
Las cuentas de Instagram con miles de seguidores pueden transformarse en un negocio millonario, pero no precisamente para el dueño de ese perfil sino para los nuevos delincuentes virtuales que se dedican, casi artesanalmente, a robarlas y luego venderla en el mercado negro de datos por Internet. El oscuro negocio ejecutado por mafias cibernéticas que recrudeció con la cuarentena en distintos países de Latinoamérica como Brasil y Colombia ya llegó a Argentina.
”En las últimas semanas se incrementaron las consultas sobre este tipo de robos o estafas. Por lo general después de un hecho así los delincuentes solicitaban un ‘rescate’ en bitcoins o transferencia de dinero real por la cuenta robada a través de empresas como Western Union. Ahora a esas cuentas le eliminan el contenido, cambian todos los datos y las venden. Todo con el objetivo de quedarse con los seguidores. El botín ahora es la popularidad”, señala Diego Migliorisi, especialista en cibercrimen.
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El mecanismo que usan los ladrones es similar a otros en los que se roban cuentas bancarias o casillas de mail pero tiene sus bemoles para que el engaño sea aún más creíble. Para empezar, se realiza un casting de víctimas. Uno de los integrantes de la banda se dedica a buscar cuentas que tengan miles de seguidores, pero que aún no consiguieron la verificación, la tilde otorgada por la red social que valida al usuario con su identidad, algo sumamente preciado en el mercado intangible de la red social.
Una vez que identifican un usuario con esas características le envían un mail falso a la cuenta de correo asociada al perfil haciéndose pasar por Instagram desde una cuenta falsa con nombres como Instagramconfirm: “Les llega un correo electrónico con toda la estructura, colores y logo de la empresa y les dice ‘su cuenta ya está lista para ser verificada’ y los invita a hacer click en un link. Son tantas las ganas qué hay de tener ese tilde azul y el mensaje parece ser tan convincente que muchos caen en el engaño y entran”, agrega Migliorisi.
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Cuando la persona ingresa a ese link, automáticamente ve un sitio web con el aspecto calcado del servidor de su mail que solicita que se ingrese la contraseña del correo electrónico con el cual se creo la cuenta en cuestión, una clásica técnica de phishing, presentar una interfaz familiar pero falsa para que una víctima ingrese sus datos verdaderos. Una vez que ese paso está completado, el usuario ya perdió la cuenta. Cuando el delincuente tiene eso en su poder, le pide a la red social restablecer la contraseña y como tiene en su poder las claves, Instagram se la restablece. Lo primero que hacen es borrar todas las fotos, cambiar el nombre y dejarla vacía: los seguidores quedan, lo único que importa.
El siguiente paso es la venta en el mercado negro, en puntos de la Dark Web. ”Allí el precio es variable, depende del país de origen, la cantidad de seguidores por supuesto pero también la calidad. Cuanto más tiempo lleva la cuenta creada más vale porque se la considera más confiable. Los precios son muy aleatorios pero pueden ir desde los 1.000 dólares hasta los 30 mil”, cuenta un habitual investigador de este tipo de estafas.
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Según información de la Asociación Argentina de Lucha contra el Cibercrimen, estas cuentas son adquiridas por empresas o comercios que le cambian el nombre y llenan de fotos de sus productos el perfil y comienzan a promocionarse aprovechando la gran cantidad de seguidores. “La mayoría de los seguidores no se dan cuenta de que existió el cambio porque casi no queda registro del usuario original. A lo sumo algunas decenas de miles dejarán de seguir ese perfil pero igualmente quedan muchísimos”, continúa un investigador. En el scroll cotidiano de su feed, un seguidor ni siquiera se dé cuenta.

El titular de la Unidad Fiscal Especializada en Ciberdelincuencia, Horacio Azzolin, asegura que no hay un marco legal para castigar este tipo de delitos: “No existe un artículo específico sobre la captación engañosa de datos tales como dirección, números de teléfonos, DNI, cuentas de banco o en este caso cuentas de redes sociales”, asegura el funcionario, que detectó un aumento del 50% en ciberdelitos durante la cuarentena, con engaños de phishing con promesas de falsos subsidios y comida gratis que se suman a estafas de la la vieja escuela como cuentos del tío y secuestros virtuales.
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En la provincia de Buenos Aires, la Justicia federal ya investiga un caso de una víctima de la mafia secuestradora de perfiles: una joven de Buenos Aires que tenía 370 mil seguidores de todas partes del mundo denunció que en tan solo una noche, después de haber caído en el engaño, los delincuentes se quedaron con su cuenta. Ahora, asegura, su perfil lo opera una empresa con sede en México que vende sus productos y mantuvo casi todos los seguidores.
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