Obinna Chukwuemeka Ejikeme hablaba con su propia música. Fue a mediados de este año cuando una grabadora judicial se encendió al sonar su teléfono. Alguien del otro lado del mundo le hablaba en su lengua, el dialecto de la etnia igbo de Nigeria. Ejikeme, alias “Bobby”, ciertamente estaba lejos de casa. Había registrado años atrás un domicilio en la calle Catamarca de San Telmo luego de su paso por Brasil, donde se registraron varias causas penales en su contra. Luego, llegó a Morón, donde se convirtió en un jefe y en parte de una trama mucho mayor.
A mediados de 2019, “Bobby” comenzó a vincularse con jóvenes venezolanos y colombianos como Nicol O. y Luis Fernando C., un gastronómico y terapeuta psicosocial oriundo de Valencia en Venezuela, que trabajaba en una conocida tabaquería de Belgrano. Se convirtieron en sus operativos, sus recaudadores. Eran estafadores, avezados jugadores de un cuento del tío a una escala insólita para el hampa argentina. Atacaban a mujeres con falsos intereses románticos a través de redes sociales para luego despojarlas de sus claves bancarias y comenzar a vaciar cuentas o retirar préstamos.
Fueron descubiertos por casualidad, gracias a una pericia realizada al teléfono de un estafador colombiano detenido en Montserrat en 2019. Así, se disparó una nueva causa penal, a cargo del Juzgado N°5 de Manuel de Campos con la división Investigación de Delitos Tecnológicos de la Dirección de Lucha Contra El Cibercrimen de la Policía Federal. Comenzaron a cerrar el círculo con los teléfonos encendidos. Un traductor fue convocado para dilucidar las charlas en igbo de “Bobby”, donde hablaba de plata.
Otros en su banda eran mucho más desfachatados:
“Sí, hermano, es una estafa, prácticamente, pero no nos involucramos tanto porque el remitente es el otro loco que tiene otro loco, pues. Le manda mensajes a ella y está claro que el paquete y el paquete es plata. Ellos dos hablan, es como un intermediario para sacarle más plata a la vieja, pues”, dijo uno de ellos.
La ruta de plata, según investigadores, comenzaba en aplicaciones de transferencia en Argentina y seguía al resto del mundo por Western Union para llegar hasta Perú, Colombia, luego Nigeria y Sudáfrica. “Bobby” era, según las sospechas de la Justicia, el encargado de que estos giros ocurrieran.
Había sospechas mucho más inquietantes en la Justicia: toda esta trampa podría ser una caja de financiamiento para grupos terroristas. No existía un indicio claro al respecto, más allá del modus operandi y la extensa triangulación de dinero a nivel global. Lo que sí quedó claro es el daño. Peritos contables establecieron un monto mínimo del robo de, por lo menos, 200 millones de pesos.
Hoy, el círculo comienza a cerrarse: “Bobby” Ejikeme sigue suelto y con un pedido de captura en su contra, pero el resto de su banda no. Esta semana, el juez De Campos procesó con prisión preventiva a 19 cómplices acusados de conformar una asociación ilícita trasnacional dedicada a la estafa y a la extorsión, con un embargo de 350 millones de pesos en total.
Hay jugadores de más peso en la trama. John Umede, compatriota de Ejikeme, vendedor de zapatillas en Lanús Oeste según él, mismo, cayó como organizador y virtual socio gerente, acusado de desfalcar junto a Lucas Areco, un carpintero argentino, a un jubilado platense de 69 años. El cuento fue al menos creativo: se hicieron pasar por un soldado iraní que amenazaba a la víctima para exprimirle casi 90 mil pesos, le aseguraban que lo habían marcado, que lo seguían. Umede, lejos de ser un criminal maestro, pedía que le depositen en la cuenta a su nombre en un banco del Conurbano.
Otros cuentos golpeaban más bajo. Aquí, los tramposos apelaban al amor y a la soledad.

El caso de G., ex empleada del Gobierno porteño de 53 años, es paradigmático. Le robaron tras una trampa en la que intervinieron Nicol, Lucas Areco y una tercera cómplice que aportaron sus cuentas para desfalcarla. En noviembre de 2012, un hombre que se hacía llamar Williams Scott contactó a G. por la aplicación de citas Tinder.
“Le contaron una historia falsa -relativa a que se trataba de un hombre de origen inglés, que trabajaba en una plataforma off shore, que se encontraba físicamente en Japón y que dentro de poco tiempo iba a viajar a la República Argentina para establecerse por unos meses y conocerla- hasta que finalmente le dijeron que le iban a enviar una encomienda con objetos de valor, lo cual aquélla creyó y se comprometió a recibir”, asegura el procesamiento firmado por De Campos.
Todo era una mentira. Scott no existía y las fotos habían sido encontradas en Internet. Así, le quitaron a G. 278 mil pesos. Nicol dejó sus rastros: aportó una cuenta que estaba literalmente a su nombre. “Bobby” recibió el dinero en efectivo.
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