La historia de Franco, el ladrón discapacitado que cantó con Pity Álvarez en la cárcel y tiene coronavirus

Oriundo de una villa de Florencio Varela, regresó a la casa de su hermana con la enfermedad en el cuerpo tras recibir una puñalada en un pulmón. Hoy se encuentra internado en un hospital de la zona. Su charla con Infobae y la vida que lo convirtió en un paciente con alto riesgo de muerte

ffahsbender@infobae.com
Franco, en febrero de este año, en la casa de su familia en Florencio Varela, meses antes de contagiarse.
Franco, en febrero de este año, en la casa de su familia en Florencio Varela, meses antes de contagiarse.

No importaba dónde estuviera, a dónde lo llevara la vida, no importaba dónde lo encerraran: Franco siempre volvía a casa. Lo había hecho durante años, desde la primera vez que se escapó de los restos de su familia en Villa Rosa, a la sombra de la cancha de Defensa y Justicia en Florencio Varela, siete años atrás. Su padre delincuente ya estaba muerto, su madre los abandonó a él y a sus hermanos mayores. Su padrastro, violento y maltratador, un transa confinado a una silla de ruedas. Tras recibir un tiro por la espalda en un robo se convirtió en un violador de menores, un animal que atacaba dentro de su propia familia, hoy preso y condenado. También estaban su tía, sus hermanos, que lo cuidaban, lo querían, dentro de sus posibilidades dada la situación.

Franco volvía sucio, hambriento, malnutrido, con su deterioro psicomotriz un poco más evidente, marcado por años de pipa de paco y de la vida entera que le privaba el sueño con las bandas en las que era parte, pirañas arrebatadores del Microcentro, del Bajo Flores, de Paseo Colón cuando oscurece. Había pasado por hogares, por celdas de alcaldía, por instituto de menores, por granjas de adictos, por las celdas del PRISMA, el psiquiátrico del penal de Ezeiza. Bajo juez penal, bajo tutor civil, bajo psiquiatra, bajo el único cuidado del cielo o de su conciencia: Franco siempre volvió.

Pero esta vez fue diferente:

“Tengo coronavirus, guacho, ¡coronavirus!”

Llegó al hospital Mi Pueblo tras supuestamente fugarse de otro centro médico porteño: tiene una puñalada en un pulmón.
Llegó al hospital Mi Pueblo tras supuestamente fugarse de otro centro médico porteño: tiene una puñalada en un pulmón.

Su hermana menor lo escuchó gritar el domingo pasado por la tarde, desde su reja en Florencio Varela. Venía de deambular durante semanas por Constitución, donde la Policía lo señalaba por ladrón y arrebatador. Su hermana lo vio y notó algo fuera de lo común. Franco, que siempre llegaba con lo puesto, tenía un tubo de oxígeno entre los brazos: lo habían apuñalado en un pulmón días antes.

Su hermana lo esperaba, en cierta forma. Le habían llegado rumores que fueron negados por autoridades, de que se había contagiado en Capital Federal, que había deambulado por comisarías, posteó su foto en Facebook para que sea viralizada en busca de información. Su hermana, que observa la cuarentena a rajatabla, con su bebé en brazos, conmovida por la situación, intentó no abrirle la puerta ante el riesgo de una posible contagio, intentó tranquilizarlo, le pidió que por favor vaya a un hospital.

Llamó al 911, pidió ayuda, un patrullero, que venga una ambulancia, algo, llamó a sus conocidos y pidió ayuda, aterrada por la falta de respuestas. El móvil tardó en llegar. Franco ya se había ido: apareció en la casa de una amiga de su hermana, que le permitió quedarse en la entrada. Lo que siguió fue confuso, reproches cruzados, más llamados al 911. Comenzaron a trapear con lavandina su rastro, con miedo pandémico.

Finalmente, Franco apareció en la guardia del hospital Mi Pueblo en Florencio Varela. Llegó por sus propios medios, una caminata de dos kilómetros de largo. Los médicos lo notaron visiblemente agitado, agresivo, confirmarían poco después que se había escapado de un hospital porteño. Tuvieron que sedarlo.

Así, quedó internado en una sala especial. Corroboraron que, efectivamente, Franco tenía lo que decía: coronavirus. Su familia no podrá visitarlo. Su tía llegó ayer al Mi Pueblo tras recibir la noticia del diagnóstico. Hasta el cierre de esta nota, a pesar de repetidos pedidos, no tenía novedades.

