El buque Grande Buenos Aires es un titán: más de 200 metros de eslora, más de ocho de calado, un carguero de bandera italiana que recorre el planeta. El 28 de abril pasado, mientras aguardaba en el Puerto de Zárate, sobre el Paraná de las Palmas, algo extraño ocurrió en su cubierta. Una agente de la Aduana lo abordó para realizar un control.
Así, la agente notó que los precintos de un container que llevaba semillas de chia, cargadas en Asunción, Paraguay, y con destino final al puerto de Amberes, en Bélgica, estaban rotos. No solo eso: habían quedado sobre la cubierta otros precintos, aparentes mellizos, listos para colocar. También, desde la cubierta, pendía una soga de 36 metros con un gancho mosquetón en el extremo. Su fin era obvio: subir objetos al barco desde la línea de flotación.
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Entonces, la agente ordenó que el barco sea inspeccionado, con el control de Prefectura Naval, con jurisdicción en el puerto. Un scaneo a su contenido reveló una carga dentro de una carga: en el interior de los sacos de chia había 73 bultos, clásicos panes narco. Así, en un operativo bajo la firma del Juzgado Federal de Zárate-Campana, el container fue abierto en el marco del programa Seacop y los bultos fueron retirados e inspeccionados por los prefectos.
Era cocaína, estampada con logo de la marca de botas Caterpillar: 78,7 kilos con un nivel de pureza todavía desconocido. El lote era una pequeña fortuna, podría valer casi dos millones y medio de euros en la reventa del mercado español o francés, aún más en Londres, dependiendo de su calidad y potencial de estiramiento.
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Nada que no se haya visto antes, al menos hasta aquí. Los envíos contaminados con cocaína de alta calidad con destino a Europa -donde es un consumo de lujo, al contrario que en Latinoamérica- son una constante en el menú narco internacional y ocurren ocasionalmente en los navíos que recorren la Hidrovía entre Argentina y Paraguay, o los inspeccionados en el Puerto porteño.
Pero, para la Justicia, el problema fueron esos precintos rotos y el gancho que pendía de la cubierta hacia el agua barrosa del Paraná. Eran pruebas obvias: para los investigadores del caso que dialogaron con Infobae, la carga fue realizada en el puerto de Zárate. El contenedor ya había sido escaneado en Montevideo, su escala anterior, con resultados negativos.
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Sin embargo, la jugada quedó claramente incompleta. Algo ocurrió para que el encargado de esconder la droga huyera sin reemplazar los precintos, algo lo asustó, lo que lo llevó a cometer la desprolijidad que le costó la carga.
Tal vez, se confió de la falta de cámaras en el barco, o de su gran tamaño. “El que está en la proa no ve lo que pasa en la popa ni con binoculares”, se ríe un detective. En el camino, el estibador narco soltó otras pruebas, o se las olvidó: dejó detrás un par de guantes de trabajo. También tuvo tiempo de sobra. Durante su tarea sucia, creen los investigadores, fumó dos cigarrillos rubios de marca argentina: las colillas fueron incautadas.
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El juzgado federal del caso convocó para el peritaje, levantamiento de rastros y fichado de los tripulantes a la Dirección General Operaciones Antidrogas Hidrovía del Paraná de la PFA, a cargo de la investigación. Se buscaron huellas en los panes. Se encontró una, que resultó ser de un empleado de Aduana que manipuló la droga sin guantes.
Así, los detectives comenzaron a trabajar en el barco. Encontraron a marineros rusos, italianos, filipinos. El candidato de haber subido la droga al container estaría entre ellos. Se realizaron hisopados de toda la tripulación para intentar encontrar, mediante una pericia de ADN, un match entre ellos y cualquier posible rastro genético en los guantes o en las colillas, algo que podrá ser encargado al Cuerpo Médico Forense.
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Tras el operativo, Prefectura intercambió información sobre la carga, empresa exportadora, importadora, precintos y datos sobre el tránsito del contenedor con la Dirección de Inteligencia en el Comercio Internacional de la Secretaría Nacional Antidrogas de Paraguay. Tal vez, los responsables finales del envío sean una pista. De todas formas, la modalidad rip off, introducir droga en un cargamento ajeno sin que el titular lo sepa, es otro clásico narco que sigue vigente en el tráfico trasnacional.
Por otra parte, hay otro foco de sospecha: la empresa naviera misma del buque. “Sus barcos siempre se inspeccionan, siempre”, remarca una fuente del caso. “Además de cualquier envío al puerto de destino, Amberes es un colador de merca”. La empresa naviera ya había sido involucrada en otro histórico caso, el del empresario José Marcelo Duarte, “El Chelo”, ex concejal kirchnerista en Malvinas Argentinas.
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Duarte fue condenado a 8 años de prisión en 2016 por el Tribunal Federal N°3 de San Martín. Lo habían allanado tres años antes en su casa de country en Altos Los Cardales, donde le encontraron más de 50 kilos de polvo. Había creado una empresa llamada Delta Harbour en 2012. Documentos analizados en la causa y reflejados en la condena lo vincularon a dos containers de la misma naviera a la que pertenece el Grande Buenos Aires, con escuchas con eufemismos para referirse a envíos de cocaína de muy poca imaginación.
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