
B., apodado “El Polaquito” por la tintura rubia que usa en el pelo, nació el 19 de marzo de 2006. Tiene 15 años. Cumplirá los 16 en poco menos de dos semanas, una edad que es el áspero límite de la Ley para los menores que delinquen. Y, probablemente, los cumpla en la cama del Hospital Fernández que ocupa en este momento: está conectado a un respirador y bajo fuerte sedación mientras espera un lugar en terapia intensiva. Alguien le disparó en la Villa 31 en plena noche.
El sábado pasado, poco después de la 1, B. fue hallado por la Policía de la Ciudad mientras se desangraba de un tiro en el vientre sobre la calle Galápagos, en el Barrio Padre Mugica de la Villa 31, su barrio, donde delinquió a punta de pistola casi toda su vida. Así, fue trasladado al Fernández de urgencia, donde lo operaron para retirarle un tramo de intestino. No hay riesgo de vida inmediato, pero su estado es sumamente delicado. La Fiscalía N°61, a cargo de Martín López Perrando, investiga el ataque y ya tendría individualizado a un sospechoso, según confirman fuentes con acceso al expediente.
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El hecho no pasó inadvertido para investigadores, policías y delincuentes de poca monta que orbitan por Retiro. “El Polaquito”, hijo de padre desconocido, se había hecho célebre en el hampa porteña, una presencia cíclica en las estaciones de policía y juzgados de menores. Era un pistolero feroz, un niño picante que no temía ir contra hombres adultos. Al parecer, siempre hizo la suya, nunca fue un empleado de transas y señores del asentamiento como César Morán, que comandó al temible asesino “Piedrita” Arredondo. El prontuario de “El Polaquito” es extenso a pesar de la obvia paradoja de su corta edad: robos, amenazas, hechos peores.
Por su edad, “El Polaquito”, un inimputable, siempre salió.

En diciembre de 2020, su propia madre lo entregó a la Policía porteña por, supuestamente, haber matado a un joven paraguayo llamado Richar de un tiro en el pecho en su manzana, la 99 del Barrio Mugica. Richar no llegó lejos, murió camino al hospital. Tras la delación de su madre, “El Polaquito” fue detenido y trasladado al Instituto Inchausti con una causa a cargo del Juzgado de Menores N°4 de Alejandro Cilleruelo, le incautaron un viejo revolver calibre .32.
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Con el tiempo, salió. No era nada nuevo. Ya lo habían detenido otras siete veces. Diez días antes del crimen lo habían demorado por romperle un vidrio a botellazos a una vecina. Dos días antes de eso, le gritó a otra mujer del barrio: “Acá en la cuadra mando yo”. Luego, le incendió la moto. La mujer terminó con consigna policial. Meses antes lo detuvieron con porro y pasta base, cantidades suficientes para la venta. También solía andar en una moto robada.
En enero de 2020, su madre, aterrada, denunció amenazas ante la Policía, luego de que dos hombres llegaran a su casa para exigirle a punta de pistola que su hijo devuelva lo que se había robado horas antes.
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Los vecinos le temen al “Polaquito”. Tras la noticia de la bala en la calle Galápagos circularon audios entre ellos para desahogarse. Algunos, incluso, celebraron aliviados que le dieran un tiro, hilvanaron explicaciones. “Tiene muchos enemigos. La otra vez amenazó a tres pibes y a las madres. ‘Voy a matar a tu hijo’, le dijo a una señora, con un arma en la mano. Esos chicos se escondieron, se fueron del barrio”, asegura una mujer. Un familiar de Richar también le habría jurado venganza. “El barrio está cansado de él”, continúa la vecina.
“¡Perfecto!”, se alegró otra mujer que se enteró. Y en medio de todo, “El Polaquito” es lo que es: un adolescente.
“Cuando nos enfrentamos a casos como éste, lo que queda en evidencia es que más allá de las reiteradas intervenciones policiales, no contamos con las herramientas adecuadas para poder abordar el problema de forma integral y llegar a soluciones de fondo”, aseguró el ministro de Justicia y Seguridad, Marcelo D’Alessandro.
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“Muchas veces vemos cómo los menores participan de distintos hechos delictivos, que pueden incluir robos, narcomenudeo u homicidios y se van adentrando en un espiral de violencia que resulta peligroso tanto para el menor mismo, como su familia y los vecinos del barrio”, continúa.
Lo que sigue es un punto complejo que vuelve cada tanto en el tiempo. D’Alesandro acota con un argumento en reversa: “Por eso decimos que la Ley Penal Juvenil debe ser modificada, para que las autoridades puedan intervenir antes de que se produzcan tragedias irreparables. Encarar este debate debe ser una prioridad para todo el arco político”.
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Para salvar al “Polaquito”, ¿hay que encerrarlo? ¿Hay que salvarlo de sí mismo?
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