
Pablo Nahuel Cabral fue arrestado la semana pasada en su aguantadero de la calle Ivanowski, en la zona de Merlo. Descartó su celular apenas vio a los detectives que llegaban por él, pero no se resistió demasiado. En parte, sabía lo que le venía. Así, esposado por el Departamento Antisecuestros Sur de la DFI de la Policía Federal, “El Gordo”, con una ametralladora AK-47 tatuada en su bíceps derecho, se agazapó en la vereda con la suerte de los perdedores. Minutos más tarde, sin forcejeo alguno, se dejó llevar.
Cabral tiene 24 años. Oriundo de Ciudad Evita, nació el 21 de febrero de 2001, en la antesala de la peor crisis de la Argentina en democracia. Joven, sin dudas, aunque la foja de acusaciones en su contra es pesada, propia de un sargento del hampa de la zona oeste que incluía un pedido de captura firmado por el juez federal Juan Manuel Culotta, tras una investigación del fiscal Sebastián Basso, el mismo que requirió el juicio por ausencia a los responsables de volar la AMIA.
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Tras su arresto, ocurrido el domingo pasado, lo esperaba su indagatoria en la Justicia federal, realizada vía Zoom.
Para empezar, a Cabral lo buscaban por narco, por ser el presunto jefe de una banda de dealers dedicada al menudeo de cocaína en villas de La Matanza, como Puerta de Hierro y San Petersburgo, custodiado por una tropa de soldaditos, de acuerdo a un informe policial del caso.
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También, lo buscaban por asesino, por presuntamente matar de cuatro tiros a un rival en el negocio de la droga en Puerta de Hierro, un crimen investigado por el fiscal Claudio Fornaro.
El asesinato ocurrió el 11 de febrero de este año; su captura nacional e internacional fue requerida por Fornaro un mes después. La fecha es notable: para ese entonces, mientras Cabral ajustaba sus presuntas cuentas, la Justicia lo buscaba por el secuestro más feroz y misterioso de la historia reciente.
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Una madrugada de trabajo
Ocurrió el 18 de marzo de 2024, cuando cuatro hombres se reunieron para cenar en un restaurante de pollo a la brasa estilo peruano en la avenida Roosevelt de Villa Celina.
Ciertamente, la hicieron larga; permanecieron en su mesa hasta las 6. Luego, con el sol, amanecidos, se fueron a trabajar.
Se dirigieron a una plazoleta en la esquina de Roosevelt y Cafferata, a cinco cuadras de distancia, a bordo de un Peugeot 505 y un Citröen C4. Allí, un hombre de 32 años, también peruano, vecino de la zona, sin un alta en la AFIP ni un trabajo aparente, tomaba cerveza contra el capot de su camioneta, en medio de una cita con dos amigas.
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Los cuatro descendieron de sus vehículos, pistola en mano. Las amigas entendieron el mensaje. El hombre en el capot lo entendió también. Abordó uno de los vehículos sin discutir, en una secuencia filmada por una cámara de seguridad de la vereda de enfrente, con un video que ilustra esta nota.
Así, tras un periplo que incluyó varias villas, como la Palito y Puerta de Hierro, lo llevaron a un rancho en la zona de Antonio Seguí, donde comenzaron una serie de llamados a sus hermanos. Allí, sus captores establecieron sus términos: 200 mil dólares o la peor de las muertes.
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Así, el hombre del capot permaneció cinco días encerrado. Fue liberado el 23 de marzo en Florencio Varela, cerca de una remisería en la avenida Hudson al 4600, desde donde llamó no a sus hermanos, sino a su ex mujer.
Un patrullero llegó poco después. Rengueaba, sangrando. “Lo hicieron mierda”, aseguraba en 2024 a Infobae un investigador clave del caso, sin lugar para metáforas. Los secuestradores no solo lo golpearon mientras lo mantenían atado. Le dieron con sus puños y con una tabla de madera. Luego, lo quemaron con cigarrillos.
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Finalmente, le dispararon en la pierna izquierda.
Sin embargo, al hombre de Villa Celina le dispararon gratis. Nunca se pagó un solo dólar por su liberación. El pago de ese rescate, supuestamente, fracasó, según un testimonio de la causa.
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El Salón de la Fama de Diomedes
Esta semana, el fiscal Basso pidió el procesamiento de Cabral al juez Culotta tras su indagatoria, donde se negó a declarar. Las pruebas fueron abrumadoras para imputar a “El Gordo”.
Lo complicaron los cruces de redes sociales, las pericias telefónicas, el testimonio de un hombre clave en la causa que cerró el círculo en su contra. Sin embargo, queda el misterio más grande de todos: ¿por qué se llevaron sin cobrar al hombre de Villa Celina?
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Cabral, a pesar de todo su peso en el oeste, en este caso, no habría sido el cerebro de la historia, sino un matón a sueldo. El hombre secuestrado nunca explicó por qué se lo llevaron. El fiscal Basso no podía compulsarlo a que lo haga, siendo la víctima.

Hubo operativos tras el secuestro: la DDI de La Matanza allanó varios objetivos, capturó a sospechosos como Francisco Fernández, alias “El Verdugo”, nacido en 1983, con domicilio en un monoblock de Ciudad Evita, un típico matón que cayó con 17 celulares, con otros tres arrestados en aquellas redadas en 2024 y otros dos sospechosos que siguen prófugos.
Varios de los detenidos por la Bonaerense ya fueron excarcelados, o gozan de prisiones domiciliarias concedidas en los tribunales federales de San Martín, donde se juzgan hechos del fuero cometidos en La Matanza.
Había sospechas de diversos grados en torno al caso, dado semejante comando. No se trataría de una simple fija, un secuestro de acuerdo a las reglas usuales. Al hombre de Perú, tal vez, se lo habrían llevado por una venganza ordenada desde su país natal. También, por una interna narco.
Un año y cuatro meses después, la segunda pista parece la correcta. Hay un hombre preso en la causa, llamado Diomedes Reymundo Moreno, peruano tal como la víctima, que tal vez sepa algo.

Diomedes, hoy encerrado en un penal federal, tiene cuatro números de DNI a su nombre; uno de ellos fue emitido durante una estadía en una prisión argentina. Para el investigador de la Justicia, fue quien habría ordenado raptar al hombre de Villa Celina.
Basso descubrió que Diomedes se reunió con la banda de captores poco antes del golpe; dejó la zona poco antes del secuestro, según análisis de lectores de patentes y un testimonio crucial. Un impacto de celda lo ubicó en una gomería de Villa Celina tras el rapto, un momento clave en la historia.
La PFA lo allanó al detenerlo. Le encontraron dos curiosos cuadros que ilustran esta nota; podríamos llamarlos dos collages. Allí estaba Diomedes con un Johnny Walker Gold Label, una colina de dólares, una Mágnum .44, rodeado de todos sus héroes, reales o ficticios: Tommy Shelby de Peaky Blinders, Tony Montana en Scarface, El Patrón del Mal, Don Vito Corleone y Al Capone
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