
Marcelo Medina rezaba a los gritos y repetía una y otra vez: “No tengo nombre, será el que Jesús me indique”.
El joven de 19 años estaba arrodillado en el living de la casa que compartía con su familia, en Villa Gesell. Decía incoherencias mientras miraba al cielo. Era la madrugada del sábado 8 de mayo pasado y sus padres miraban atónitos la situación, sin entender qué pasaba. Jamás habían vivido un episodio de esa naturaleza con su hijo. Su padres, Miguel y Carina decidieron llamar a la policía, pero fue en vano porque los oficiales no supieron qué hacer. También intentaron ir a un hospital, pero no los quisieron atender.
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La increíble secuencia terminó con Marcelo escapándose por una de las ventanas de su casa, esa misma noche. El joven lleva más de un mes desaparecido y, hasta el día de hoy, su paradero es un misterio tanto para la Policía Federal como para la fiscal Verónica Zamboni, la misma que elevó a juicio a los rugbiers acusados de matar a Fernando Báez Sosa.
Ahora, la Justicia intenta determinar si los restos humanos encontrados por un pescador el 29 de mayo pasado, mientras pescaba con su familia en la costa de Mar de Ajó corresponden de Marcelo. Para eso, la fiscal ordenó que le extraigan sangre a los padres para hacer el cotejo.
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Insólitamente, las autoridades les advirtieron que esos resultados podrían estar recién para el mes de noviembre. “Y estamos hablando de un tiempo aceptable, algunas causas tienen demoras de hasta dos años para hacer pericias”, argumenta una fuente judicial.
“Marcelo había estado trabajando toda la temporada como mozo para juntar dinero y viajar a Córdoba a estudiar aviación, ese es su sueño. Estaba muy entusiasmado con esa posibilidad. Pero le robaron la moto y eso lo deprimió mucho. Además, murió su abuela algunos días antes del brote que tuvo y, por esos días, se cumplió el aniversario de la muerte de su hermanita que falleció antes de nacer. Creemos que ese combo lo afectó, aunque es sólo una suposición”, explica Carina, la madre, en diálogo con Infobae. Su tono de voz, del otro lado del teléfono, es el de una mujer angustiada, triste y desesperada.
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Esa madrugada, según quedó asentado en el expediente de la búsqueda, Marcelo comenzó a rezar a los gritos y a decir incoherencias con su mirada clavada en el techo. Pedía explicaciones a Jesús y hasta creía que estaba hablando con él. Según el testimonio de su madre, el joven no recodaba ni siquiera su nombre, o por lo menos, no quería decirlo.
“No se cómo me llamo, no tengo nombre. Mi nombre es el que quiera Jesús que sea. Yo me voy a llamar como él diga”, repetía una y otra vez.
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Los padres de Marcelo, aterrados porque nunca habían vivido una situación así, decidieron llamar al 911. Cuando dos efectivos llegaron, se encontraron con una escena, cuanto menos, extraña. Marcelo seguía gritando e intentaba tomarle las manos a los policías. Los agentes le pidieron que se calme pero no lograban tranquilizarlo. Hasta que, cansados y sin muchas herramientas para lidiar con una persona en ese estado, les dijeron a los padres que al ser mayor de edad y estar en su casa, no podían hacer nada. Al poco tiempo, se fueron.
Algunos minutos más tarde, la familia Medina escuchó un silencio que, pensaban, era tranquilizador. Se equivocaban. Marcelo se había escapado por la ventana de su habitación. No se había llevado consigo ninguna pertenencia, simplemente se fue.
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Con la policía nuevamente alertada de la situación, Miguel Medina se subió a un patrullero y salió a buscar a su hijo. Lo encontraron a pocas cuadras del Hospital de Villa Gesell y decidieron ir a pedir ayuda ahí. Cuando llegaron a la puerta del hospital, Marcelo se negó a bajar. Seguía gritando, rezando y pidiendo por Jesús.
