
Los vecinos de la calle Guaminí en Villa Albertina, zona de Ingeniero Budge, se organizaron para salir a linchar el sábado pasado cuando se enteraron que Ana, la bebé de tres meses que vivía en la casa de la esquina con la calle Bucarest, había sido asesinada. La abuela de la víctima, Bettina Fabro, estaba presa por el crimen luego de haberla llevado ya sin vida y con signos de estrangulamiento en el cuello a la salita del barrio, la Unidad Finochietto, a unas tres cuadras de distancia. En la casa, y en libertad, todavía quedaba V., de 17 años, la madre de la bebé.
Esos vecinos decían estar hartos de escuchar los llantos y los gritos a lo largo de meses en la casa de la familia Fabro y de que la beba fuera supuestamente maltratada y abandonada. Así se lo relataron como testigos a las autoridades que investigan el crimen de Ana, en una causa a cargo de la fiscal Marcela Juan.
Así, los vecinos fueron por la mamá. La arrastraron y la molieron a golpes, se lanzaron sobre ella para retenerla. Uno tras otro, la patearon en la cabeza y en el tórax mientras V. pedía piedad. “Asesina, ¡matala!”, gritaban enardecidos. Alrededor, varios de ellos sostenían sus teléfonos y filmaban, para luego compartir. Personal de la Comisaría N°10 de Budge tuvo que ir a disolver el disturbio. Dos policías terminaron heridos a piedrazos. V. fue asistida por médicos. Luego, enfrentó a la Justicia. Terminó con una causa en el fuero de responsabilidad juvenil acusada por el fiscal Enrique Lazzari de abandonar a su propia hija muerta y golpearla.
Este lunes al mediodía, Bettina, la abuela, se negó a declarar. Poco antes, la fiscal Juan recibía el resultado de la autopsia: Ana había sido efectivamente estrangulada.
Pedro, su ex marido, el padre de V., se sentó perplejo frente a su teléfono. Agotado, realizó llamados a los pocos amigos del barrio buscando saber sobre la situación: había llegado a sus oídos que su hija estaba en el hospital Gandulfo a causa de la golpiza que recibió de los vecinos.
Pero Ana no era la única hija de V., a sus 17 años tenía otra nena, que había cumplido un año y medio en diciembre y que, según allegados a los Fabro, hoy está al cuidado de su familia paterna. El padre de la bebé asesinada sería un trapito de la zona, un cuidacoches, con quien V. no tenía mayor relación.

Hay, incluso, quienes afirman en el entorno de la familia misma que la historia ya estaba escrita desde antes, tal como en el caso de Lucio Dupuy, o cualquier otro chico muerto a golpes por su familia. Que no era la primera vez que Ana era llevada a la salita sanitaria. El propio abuelo, Pedro, la llevó hace tres semanas por un corte en una oreja, dijo un allegado a Infobae. El motivo: una caída. O eso le dijeron a Pedro, que su nieta de tres meses había sufrido una caída. El hombre se había separado de Bettina hace años tras una relación conflictiva, pero seguía allí, al teléfono.
Si efectivamente los controles del Estado fallaron, si hubo una señal previa a la muerte de Ana que se desoyó, tal como pasó con Lucio Dupuy, entonces esa responsabilidad deberá ser determinada por la Justicia.
V. y su madre tenían una relación feroz, draconiana, se gritaban mutuamente y se trataban con insultos, algo que aterraba un poco a quienes las veían. En varias ocasiones, quienes conocían a la adolescente se reunieron para lograr que fuese internada por su consumo de drogas: cocaína, paco, lo que tuviera a mano. Bettina se enteraba de esto, pero no mostraba mucho interés.
V. tenía un trabajo. En días de la semana, colaboraba en el merendero del barrio, el Dulce Hogar. Ayudaba a preparar la cena para los vecinos, picaba carne, verduras. Ella, en realidad, no era la titular del puesto, por el que cobraba un módico sueldo. Bettina lo era. Sin embargo, la abuela adujo problemas de salud. Negoció quedarse en casa, supuestamente cuidando a sus nietas. Su hija, entonces, comenzó a ir al merendero. Allí, una compañera en especial intentaba acercarse a ella para que le hablara de sus problemas, para que consiguiera ayuda, sin poder lograr mucho.
A fines de noviembre último, V. desapareció de su casa.
Solía hacerlo. Se iba tres, cuatro días, luego regresaba. Esta vez, su madre se alarmó más que de costumbre y fue a pedir ayuda al merendero siete días después de que la viera por última vez, vestida una pollera de jean azul, una remera rosa y zapatillas negras. Primero la increpó en su muro de Facebook. “Por tu culpa tus hijas se van a quedar sin techo”, le posteó como comentario en una de sus fotos. Así, comenzó la búsqueda en redes, se difundió la desaparición en medios zonales. Organizaciones como el Movimiento Teresa Rodríguez difundieron su foto, una compañera del merendero brindó su celular como número de contacto.
Esa compañera comenzó a preguntar. Le dijeron que V. estaba “con unos limpiavidrios en el Camino Negro”, luego, con “un chico”. Finalmente, regresó. Semanas después, su bebé estaba muerta en la salita del barrio, su madre presa por el homicidio de su nieta y ella, después de que la molieran a palos los vecinos, detenida por haberla abandonado y golpeado ella misma.
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