teniendo en cuenta las partículas tóxicas que pueden viajar a través del viento y terminan depositándose en las fosas nasales antes de ingresar al resto del cuerpo. Sin embargo, conocer de primera mano la contaminación del aire en un lugar específico puede ser una tarea que aunque no es imposible si se puede considerar como difícil para la tecnología actual.
Pensando en esta necesidad, un equipo de investigadores de la Universidad de Northwest desarrolló un microchip del tamaño de un grano de arena que, con ayuda del viento, puede volar a través de una corriente de aire y detectar casi sin errores su nivel de toxicidad.
De acuerdo con un estudio publicado en la famosa revista científica Nature, estos artefactos, cuya base de inspiración es la misma ciencia presidida por los fenómenos naturales, pueden ser considerados como los dispositivos voladores más pequeños construidos en la historia de la humanidad.
Rogers especificó que al observar la forma en que las semillas de álamo y otro tipo de árboles se mueven a través del viento con un movimiento como de helicóptero, se originaron en su equipo una serie de interrogantes que derivaron en el inicio de esta investigación.
“Decidimos que podría ser una dirección interesante a seguir y comenzamos a hacer preguntas como: ¿Cuáles son los conceptos físicos fundamentales que están detrás de la forma en que las plantas se dispersan? ¿Podríamos aprovecharlos, reducirlos y aplicarlos a las clases emergentes de electrónica miniaturizada?”, explicó.
El resultado fue la creación de unos microchips que, con un tamaño casi indetectable al ojo humano, pueden viajar siguiendo la corriente del viento en busca de partículas contaminantes que puedan afectar al ser humano en su propio ecosistema, así como la posibilidad de rastrear las células patógenas que viajan a través del aire.
“Creemos que hemos vencido a la biología (…) hemos podido construir estructuras que caen en una trayectoria más estable a velocidades terminales más lentas que las semillas equivalentes”, añadió Rogers.
Aunque la funcionabilidad de estos pequeños dispositivos puede ser de gran ventaja para las personas, el equipo científico a cargo de su creación aseguró, también, que la idea no es que una de estas partículas tenga una gran vida útil sino que con el paso del tiempo se pueda ir degradando en medio del viento, todo esto sin afectar de forma considerable el desarrollo normal del medioambiente.
“Eso es lo que nos llevó a emprender este camino de pensar en la biorresorción en el contexto de dispositivos ambientalmente degradables que podrían dispersarse, pero de una manera que no tendría que preocuparse por los flujos de desechos electrónicos asociados”, añadió Rogers.
Por último, el científico en jefe manifestó que “no pensamos en estos dispositivos (…) como componentes de monitoreo permanente, sino más bien como componentes temporales que abordan una necesidad particular que tiene una duración de tiempo finita (…). Esa es la forma en que estamos imaginando las cosas actualmente: monitoreas durante un mes y luego los dispositivos se apagan, se disuelven y desaparecen, y tal vez tengas que volver a implementarlos”.
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