Claudio Alberto Tinari, empresario gastronómico, jugador de rugby, oriundo de Merlo, se sienta y espera en una celda de Pinamar. Había desembarcado en la ciudad costera a comienzos de diciembre para tomar control de la concesión del restaurante de un balneario con su staff, un contingente de chicos y chicas que había llegado a comienzos de diciembre, poco más que adolescentes de diversos puntos del país, hospedados en un hotel de la calle Del Cangrejo.
Poco después, una de sus empleadas lo denunció por violarla en una cama de ese mismo hotel.
En la Comisaría de la Mujer local, la empleada, que trabajaba en la cocina del lugar, relató cómo su jefe se abalanzó sobre ella. “No grites, va a ser rápido”, le dijo supuestamente Tinari, corpulento, de espalda ancha. “Callate”, la amenazó, para tomarla de los brazos sobre la cama de su habitación y penetrarla por la fuerza sin preservativo.
No solo se trató del relato de la víctima: una médica constató una lesión compatible por abuso, entre evidencias de estrés post-traumático. Por esta acusación fue arrestado, con una causa investigada por el fiscal Juan Pablo Calderón de la UFI N° 4 de Pinamar. Al ser indagado, Tinari se negó a declarar.

En paralelo, el fiscal Walter Mercuri, a cargo de la UFI de la jurisdicción especializado en trata de personas, investiga una causa en donde acumula pruebas que ciertamente complican al empresario acusado. En este nuevo expediente, Mercuri cuenta con el pasado delictivo de Tinari, con una condena por exhibiciones obscenas del año pasado: también cuenta con los testimonios de sus otras empleadas en el balneario.
En estas declaraciones, a cuyo contenido accedió Infobae, las empleadas, cuatro de ellas, de poco menos de 20 años, hablaron de un clima denigrante: aseguraron que Tinari las tocaba, las encerraba en un baño para forzarlas a que le den un beso. En ocasiones, les preguntaba con insistencia cuánto le cobrarían por tener sexo, una potencial violación enmascarada en una propina.
También, hablaba de otras cosas. Fuentes en el expediente aseguran que, en sus testimonios, tres testigos reflejaron cómo Tinari les hablaba de supuestos amigos con dinero que las invitarían a fiestas clandestinas para tener sexo a cambio de cien dólares cada una, aunque por el momento no está acreditado que existieran estas fiestas o estos amigos.
La investigación de Mercuri no solo es por trata sexual, sino también laboral. Decir “empleadas” es un eufemismo: Tinari, descubrió el fiscal, algo constatable en registros previsionales, no tenía un solo empleado a su cargo con pago de aportes, con una sociedad radicada en Pinamar que había confirmado con una mujer. Todos estaban en negro.
Tinari ya tenía una historia de violencia. Fue condenado el año pasado por un tribunal de La Matanza, según pudo saber Infobae de documentos judiciales, por un desagradable hecho ocurrido en la tarde del 1° de febrero de 2020: orinó a la vista de chicos en la zona de piletas de un colegio de Villa Luzuriaga. Al ser increpado por una mujer, la agredió: golpeó con su puño la ventanilla del lado del conductor.
Esa violencia, por lo visto, se extendió a la temporada en Pinamar. Los relatos que recogieron Mercuri y Calderón también hablan de presuntas amenazas, de cómo tras mudarse del hotel al ser expulsados por repetidas escenas de gritos y violencia, Tinari recaló con su staff en una casa de la calle Llao Llao. Allí, aseguraron los testigos, los encerraba sin dejarlos salir tras su horario laboral con la amenaza de que los echaría. Nunca tuvieron llave: debían escabullirse por la puerta del garaje o por una ventana, tras enfrentar sesiones de insultos y rabietas.
Uno de sus empleados grabó esas agresiones verbales sin que Tinari lo supiera. Hoy, esos audios fueron entregados a la Justicia y son parte de esta nota.
“El jefe soy yo, acá el que se quiere ir, mirá, que se vaya. ¿Quién se quiere ir? Díganme, ¿quién se quiere ir? Está la puerta abierta, ¿eh? El que se quiere ir que se vaya, el bartender que trajo este pelotudo no es bartender, es un boludo que deja todo sucio, que casi me romper la máquina, todo me rompió, todo”, se queja en uno de los audios.
Un joven de su staff lo cruza en otro. “Te voy a pedir que bajes un cambio”, le dice. Tinari no cede. Todo empeora: “Y si tu barman se quiere ir que me chupe la pija, tengo mil, tarado. Acá el que no rinde se va, ¿entendieron? Porque yo soy bueno”, grita.
“Todos sabemos que sos bueno”, le dice su empleado en negro, intentando apaciguarlo.
“No me podés calmar, soy bueno, espero, si soy malo, soy recontramalo. Si querés al diablo, mamá, tenés al diablo conmigo, ¿eh? Acá es blanco o negro, no tengo grises. Cambio el equipo completo, ¿eh? Yo pago, doy de comer, doy todo por mi equipo y espero lo mismo”, retrucó, con aires de patrón.
“Yo no soy el agresivo, el que grita, el que nada, ¿por qué no me chupás la pija?”, sentenció.
En estas horas, el fiscal Mercuri trabaja para fundamentar un nuevo pedido de detención.
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