Miguel bajó y reclamó que alguien atienda a su hijo, que estaba en el patrullero, pero no quisieron ayudarlo. “La médica me dijo que no podía hacer nada si el paciente se resistía a ser atendido, que tenía que entrar por su propia voluntad al hospital, si no ella no podía hacer nada. Le supliqué que, al menos, se acercara al patrullero para verlo ahí pero me dijo que no podía salir del hospital”, declaró el hombre en la causa.
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Al volver a la casa de la familia Medina, la situación se volvió aún más preocupante.
Marcelo no reconocía a sus padres. Así lo contó su madre: “Cuando lo encontraron y lo trajeron de nuevo decía que no sabía quiénes éramos y que esa no era su casa. No quería entrar. A mí me decía ´disculpe señora, pero no se quien es usted´. Fue muy desesperante la situación. De todas maneras lo convencimos y pudimos hacerlo entrar a la fuerza”.
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Sin embargo, en un descuido Marcelo volvió a escaparse. Esta vez ya no lo encontraron. Hace, exactamente, 39 días que no se sabe nada de su paradero.
A partir de que se comprobó la desaparición, comenzó la investigación judicial que lleva adelante la fiscal Zamboni.
En el expediente de la búsqueda, figuran una serie de cámaras de seguridad en la que se lo ve al joven caminando. Para los investigadores, está desorientado, aunque no corre y está sólo. En las imágenes se puede observar que tiene zapatillas negras, un short azul y un sweater verde oscuro. Por momentos, tiene puesta la capucha del abrigo. Sin embargo, no hay ninguna cámara que lo vea saliendo de Gesell, las únicas que hay son dentro de la ciudad.
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Los investigadores ordenaron, además, una serie de medidas reservadas relacionadas a escuchas, aunque se manejan bajo estricto secreto.
Pero la novedad más importante en la causa, tiene que ver con la posible conexión que puede existir entre la desaparición y el hallazgo de los restos en Mar de Ajó.
El 29 de mayo, un turista llamado Rafael Binetti, pescaba en la costa de la ciudad balnearia cuando la línea que había lanzado al mar pareció enredarse con algo. Cuando recogió, se asustó y soltó la caña. Lo que colgaba de su anzuelo era un brazo humano, aún con musculatura, junto a la mano, la escápula y la clavícula.
Ante el llamado a la policía, se inició una causa que investiga el fiscal Pablo Gamaleri y que intenta determinar a quién corresponden esos restos. “Si bien aún no está la pericia finalizada, desde el laboratorio de Policía Científica de la Policía Bonaerense confirmaron que se tratan de restos humanos y que pertenecen a un hombre”.
Por esta razón, la fiscal Zamboni solicitó, en la causa de la búsqueda de Marcelo, que se le extraiga sangre a los padres para realizar un cotejo. El oficio llegó hace unos días al titular de Policía Científica de Gesell: “Tengo el agrado de dirigirme a usted a fin de solicitarle se extraiga muestra sanguínea a los padres de la víctima, con el objeto de efectuar un cotejo de ADN con las muestras incautadas en la Costa”.

Este medio pudo saber, de fuentes oficiales, que la pericia se hará recién en julio y que el resultado estará para noviembre, con suerte, por los atrasos en los laboratorios policiales.
Hay una dato más que, para las autoridades, es fundamental. Tiene que ver con la declaración de un hombre que aseguró que vio a Marcelo a punto de tirarse al mar, para supuestamente suicidarse. Eso fue algunos días después de la desaparición. Ese vecino explicó, también, que logró salvarlo y que fumaron un cigarrillo unos minutos hasta que se fue y no lo vio más.
Mientras tanto, fuentes judiciales aseguran que no descartan ninguna hipótesis pero las posibilidades se acotan, teniendo en cuenta que Marcelo Medina se fue de su casa sin dinero ni ropa, hace casi 40 días.
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