
A todos los aplicados les llega su día.
En octubre de 2021, la Policía de la Ciudad arrestó a nueve sospechosos de vender droga en la Villa 31 bis, un procedimiento de tantos. Tula Quevedo Sánchez y Guillermo Paz Barrientos -ambos oriundos de Perú- fueron sorprendidos en su casa de la manzana 15 bis con dos de sus hijos. Guillermo había salido en julio de 2019 del penal de Ezeiza, con libertad condicional por el Tribunal Oral Federal N°4. Allí, las autoridades del SPF habían marcado su buena conducta con nota de 8, algunos estudios intramuros. Sin embargo, dieron su negativa unánime a que reciba el beneficio. El tribunal se lo dio de todas maneras. “Se contempla la existencia de un domicilio sito en la Manzana 15″, donde Tula actuará “como referente”, aseguraron en el fallo.
A Guillermo le habían dado un año de prisión efectiva por transa, cuando lo vincularon a otro hombre peruano con base en el barrio San Martín de la 31 bis junto a las vías del ferrocarril. Le habían allanado su casa en la manzana 15, para encontrarles 100 papeles con droga. Los documentos relevados no hablan de una organización mayor, de que trabajaran para un jefe transa; tal vez, llaneros solitarios en una nueva frontera.
Sin embargo, documentos oficiales de la Justicia de Perú revelan algo más temible. En diciembre de 2019, la Sala Penal Permanente de la Corte Suprema de Justicia de la República, declaró procedente la extradición a pedido del Juzgado N°5 porteño de Martha Isabel Camacho Mory, una mujer peruana aparentemente sin DNI en la Argentina, por una tentativa de homicidio agravada por la participación de dos o más personas. Los blancos: Guillermo y Tula Quevedo, supuestamente herida en el ataque.
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Esta semana, Guillermo, alias “El Borrego” y su pareja, Tula, fueron detenidos otra vez en su casa de la manzana 15.

Allí, les encontraron una pistola calibre .32 con tres balas en el cargador y unos pocos billetes, en una causa a cargo de la fiscal Cecilia Amil Martín de la UFEIDE y la División Antidrogas Norte de la Policía de la Ciudad. Los acusaron de ser jefes de su propia célula de transas. Otras siete personas terminaron detenidas en la redada, presuntos dealers que cayeron con cocaína fraccionada.
El mapa de la Villa 31 cambió considerablemente desde los días del terror de 2015, con varias olas de homicidios. Los grandes capos como “Ruti” Mariños y César Morán de la Cruz se vieron desgastados por las condenas y la persecución judicial y policial. Así, surgieron pequeños traficantes de entre las ruinas del viejo negocio que lograron comandar a sus tropas. “El Borrego” sería uno de ellos.

“El Borrego” no es el único. El 7 de noviembre del año pasado, la Policía de la Ciudad ingresó a la Villa 31 bis para arrestar a Zulma Luz Aquino Muñoz, oriunda de Perú. La allanaron en su casa en la calle Colibrí, luego, en el kiosco narco con puerta de metal que controlaba en la manzana 113, en medio del barrio San Martín. La División Investigaciones Antidrogas Área Norte, bajo la fiscal Cecilia Amil Martín, le incautó el stock que guardaba en su casa. Había 91 gramos de pasta base, 13 de cocaína, balanza, teléfonos, efectivo. En el búnker en la 113 -un monoambiente en un segundo piso decididamente precario, un cubo de ladrillo hueco con reja soldada, al que se llegaba por una escalera caracol- ocultaba otros 107 trocitos de pasta base para vender.
“Peluca siempre presente”, decía la pintada en su frente.
Según la acusación en su contra, Zulma Luz vendía pasta base. No lo hacía con los típicos dealers que suelen verse en la 31, chicos oriundos de Perú o de Paraguay, que van en sus motitos, rápidos por los pasillos, sin decir mucho, despiadados si hace falta. Lo hacía con adictos.
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