Carla -50 años, porteña, un nombre de fantasía empleado en esta nota para proteger su identidad- ni siquiera había presentado documentación para acceder al beneficio del IFE, el Ingreso Familiar de Emergencia pagado por el ANSES para paliar los efectos del impacto económico que implica la cuarentena por el coronavirus. Para muchos, el IFE se convierte en una ayuda vital ante la falta de ingresos, distribuido por el ANSES a través del sistema bancario o del Correo Argentino. “Yo no lo tenía a mi nombre, no me correspondía. Sí mi hija, ella lo aplicó, me puso a mí como número de contacto”, aseguró Carla a Infobae.
Quizás sea una coincidencia poco feliz, una casualidad, quizás ese dato nunca fue filtrado. Pero Carla contó que a mediados de esta semana “recibí el llamado, un tipo me dijo que me correspondía un IFE”.
La llamada vino de un celular, no de un número de línea de alguna dependencia estatal. El hombre que le hablaba rápidamente y con tono asertivo se hacía pasar por un funcionario público. “Yo te voy a brindar el PIN bancario para que puedas hacer la extracción, ¿sí?”, le dijo a Carla. Le decía que iba “a darle un turno en un horario específico para cobrar la acreditación”, en un cajero automático, una cosa insólita. Para empezar, así no funciona el sistema de pago del ANSES. Y por otra parte, Carla no estaba dispuesta a creer: ya había sido víctima de dos intentos de secuestro virtual en su vida. Prefirió seguir el juego a ver hasta dónde llegaba y registrar todo. Tomó un grabador para captar la conversación y se contactó con Infobae para difundirla.
“Estos tipos claramente quieren aprovecharse de vos y que caigas”, aseguró. La meta para llevarla a un cajero automático con su tarjeta de débito era obvia: ganar su cuenta bancaria para saquearla.
El hombre fue insistente. Le pidió que fuese al cajero en el día. Le preguntó qué banco tenía, qué red de cajeros. Hizo un radioteatro de comenzar un trámite online. Hasta le dijo que iba a derivarla con personal del Banco Central. Todo ocurriría dentro del cajero, con un trámite guiado. Carla le dijo algo obvio: que no se puede hablar por teléfono en un cajero. “Yo te voy a llamar para brindarte el PIN bancario”, le insistía el hombre, acelerado. Carla le dijo un banco en el que no tiene cuenta, le mintió. Podría haberle dicho cualquier otro. La cita ya estaba hecha.
Luego, la llamó otro hombre. Dijo ser “el doctor Nicolás Márquez, del área de Acreditaciones de Desarrollo Social”, le dijo que era hora de que cobrara. El discurso era caótico. Carla le dijo que estaba en el cajero, una mentira. El hombre intentó guiarla, inducirla a que cambie su clave por la que le otorgaban. La comunicación quedó en nada. Todo, otra vez, era hablado desde un teléfono celular con un número visible.
Al final, todo quedó en nada, excepto la conversación grabada.
Los engaños por Internet, estafas telefónicas y cuentos del tío son uno de los delitos que más crecieron en los últimos años: la variación anual de la Procuración bonaerense mostró que hubo más de 12.900 expedientes por este delito en 2018 luego de 8.300 en 2017. Es, por otra parte, mucho más sencillo, un delito sin sangre y con efectivo en mano casi garantizado. Salir a robar a la calle sale caro en términos de privación de la libertad, las golpizas y amenazas a víctimas o la posibilidad de un homicidio criminis causa suman años de condena en la lista de agravantes. Estafar a alguien, de acuerdo al artículo 172 del Código Penal, se castiga con un mes a seis años de encierro. Además, es un hecho exarcelable si el tribunal a cargo del caso no considera que hay riesgos procesales.
Entonces, el delito se adapta. El cuento pérfido del IFE, robarle a alguien lo poco que tiene, se suma a otras variantes perpetradas por charlatanes a lo largo del país, con otros falsos subsidios, regalos de comida, con phishing de datos en simples formularios online. En Neuquén, dos semanas atrás, un estafador despojó a una mujer de 83 años de 900 mil pesos al decirle que era su nieto y que le habían hecho un hisopado por coronavirus. En la zona, según fuentes policiales, la misma banda habría atacado a otros siete ancianos para llevarse casi 11 millones de pesos sin una sola gota de sangre en el pavimento.
Horacio Azzolin, el fiscal a cargo de la UFECI, el área de la Procuración dedicada a investigar delitos informáticos, se movió con rapidez a lo largo de la pandemia, detectando, persiguiendo y alertando al público sobre jugadas online de estafadores en zonas particularmente sensibles como sitios de compra y venta online. El engaño con el bono IFE no es nuevo para el fiscal: “Tuvimos muchos casos con el IFE como excusa. Ocurren al voleo. Buscan ganar la cuenta bancaria y con eso luego hacen desastres. Esta modalidad no es nueva. Antes se hacía con otra excusa, como un supuesto premio. Hace meses que emitimos comunicados para que la gente evite entrar en los llamados”.
Con información de Federico Fahsbender
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