Franco debía, según fuentes judiciales, estar al cuidado de un curador de la Justicia porteña por su situación de salud mental, con un diagnóstico que nadie sabe especificar del todo, con un tratamiento ambulatorio en el Hospital Borda en un momento. “Sería esquizofrenia”, asegura un funcionario público. “Del curador ni noticias”, dicen cerca de Franco. Ya habría sido alertado de la situación.

El hospital donde Franco llegó infectado.
El hospital donde Franco llegó infectado.

Conocí a Franco, hoy de 20 años, en el barrio Santa Rosa en febrero de este año, lo escuché contar su historia. Se había fugado días antes de una granja de Del Viso. “Los transas estaban todos ahí, se venían encima, no me servía”, dijo, sentado en una silla de plástico, al sol, con una sonrisa. Entonces, buscó a su hermana, un tiempo corto de paz en su cabeza, antes de que se fuera otra vez a deambular por el Bajo Flores o la Zabaleta, finalmente Constitución.

Lo había supervisado años atrás el área de niños y salud mental de la Defensoría General de la Nación, los abogados que lo trataron vieron sus problemas de consumo, su deterioro general. No había un médico que lo señalara, pero sus problemas psicomotrices, tal vez, obedecían a una cuestión neurológica. Pidieron un recurso de amparo a su favor para que Ciudad y Nación actuaran de manera coordinada: no había ningún dispositivo integral que lo contuviera, que lo pudiera ayudar, otro chico caído del sistema que era responsabilidad de todos y de nadie. Los abogados, de vez en cuando, le invitaban un café: Franco podía ser afable, articulado. Luego explotaba, pequeños chispazos de ira.

El amparo para protegerlo, dicen, en teoría sigue vigente.

“Fui piraña”, decía Franco al sol en febrero, “chorro piraña”. Lo detuvieron en 2017 por eso, según un registro. Su banda era grande: dos chicos mayores de edad, otros cinco menores, tres inimputables por su edad, Franco entre ellos. Intentaron robarle a una mujer en Paseo Colón que los repelió con gas pimienta; después a un turista alemán que se sentaba a fumar en el Parque Lezama: le arrebataron la billetera. A “Nati”, la jefa de la banda piraña, el Tribunal N°25 la condenó en septiembre de 2019 a siete años de cárcel.

Franco recordó sus orígenes: “Me hice chorro y paquero en la Villa Puerta de Hierro”, contaba que “veía a los macumberos, que ponían las velas y tocaban el tambor”, después estaba el postre: “Ellos decían que al postre lo ponía el diablo. Pipa, Fede, mucha pipa, una cagada”.

Hablaba de su padre muerto, de su padrastro, de la lista de adultos que lo trataron como basura, que lo descartaron, se retorcía como un gato de plaza cuando recordaba el dolor. Reconoció, también, que no era fácil ser pariente suyo, que a veces hacía pasar a su familia por el infierno. Meses antes le había robado la bicicleta a un hermano que lo había cobijado y bañado, era casi un esqueleto. La bicicleta fue a su pipa.

También, en esa charla, Franco recordó a sus amigos.

Franco, fotografiado en febrero por Infobae.
Franco, fotografiado en febrero por Infobae.

-Estuve preso con el Pity en el PRISMA.

-¿Cómo te llevabas con él?

-Bien, re bien, es un copado. ¡Estaba re gordo! Todo el día con la guitarra, el Pity cantaba, yo cantaba con él. Mató a un chabón, pero me dijo que cuando saliera de la cárcel me iba a subir al escenario en un recital.

-¿Y vos qué querés?

-No vivir más esta vida. Quiero rapear.

Entonces, Franco comenzó un freestyle, de a poco su cabeza encontraba las rimas. Hice palmas para que tuviera un ritmo, para que no rapeara solo. Su hermana miraba en paz, con su beba en brazos.

Tiempo después volvió a escapar hacia Constitución, en los trenes.

Hoy por la mañana su tía volvió al Mi Pueblo en busca de un parte médico. Queda saber quién o qué permitió a un joven discapacitado e infectado deambular por la calle sin internación o contención. ¿Acaso lo abandonaron? Su familia lo sabe: si tiene coronavirus, Franco tiene serio riesgo de morir.

Fotos: Thomas Khazki

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