
Cristian “Pity” Álvarez llegó al edificio del Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional N° 29 este lunes pasadas las 10.30. Esta vez no había un escenario esperándolo. Tampoco miles de fanáticos con banderas coreando sus canciones. Quienes aguardaban su llegada eran periodistas, camarógrafos, policías y, unos pisos más arriba, los tres jueces que finalmente lo juzgarán por el crimen de Cristian Maximiliano Díaz, delito por el que está imputado y podría enfrentar una pena de 8 a 25 años de prisión.
El ingreso del músico al edificio tuvo algo del caos que suele rodearlo, aunque el contexto era completamente distinto. Fotógrafos y camarógrafos se agolparon para conseguir la mejor imagen, mientras los cronistas lanzaban preguntas a los gritos. En medio del tumulto, una voz sobresalió sobre la vereda de Paraguay al 1500: “¡Pity es inocente!”. Era Johana, de 32 años, la única fanática que se acercó hasta los tribunales para apoyarlo.
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“Pity” atravesó ese enjambre con una gorra de felpa negra y anteojos de sol que contrastaban con las mechas rubias que asomaban por debajo del sombrero. Llevaba calzas, borcegos y una remera con una frase de “Nunca quise”, uno de los temas de Intoxicados: “Y si esperás, vas a entender”, decía. Encima, una imagen de la runa Algiz, asociada a la protección.

Una vez dentro de la sala, la escena cambió. A pocos metros, Jacqueline Guzzardi, la hija de Díaz, observaba en silencio. Cuando comenzó la lectura de la acusación por el homicidio de su padre, bajó la mirada hacia el piso.
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Pity se quitó el sombrero y los anteojos, se sentó junto a sus defensores y se desplomó contra el respaldo de la silla. Así estaba, semidormido y los brazos extendidos cuando el presidente del tribunal, Gustavo Goerner, le preguntó si iba a declarar. “Si usted decide no declarar, no hay problema. Puede hacerlo más adelante, las veces que lo crea conveniente para su defensa”, le dijo.
—¿Va a declarar?
Pity acercó al micrófono, aunque esta vez no sería para cantar.
—Más adelante —respondió.

A pesar de la negativa, el cantante respondió algunas preguntas personales. Dijo que no recordaba su número de DNI ni su domicilio anterior y, cuando le preguntaron por su profesión, contestó: “En este momento, la música”.
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También enumeró sus problemas de salud —hipertensión, diabetes y las secuelas de una operación de cadera— y reconoció haber tenido problemas de consumo: “Muy adicto a la pasta base”. Aseguró que actualmente solo “coquetea con la marihuana”.
Su defensor, Javier Aldo Marino, aprovechó el interrogatorio para profundizar sobre el grado de autonomía que tiene actualmente. Pity contó que no participa de la organización de sus recitales ni maneja su dinero. Según explicó, su hermana le deposita cada dos o tres días dinero en una billetera virtual y, cuando necesita hacer alguna compra, se lo comunica para que ella la pague.
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También dijo que precisa que le recuerden la medicación que debe tomar diariamente y mencionó a su hermana y al padre César como las personas que se ocupan de hacerlo.

Tras su declaración el cantante pidió ir al baño. Cuando regresó a su lugar su estado terminó convirtiéndose en el centro de la audiencia. Una vez más se recostó contra el respaldo de la silla, estiró los brazos, echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Por momentos parecía dormido y roncando. Marino llegó a tocarlo en el hombro para que levantara la cabeza y prestara atención. Lo hizo, aunque poco después volvió a quedar con los brazos cruzados y la cabeza hacia abajo.
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La imagen llevó al defensor a insistir con un planteo que ya había realizado antes del comienzo del juicio. “El señor Álvarez no está presente. Yo lo he advertido”, sostuvo. Para Marino, el comportamiento que exhibía su asistido era una nueva demostración de la disminución de sus capacidades y de que no estaba en condiciones de seguir el debate. Por eso pidió suspender la audiencia y realizar nuevos estudios, que, estimó, podrían demandar “capaz dos meses”.
“No me parece razonable que se someta a juicio a una persona que no está presente”, insistió. Y anticipó que no abandonaría el reclamo: “Le pido que tenga la inmensa amabilidad de tener paciencia porque habré de señalar una y otra vez que mi asistido no está presente”, le dijo al presidente del tribunal.
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La fiscalía reaccionó con dureza. Sandro Abraldes acusó a Marino de intentar “obstruir el desarrollo del debate” y sostuvo que la cuestión ya había sido analizada y resuelta. Pero, además, confrontó lo que estaba ocurriendo dentro de la sala con la actividad que Pity había desarrollado fuera de los tribunales durante los últimos meses.
Según Abraldes, esa desconexión que advertía la defensa “no se verificó en el Kempes, ni el 1° de agosto en el Roxy, ni tampoco en la reciente entrevista que el cantante dio a la revista Rolling Stone”. Y enseguida lanzó la frase que marcó el momento de mayor tensión de la jornada: “La otra posibilidad es que al señor Álvarez Congiú este juicio lo aburra. Dormirse o aburrirse no habilita a suspender el juicio”.
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El fiscal fue todavía más allá. Dijo que se trataba de una persona que “selectivamente elige en qué actos de la vida social participa y en qué actos no”, recordó que organiza recitales y se expresa en redes sociales y pidió rechazar nuevamente la suspensión. Fernando Burlando, representante de la familia de Díaz, adhirió a su postura.

Tras unos minutos de deliberación, los jueces desistieron del pedido de la defensa. Recordaron que el planteo sobre la capacidad de Álvarez ya había sido tratado en dos oportunidades y volvieron sobre el dictamen del Cuerpo Médico Forense, que concluyó que cuenta con una “reserva cognitiva” suficiente para afrontar el juicio.
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Además, utilizaron lo que acababan de observar en la propia sala para fundamentar la decisión: Pity había respondido las preguntas que le formularon, había manifestado comprender la acusación y, cuando Marino le pidió que prestara atención, reaccionó y volvió a seguir lo que ocurría. Para el tribunal, no se había acreditado una imposibilidad que justificara interrumpir el proceso. “El desarrollo del juicio no puede quedar supeditado a la voluntad del acusado”, sostuvo Goerner.

El estado del músico también terminó condicionando la organización de las próximas jornadas. Antes de dar por terminada la audiencia, las partes discutieron cuántos testigos podrían declarar por día sin que el debate se extendiera más de lo que Álvarez estaría en condiciones de tolerar.
Para la próxima audiencia, prevista para el miércoles, la fiscalía había preparado diez testimonios: nueve testigos presenciales y una declaración que sería incorporada por lectura. Marino volvió a objetar: “No hay manera de que el señor Álvarez pueda estar atento a esta cantidad de declaraciones”.
Goerner le preguntó entonces cuántos testigos consideraba razonable escuchar. Después de un intercambio en el que también intervino Burlando, llegaron a un acuerdo: serán cinco, con audiencias de aproximadamente tres horas. El juicio continuará el miércoles.
Pity se fue así de la primera audiencia de un juicio que su defensa intentó, una vez más, suspender. Como dice la letra de la canción que llevaba estampada en la remera: “Cuando las cosas salen como no las espero, la vida me hace más guerrero”.
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