
La semana pasada, detectives de elite de la división Homicidios de la PFA arrestaron a Carlos Manuel Willing, alias “El Loco”, “El Colifa”, un ex oficial primero de la Policía de la Ciudad, ex Federal, que se había dado de baja de la fuerza porteña en 2020 para convertirse en empresario, cuando se autodenominó director y presidente de una firma que lleva su apellido, dedicada al rubro de las telecomunicaciones e instalación de internet. En paralelo, estaba involucrado con otra empresa, con la que se lo vincula a un rojo deudor de más de tres millones de pesos en cheques sin fondo.
Pero sus viejos compañeros no lo buscaban por moroso incobrable. La jueza Paula González había ordenado su captura por los delitos de tentativa de femicidio, lesiones calificadas, robo. La víctima era su ex pareja, una joven oriunda de Paraguay, de 29 años, beneficiaria de planes sociales.
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Un patrullero fue a buscarlo en repetidas ocasiones, sin encontrarlo, buscado desde febrero de este año. El ex policía hacía difícil el rastro. No vivía en ningún domicilio asentado en ningún sistema. Los informes de empresas de celulares y Migraciones no revelaban ningún dato de interés, tampoco su vieja ficha policial.
Tras rastrearlo, lo encontraron finalmente en la esquina de Sucre y Garibaldi en Lomas de Zamora, vestido pulcramente, con el pelo recién cortado. “Empresario”, dijo cuando lo arrestaron. Los detectives de la brigada especializada en capturas complejas de la federal Federal se rieron por lo bajo, pero no mentía. Un rastreo fino llevó a su nuevo domicilio: encontraron que vivía en Ciudad Oculta, en Villa Lugano. También, encontraron que supuestamente tenía una novia.
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Esa novia estaba internada. Willing iba a visitarla en ese momento al hospital José Estévez, en la calle Garibaldi. El ex policía iba a diario. Entonces, fueron por él. No se resistió mientras lo detuvieron en la vereda. Tras pasar la noche enjaulado, “El Loco” fue indagado por la jueza González. No se negó a hablar, todo lo contrario. Lo que dijo fue sorprendente: la mujer que fue a ver al hospital era la misma mujer que lo denunció, la supuestamente golpeó hasta casi matarla. No solo eso: estaba embarazada.
La jueza González corroboró sus palabras. Willing no mentía. Sin embargo, lo dejó preso y denegó un pedido de excarcelación de su defensa, sin todavía resolver su situación procesal. La presunta reconciliación y en el embarazo no cambiaban nada. “Hay una biblioteca entera que habla del círculo de violencia y sus implicancias. Es parte del conflicto y la falta de posibilidades de las mujeres”, dice una fuente clave en el expediente. La víctima que lo denunció jamás había avisado a la Justicia de este embarazo, o de su regreso con el hombre al que acusó de intentar matarla.
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El pedido de detención firmado por González reseña la historia de violencia. Hay episodios de una brutalidad particular, la mano del hierro del machismo sin freno. A Willing se le imputaron cinco hechos distintos, un peor que el anterior. Las golpizas habían comenzado al menos en 2018, cachetadas, empujones contra la pared, golpes de puño en la cara para que todo el barrio oyera.
El punto de quiebre ocurrió el 9 de octubre de 2021 en la casa que compartían en Ciudad Oculta. La semana había tenido otros episodios. Seis días antes, el ex policía le había arrebatado el teléfono, reprochándole que había cortado la relación. Willing, según el testimonio en su contra, llegó enfurecido a las 3 de la mañana. Comenzó a golpear la puerta, a gritar. Logró romper la puerta de madera. Al entrar, le mostró un palo a su víctima, la tomó del pelo y sin soltarla le reclamaba que lo hubiese dejado solo, la insultaba.
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Luego, la colocó contra la pared y la sujetó del cuello con las dos manos. Su víctima le hizo señas, que por favor se detuviera, que no podía respirar. Willing desistió. La mujer pedía por su vida mientras el ex policía la sujetaba de la ropa, del cabello y la insultaba. Le decía que era “una forra, una puta, una mierda”. Luego, le sacó la remera y la dejó en ropa interior. Dos o tres veces le sujetó la cabeza y la golpeó contra la pared.
“Si seguís forreándome vas a terminar en el hospital”, remarcó Willing.
Ya había un patrullero en la vereda. Una amiga de la víctima, aterrada, llamó al 911. No le importó. Trabó la puerta de la casa con un ropero y siguió golpeándola, de acuerdo a testimonios.
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